Historia

Inmigración Azucarera del siglo XIX

Inmigración Azucarera del siglo XIX

| 16 MAY 2009, 12:00 AM

 

Laplante Ingenio Acana de Eusebio Alfonso.

A mitad de la década del 70 del siglo XIX surgió en el país la industria azucarera moderna, favorecida por la coyuntura internacional generada por la guerra de 1868-78 en Cuba, principal exportador de azúcar de caña del mundo; el conflicto franco-alemán de 1870-71, que afectó a los mayores productores de azúcar de remolacha; y la devastación previa de las plantaciones del Sur de Estados Unidos ocasionada por la guerra de Secesión de 1861-65, que aumentó las importaciones norteamericanas. A lo que se sumaron factores locales, como la disponibilidad de fuerza laboral y de terrenos apropiados para el cultivo de la gramínea, así como exenciones fiscales y otras medidas de fomento a la inversión en gran escala.

El renacer del espíritu empresarial fue saludado con loas al trabajo, al progreso y a la paz. Alborozado, el periódico más influyente definió el momento como de “verdadera alborescencia del porvenir”. Actitud secundada por un miembro de la Sociedad Amigos del País que afirmó: “muchos dominicanos no quisieran oír más clarines que los pitos de las locomotoras ni más cañones que aquellos que disparan hasta Nueva York balas de veinte quintales” (de azúcar).

La provincia de Santo Domingo vio el cambio del bosque virgen o de la llanura de pastos al campo simétricamente sembrado de caña alrededor de los ingenios. Igual sucedió en Azua, Baní, Ocoa, Puerto Plata, Samaná y San Pedro de Macorís, que se convertiría en el más fabuloso y cosmopolita sugar town. Con las factorías llegaron las vías férreas, las locomotoras y sus carros, así como los puentes de hierro. Y el teléfono, que entrelazó las comunicaciones junto al telégrafo. En 1882 el empresario Joseph Eleuterio Hatton instaló una línea telefónica entre su ingenio La Fe, sito en el sector que hoy lleva ese nombre, y sus oficinas en la calle El Platero de la ciudad colonial. Ya en 1886 la Dominican Electric Co. tenía registrados 57 abonados al servicio telefónico en Santo Domingo.

Ello supuso la incorporación a la sociedad dominicana de parte de la tecnología que el siglo XIX había producido en los países más avanzados. Y el entronque de las mentalidades con una visión empresarial moderna propia del capitalismo, guiada por criterios de racionalidad y maximización de utilidades. Asimismo impactaba las relaciones sociales, especialmente el régimen de trabajo, y generaba nuevos grupos sociales. Modificaba los patrones de concentración de la población, convirtiendo zonas en extremo despobladas como San Pedro de Macorís y posteriormente La Romana, en centros urbanos cosmopolitas, sacudiendo a la colonial y amurallada ciudad de Santo Domingo de su modorra multicentenaria.

Los dominicanos de entonces no fueron ajenos a los aportes que se derivaban de los ingenios. Cuando en 1872 el cubano Carlos F. Loynaz instaló La Isabel, en San Marcos, Puerto Plata, como el primer ingenio movido a vapor, la prensa porteña reseñó con admiración: “Hoy hemos presenciado la prueba decisiva en su ingenio ‘La Isabel’. En menos de media hora la caña acabada de cortar, y desmenuzada por el trapiche, enviaba su jugo a los tachos donde hervía inundando el aire con los sabrosos vapores del guarapo; una hora después pasaba por la centrífuga, y en brillante polvo endulzaba el café de nuestro almuerzo”.

En las orillas del Ozama, con entusiasmo desbordante, la prensa capitaleña celebró la llegada de la máquina de vapor que se instalaría en el ingenio La Encarnación, fomentado por el sancarleño Francisco Saviñón (padrino de mi madre y tatarabuelo de mis hijos José Manuel y Laura). Sugiriendo que con ello se iniciaba una era de trabajo que liquidaría las montoneras revolucionarias.

“En lo que podemos llamar la procesión industrial que conducía la caldera, colocada en dos carros tirados de tres hermosas parejas de bueyes, natural era que atrajera la atención esa mole monumental i que se considerasen los esfuerzos titánicos empleados en su colocación. Pero había algo más que atrajo más poderosa i justamente la atención: eran los individuos que la custodiaban, que dirigían los trabajos i que trabajaban ellos mismos casi como peones i bueyeros. Estos individuos eran el señor Félix M. Lluveres i sus hijos Pedro, Felito i Francisco. Todos representaban una rejeneración fecunda, una esperanza halagadora, por la circunstancia de haber sido hasta ayer hombres decididamente entregados a la estéril faena de nuestra miserable política de partidos. De héroes de campamentos han pasado a ser héroes del trabajo, héroes de la industria; de elementos destructores se han transformado en elementos de producción, de paz i de progreso”.

