Historia

Azucar, Política y Trujillo

Azucar, Política y Trujillo

Por: José Tobías Beato – Ensayista

Durante los primeros diecisiete años de su gobierno absolutista, Trujillo no estuvo interesado en el negocio del azúcar. Era comprensible: una libra del dulce costaba menos de un centavo en 1941; pero, cuando a raíz de la segunda guerra mundial, los precios del azúcar se dispararon por las nubes, el dictador comenzó a ver la industria azucarera desde otro ángulo.

Le ayudó a decidirse el hecho de que el representante de la West Indies Sugar Company, mr. Edwin Kilbourne, se interesase tanto y tanto en el negocio del azúcar, que fue capaz de invertir en el negocio su propio dinero, comprando para sí el pequeño ingenio de Montellano, cerca de Puerto Plata. La rentabilidad, pues, parecía no sólo buena, sino segura.

Hasta el 1947, la complicada industria del azúcar estaba en manos extranjeras, salvo las tres propiedades de la familia Vicini, cuyo abogado era el Lic. Peña Batlle. La South Porto Rico Sugar Company era la dueña del mayor ingenio del país, ubicado en La Romana; también lo era del ingenio Santa Fe, próximo a aquella.

Pero la citada West Indies Sugar Company era la mayor propietaria, pues bajo su dirección estaban los ingenios de Barahona, Boca Chica, Quisqueya y Consuelo (Obsérvese que Trujillo, a la edad de veinticinco años se había empleado como pesador de caña, pasando luego a ser guarda campestre, una combinación de vigilante y policía privado. Un oficio que ejerció, precisamente, en el ingenio Boca Chica. En diciembre de 1918 fue que ingresó a la Guardia Nacional. Ingreso que lo llevaría, doce años más tarde, a la cima del poder político y económico).

Según narra Hans Paul Wiese, el Generalísimo Trujillo, al decidirse en 1947 a incursionar en el negocio azucarero, conformó una oficina en el Palacio Nacional desde donde se proyectaría “una industria azucarera realmente dominicana, o sea, con capitalistas dominicanos que no expatriaran los beneficios que se obtuvieran, hacia países extranjeros” (Wiese Delgado, “Trujillo: Amado por muchos, odiado por otros, temido por todos,” tercera ed., marzo 2001, pág. 162).

En dicha oficina trabajaron Rafael F. Bonnelly, Anselmo Paulino, José Antonio Jiménes Alvarez (que luego fundaría Industrias JAJA), Carlos Chardón, Amable Tejada, y los abogados Juan M. Contín y Ml. Enrique Ubrí (Wiese Delgado, obra cit., pág. 162).

La caña de azúcar había sido introducido en América por los españoles en “La Española” justamente, a principios del siglo XVI; Gonzalo de Velosa fue su primer plantador, al traer los maestros del azúcar y formar un trapiche en el río Nigua, en lo que hoy es el sur de República Dominicana. En 1520 ya había 24 ingenios y 4 trapiches, cuyos dueños eran funcionarios de la corona española.

El padre Bartolomé de las Casas testimonia que el trabajo en los ingenios era tan duro, que los negros que habían sido importados desde África y que hasta el momento de su introducción en los ingenios, salvo ahorcamiento, al parecer nunca morían de ninguna enfermedad “después que los metieron en los ingenios, por los grandes trabajos que padecían y por los brebajes que de las mieles de caña y bebían, hallaron su muerte y pestilencia, y así muchos de ellos cada día mueren.”

Fracasada la economía del oro, se impuso el desarrollo agrícola, especialmente en base a la caña de azúcar que para la época se cotizaba tanto como el oro. En el año 1542-según informa Saco en su Historia de la Esclavitud- la isla exportó hacia España 110,000 arrobas de azúcar.

Por razones que no viene al caso analizar ahora, la economía del azúcar también fracasó. En los siglos subsiguientes Santo Domingo entró en los siglos llamados de la miseria, y no sería hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando los cubanos Diego y Carlos Loynaz establecieron en las proximidades de Puerto Plata, el primer ingenio azucarero movido a vapor que conocieron los dominicanos. Otro cubano, Joaquín Delgado, fundó en las cercanías de Santo Domingo, en un lugar llamado San Carlos, el ingenio La Esperanza, primera empresa capitalista establecida en la República Dominicana al decir de Juan Bosch (J. Bosch, Las dictaduras dominicanas, pág 24).

En 1912 el Central La Romana empezó sus operaciones “produciendo sólo cañas que cortaba y enviaba a Puerto Rico donde las molía el Central Guánica” (Bosch, obra cit., pág. 26). Con la invasión de los marines norteamericanos en el 1916, muchos capitales provenientes de ese país, canadienses e italianos, estimularon nuevas plantaciones azucareras, especialmente en la zona oriental de la isla.

