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El refugiado que comió con Francisco: “No conocí al Papa, sino a un ser humano”

Hamza Rashid, junto al Papa Francisco. HAMZA RASHID

 

 

“Tras relatarle mi vida, me agarró las manos y me prometió que rezaría por nosotros”, relata el sirio Hamza Rashid, que comió junto al Papa
LLUÍS MIQUEL HURTADO@llmhurtado

Hamza Rashid es como usted, como yo y como Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco. Nació en Siria hace veinte años, vivió en Damasco, no consiguió entrar en Cambridge en beneficio del hijo del jefe del programa de becas, estudió ingeniería en Alepo durante la guerra y, a finales del año pasado, tuvo que huir porque, si acababa allí sus estudios, lo reclutarían forzosamente. Anteayer tuvo “un gran día”. Hamza comió con el Papa.

Mesa rectangular. El Papa ocupó el centro de uno de los costados largos, flanqueado por dos traductores. A un lado se asentó nuestro joven protagonista. Al otro, una chica siria, con velo. Algo más allá, en los lados cortos, se repartieron una familia siria con dos hijas y dos afganos. Enfrente del Papa estaban el Patriarca de Constantinopla Bartolomé y el Arzobispo de Atenas Jerónimo. De comer, para todos, arroz con carne, zumo de naranja y un dulce.

Hamza Rashid, compartiendo misa con el Papa Francisco. MUNDO

El Santo Padre bendijo la mesa. Comieron. “Durante la comida, pedimos contar al Papa nuestra historia. Yo le conté la mía”, explica Hamza, quien logró sitio en la mesa porque “trabajo con una ONG, todos me conocen y quieren. Era el chico correcto para tener esta oportunidad”. El papa asentía, con rictus grave, ante cada historia. La comunicación, lamenta el chico, estaba demasiado obstaculizada porque cada palabra que pronunciaba debía pasar por dos traductores.

“Tras relatarle mi vida, me agarró las manos y me prometió que rezaría por nosotros”, explica. “En ese momento sentí algo muy especial. No puedo explicarlo”. Una sensación compartida por el resto de comensales refugiados, todos musulmanes. “Teníamos la esperanza de que el Papa pudiese ayudarnos. Si él no puede, nadie puede”, cree Hamza, que ha pedido asilo en Grecia con el deseo de rencontrarse con su familia, que está en Alemania. Sigue bajo amenaza de deportación a Turquía.

Hasta la fecha, lo más cercano al cristianismo que había estado Hamza eran “algunos amigos siríacos de Damasco”. En el campo de Kara Tepe de Lesbos, donde ahora vive, misioneros canadienses le hablan de Jesús. Pero en el Papa vio algo más que cristianismo. “Su visita no tenía nada que ver con la religión, sino con la humanidad. Nuestro encuentro fue entre humanos. Un humano con poder ayudando a un humano sin nada. No conocí al Papa, sino a un humano”.

Pero su comida se acabó, cree él, demasiado pronto. “Me hubiese gustado hablar con él de tú a tú. Deseaba decirle que no es mi error nacer en la cara B del mundo. Que no es culpa mía ser de un país en guerra. Que no hay derecho a que me encarcelaran en Lesbos sólo por buscar mi libertad. Quedar atrapado en una isla por un crimen no cometido. Tu vida en suspenso, lejos de los tuyos esperando ya no sé qué. Que pregunte a los presidentes europeos qué harían en mi lugar”.

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