Otro cambio fue la movilización de los campesinos conuqueros hacia los ingenios, tras el salario monetario temporal, entonces atractivo. Campesinos circundantes y flujos migratorios desde Azua hacia Santo Domingo y Macorís, y desde El Seybo hacia este último, se involucraron en el proceso. Eugenio María de Hostos y Pedro Francisco Bonó advirtieron en la prensa contra el abandono del conuco y la consiguiente carestía de los alimentos de producción doméstica. También clamaron contra el desposeimiento y la proletarización del campesino.

El régimen de tierras registró modificaciones al iniciarse la progresiva descomposición de la propiedad comunera, paso indispensable al imperio de relaciones capitalistas en la agricultura que requieren de claros títulos de propiedad amparados en las mensuras catastrales correspondientes. Este proceso duraría varias décadas y cristalizaría en la implantación del sistema Torrens durante la ocupación militar norteamericana de 1916-24.

Este auge capitalista estuvo nucleado en torno a la industria azucarera aunque no restringido a ella, impulsado por empresarios de diversas nacionalidades: cubanos, norteamericanos, ingleses, franceses, alemanes, puertorriqueños, italianos y dominicanos. El grueso cubanos (o cubanoamericanos) o provenían de Cuba, donde habían estado ligados a la industria azucarera. Como Joaquín M. Delgado, quien levantó el ingenio La Esperanza en 1875 en la común de San Carlos. Evaristo de Lamar, fundador en 1876 en la misma común de La Caridad, en el entorno del barrio Simón Bolívar. Y el mecánico azucarero matancero Juan Amechazurra, quien fomentó en El Higo, en unas 10 mil tareas de montes vírgenes, el ingenio Angelina, en las cercanías de San Pedro de Macorís.

Amechazurra (bisabuelo del Dr. Juan Manuel Pellerano Castro) describía esta comunidad como una aldea de “cuatro bohíos de yaguas” con una “iglesia de aspecto indefinible”, de la cual “en la misma capital no se sabía más, sino que producía buenos cocos y buenos plátanos”, aludiendo así a Macorís, que sufriría en las próximas décadas una metamorfosis urbanística revolucionaria. De acuerdo con Juan J. Sánchez, en su obra La Caña en Santo Domingo, el empresario cubano debió “instruir a los jornaleros dominicanos de que tenía que servirse, haciéndolos capaces de practicar lo mejor posible las labores del campo, redoblando sus cuidados en adiestrarlos para los trabajos del ingenio”.

El comerciante bostoniano William Read (antecesor de mis amigos William y Manuel Read), radicado en el país desde 1846, estableció en 1877 en Sabana Grande de Palenque el ingenio Las Damas, hoy terrenos de los Vicini integrados al ingenio Caei. El norteamericano Santiago Mellor fundó en 1879 el ingenio Porvenir, provisto de maquinaria de triple efecto, al momento el más avanzado tecnológicamente.

Este movimiento seguió en 1880 con la incorporación de La Fe al universo azucarero de la provincia de Santo Domingo, fomentado por la razón social J. E. Hatton & Co., integrada por el británico Joseph Eleuterio Hatton y los norteamericanos Alexander Bass y Carlos y Juan Clark, en el actual ensanche La Fe. Todos provenían de Cuba, vinculados a los negocios azucareros. Dolores Valera de Lamar, cubana, desarrolló en 1881 el ingenio Dolores, en la Sabana Grande de Santo Domingo, que aparentemente se integró con el ingenio Stella, dirigido por el norteamericano Geo Stokes.

Las tierras de Pajarito (Villa Duarte) alojaron varios ingenios. Los hermanos Cambiaso, comerciantes italianos de larga data en el país, se asociaron a Augusto Cisneros para impulsar el ingenio San Luis, hoy Ozama. Ricardo Hatton, inglés hijo de Joseph Eleuterio, y el hacendado cubano Mariano Hernández, promovieron San Isidro Labrador, en el sitio de la actual base aérea. El ingeniero mecánico cubano Fermín Delmonte, estableció Jainamosa. La empresa francesa Societé des Sucreries de Saint Domingue instaló el ingenio La Francia, donde hoy está Molinos Dominicanos. Alexander Bass y el empresario alemán Frederick Von Krosigh, procedentes de Cuba, fomentaron La Duquesa en El Higüero, donde estuvo una colonia del central Río Haina.

La provincia de Santo Domingo vio el cambio del bosque virgen al campo simétricamente sembrado de caña alrededor de los ingenios.

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