Ahora bien; durante muchos años fuimos un país esencialmente monocultivista, dependíamos de un solo producto, la caña de azúcar, que no es simplemente un producto, sino un estilo de vida: las maquinarias, las miles de tareas de tierra donde se cultiva la caña, las viviendas, sus medios de transporte y vías férreas, son un organismo vivo, que genera hábitos y costumbres muy específicos; se necesita de cierta clase de hombres y de mujeres para trabajar allí.

Por eso, cuando Trujillo decidió invertir en la caña de azúcar, creando el ingenio Catarey en 1948, marcó para siempre el destino dominicano; la historia del capitalismo dominicano dió un paso gigantesco aumentando el producto interno bruto, creando mano de obra y riqueza, engrosando significativamente el presupuesto nacional; y también aumentando a niveles incontrolables, por obra de la corrupción y el antipatriotismo, la dependencia de la economía dominicana.

En fin, que en 1948, Trujillo, con equipo de segunda mano, provenientes de dos ingenios: el Central Santa Bárbara de Puerto Rico, y del Ingenio Las Pajas, de S. Pedro de Macorís, construyó en las proximidades de Bonao, en las afueras de Villa Altagracia, el ingenio Catarey, que aunque no estaba en ubicación estratégica, ni tenía las mejores tierras, significó un buen comienzo. El primer tesorero y administrador del Central Catarey  lo fue Anselmo Paulino Alvarez. (Wiese Delgado, obra cit., pág. 162). Luego pasaría a dirigir los doce ingenios del dictador. Tras su caída política, lo sustituiría don José Antonio Jiménes Alvarez

En 1952 empezó su producción el Central Río Haina, promocionado como el más grande del mundo. Inició con una molienda estimada en 2,500 toneladas, llegando a tener una capacidad de 12,500 toneladas diarias (Wiese Delgado, obra cit. Pág. 169). Tuvo 183 kilómetros de vías férreas, once locomotoras General Electric de setenta toneladas y doscientos ocho camiones Mack. El Central Río Haina competía, señala el señor Wiese Delgado, con el Jaronú de Cuba y el San Cristóbal de México, los tres más grandes ingenios del mundo. ¿Dónde habrá quedado todo eso?

En el mismo año de 1952, por problemas de mr. Kilbourne, Trujillo compró por un 40% de su valor el Ingenio Montellano. Al año siguiente adquirió de sus dueños canadienses el Central Ozama. A la sra. M. Luisa Bentz vda. Julián le compró el ingenio Amistad, cerca de Montellano, que era el más pequeño del país, con capacidad de molienda de 300 toneladas de caña por día. De una familia estadounidense adquirió el Porvenir, en las cercanías de San Pedro de Macorís. En  1954 compró a la South Porto Rico Sugar Company el ingenio Santa Fe y construyó en La Vega el Esperanza.

Restaban las propiedades de la West Indies Sugar Company, que manejaba cuatro establecimientos de primer orden. Trujillo sometió a fuerte presión política a su administración, la que termina cediendo a finales de 1956, cuando el tirano adquirió la totalidad de sus propiedades, que incluían cocotales en Samaná, cafetales, treinta mil cabezas de ganado y los citados cuatro ingenios que producían en conjunto alrededor de 100,000 toneladas. Su precio: 35 millones 800 mil dólares; diez millones al contado y el resto en tres cuotas anuales pagaderas en septiembre de 1957, 1958 y 1959. La cuenta quedó saldada antes de tiempo, naturalmente.

Refiere el sr. Hans Paul Wiese Delgado en su muy documentado libro que en los ingenios de Trujillo se trabajaba con mucha eficiencia. Por ejemplo: en tiempos de zafra se vendía corriente eléctrica a la Corporación Dominicana de Electricidad, quemando bagazo de caña en sus calderas. “El consumo de petróleo era mínimo, pues sólo se usaba al comenzar la zafra para arrancar las calderas. Después se alimentaban con el bagazo producido” (Wiese Delgado, obra cit., pág. 171).

A principios de 1950 la producción dominicana de azúcar, en toneladas cortas, era de 539,678. En 1954 sube a 719,564 y seis años más tarde sube a 1, 225, 373. La producción de melaza se había duplicado, llegando en ese último año citado a 60,000 millones de galones.

Aunque en un principio Trujillo utilizó los servicios administrativos de una dependencia de la South Puerto Rico Sugar Corporation, luego rescindió el contrato, decidiéndose a utilizar mano de obra dominicana que sabía capacitada y eficiente. También mandó a especializarse a muchos, como el propio Wiese Delgado a quien mandó a estudiar a New York, específicamente a Wall Street.

¿Cuál ha sido el destino de ese complejo azucarero, edificado a sangre y fuego sobre las espaldas de miles y miles de sufridos dominicanos y haitianos……? Se ha esfumado como el humo que brotaba de sus calderas por obra y gracia de la corrupción de políticos y empresarios que una vez muerto el Jefe temido cayeron sobre lo edificado como buitres sobre carroña. 

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