Historia

El Suroeste Necesita De La Filantropía

 

 

welner-felizPor Welnel Darío Féliz

 

Hace uno días, mi siempre amigo Virgilio Gautreaux, me remitió un mensaje que a su vez le había enviado en razón de un artículo suyo dedicado a Luis Eduardo del Monte. En dicho mensaje cuestionaba las causas de la filantropía de este histórico personaje, solo abordado de la duda del más allá de sus obras públicas y sociales. No sin razón escribió Ángel Augusto Suero su novela Juan del Campo. Además, en documentos he visto otra cara de Luis del Monte, muy asociado a la explotación del trabajador en su finca “Mi Propio Esfuerzo” y a la evasión de impuestos municipales. Pero como tal vez me diría mi caro amigo y con lo cual estoy de acuerdo, del Monte era un capitalista-inversionista, que debió recibir del edil la exoneración de todo tipo de gravámenes, dada su contribución al desarrollo de Barahona.

 

Y es que del Monte fue un verdadero filántropo para Barahona. Muy joven se integró al ayuntamiento y contribuyó a su desarrollo. Fue uno de los que aportaron para la instalación de los faroles en 1894 y donó recursos para su mantenimiento. En años posteriores, entregó solares para ampliar algunas vías, por lo cual una calle fue bautizada con su nombre en 1910. Asimismo, donó el muy famoso reloj público del palacio municipal, la emblemática glorieta del parque, el puente sobre el río Birán, y otras tantas obras. Por igual, solventó becas de estudio, entregó instrumentos para la banda de música y otorgó su óbolo a una que otra necesidad. Fue uno de los pioneros en impulsar la calidad del café y lo situó como un producto principal de exportación del país y fue de aquellos que colocaron a Barahona como uno de los sitios más importantes en su producción.

 

Es indudable que Luis del Monte fue para Barahona el filántropo que ella en ese momento necesitaba. En un tiempo en que el ayuntamiento muy precariamente podía subsistir y en otros en que la inversión en cierto ornato debía esperar, su mano contribuyo al desarrollo urbano y social y fue fundamental en el delineamiento de una ciudad en ciernes, que comenzaba a desarrollarse. Del Monte se diferencia en mucho de otros inversionistas regionales, que explotaron las tierras de Barahona, que tuvieron negocios y algo de riqueza, pero que o no se conoce o han aportado muy poco a la ciudad. Si podríamos llamar algo de atención en Delmonte era que no era regionalista, pues su influencia fue muy mínima o casi nula en otros pueblos suroestanos.

 

Como en la Barahona de finales del siglo XIX y comienzos del XX, hoy el pueblo tiene otras necesidades y con él toda la región. Los finales del siglo XX y los inicios del XXI han traído su propia dinámica. Tal vez ya no necesitamos que nos donen obras públicas y otras de igual naturaleza, pero si ameritamos de otras inversiones, principalmente en el campo cultural. Hay que apostar a los pueblos, a impulsar su cultura, al rescate de su historia y sus tradiciones a apoyar su creatividad y las artes como objeto de desarrollo, a buscar las condiciones para la inserción en la tecnología, a incentivar la escritura y la lectura, proteger el patrimonio cultural e histórico, respaldar el deporte, el teatro, la danza y permitir la inserción en el espacio cultural de jóvenes, como una alternativa a modelos impuestos en las últimas décadas.

 

Tal y como lo han hecho familias en Santiago, con el importante Centro León, y en Baní, con el significativo Centro Cultural Perelló, Barahona y la región suroeste ameritan de la filantropía; requiere que algunos de sus empresarios se permitan construir el escenario para el desarrollo cultural; llama a gritos por su atención para impulsar las transformaciones y crear las bases para el redescubrimiento del humanismo social.

 

Hay que reconocer que nuestro empresariado suroestano tal vez no alcanza los niveles de riqueza que sus homólogos de otros pueblos y regiones, pero en esa debilidad pueda radicar la fuerza, pues la unidad puede contribuir a un desarrollo más plural y colectivo, solo en la medida en que nos forjemos objetivos comunes, como lo es el desarrollo de nuestras comunidades.

 

No requerimos un donante esporádico, que regale fundas con alimentos o dinero en efectivo en un momento coyuntural; no necesitamos el apoyo aislado de una actividad, aportar para el carnaval o las fiestas patronales una vez al año; no ameritamos de los narcisistas. Precisamos de un mecenas, de mecenas, de la filantropía que contribuya a transformar las actuales y futuras generaciones de suroestanos.

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