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Hijos del trapiche

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MARCIO VELOZ MAGGIOLO

El trapiche estuvo tirado detrás del cañaveral por años, hasta que unos hombres blancos llegaron preguntando por Sansón Emulé.

Olegario masticó el tabaco verde que le chorreaba resinas por las comisuras de los labios. Tenía un dolor de muelas producto de las malas artes  de alguien que quiso echarle encima espíritus malignos, de esos que se contratan y piden permiso a los suyos, para bajar sobre los humanos y molestarlos.

Sansón Emulé sabía que quien lo molestaba era Marimbeé, un espíritu africano, un loá que venido de Senegambia  se había metido en la tierra que él todavía cultivaba y deseaba echarle de allí. Juana Subén, su mujer, lo veía en las noches cuando se acercaba al cuarto y desenganchando la aldaba se reía a solas, maliciosamente. Como era un espíritu, la tenía sin cuidado, pero una madrugada sintió esa mano caliente entrarle por debajo de las entrepiernas hasta casi penetrar sus entrañas, y flotando como en una nube de placer, dijo “Sansón, Sansón” creyendo que era una de las jugarretas sexuales de su marido, pero éste dormía. De seguro que habían sido sueños de su marido, y se rio a carcajadas del juego de Sansón, tan acostumbrado a hacer sus vagabunderías, decía para si cuando estaba roncando, por eso se  guardó silencio  y entrada la madrugada, cuando cantó el gallo del compadre Daniel, despertador del vecindario,  le dijo que soñaba con él y que en ese sueño que fue como una pesadilla, sintió más placer que el de aquella noche, cuando escapados hicieron aquello en los matorrales detrás de la casa, donde el ruido de la bayahonda era como una canción celebrada por los brisotes cuando las espinas herían el ventarrón. Esa misma noche el viejo trapiche cambió de lugar y por su cuenta comenzó una molienda de caña de azúcar traída de no se sabe de dónde. Los cubos de guarapo se llenaban, el olor a melaza era entonces intenso y alguien desconocido los trasladaba al destechado y viejo depósito, donde con miedo Sansón Emulé, sabiendo que eran fuerzas ocultas las que producían el guarapo, se iba acostumbrando al chirrido del trapiche, tirado por un caballo y una yegua rucios que en cuanto se acercaba alguien, se detenían y huían hacia el conuco ajeno donde nadie debía entrar, porque era propiedad privada de un hermano de sangre, quien en la frontera cuidara las catorce vacas del coronel Rosendo, muertas por las sequias, y quien un  día retornara rico y con poderes para poner en orden aquellos lugares.

Mientras tanto Juana Suben cayó en un sueño letárgico, del que no despertaba si alguien no venía y tocaba sus senos y la complacía en “cosas” que el cura Berrier consideraba normales en caso de posesiones pero  que podrían tener razones demoniacas.

TRAPICHE DE EXTRACION DEL AZUCAR, EN LA COLONIA ESPAÑOLA 001Al séptimo día de funcionar el trapiche fue cuando llegó un hombre llamado Willy, quien hablaba mitad en inglés, a veces mitad en francés, y otra mitad en español. Había oído hablar del trapiche y de los fantasmas que lo movían, incluyendo las bestias. Lo pidió prestado dejando cincuenta pesos en garantía y nunca más volvió. Entonces Juana Suben, a la que le había crecido mucho la barriga, dio a luz trillizos, uno blanco, parecido a Willy,  otro  mulato y el otro un negro ya con dientes de oro, familia del demonio, el que se distingue por su sonrisa.

La comadrona y también “mambosa”, declaro santa a Juana, porque nunca una había asistido a una mujer con hijos trillizos de padres diferentes.

Sansón Emule pensó que Marimbee se había salido con la suya.

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