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La estrategia militar de Hillary Clinton: cómo se convirtió en halcón

Credit Ilustración de Justin Metz, con base en un concepto de Pablo Delcan

Por MARK LANDER

Este artículo es una adaptación del libro de Mark Lander, “Alter Egos: Hillary Clinton, Barack Obama and the Twilight Struggle Over American Power”.

Hillary Clinton se sentó en el estudio semioculto en su lujosa oficina en el Departamento de Estado, dando sorbos a su té y evaluó su primer año en el cargo. El estudio era más parecido a una sala de estar, acogedor, de paredes de madera, y con filas de libreros que mostraban recuerdos de las tres décadas de Clinton en el servicio público: una estatua de su heroína, Eleanor Roosevelt; una pelota de béisbol firmada por Ernie Banks, la estrella de los Cachorros de Chicago; una figura de madera tallada de una mujer africana embarazada. El escenario íntimo se prestaba para una entrevista más informal que su imponente oficina, con su chimenea de mármol, sus cortinas pesadas, el candelabro de cristal y los arbotantes de ornato en los muros. Sin embargo, aquella mañana del 26 de febrero de 2010, Clinton hablaba de un tema mucho más delicado que los asuntos de política exterior: su relación con Barack Obama. Decir que elegía sus palabras con cautela no describe con justicia la delicadeza del ejercicio. Era como ver a un técnico de un escuadrón antibombas, que decide qué cable de color cortar para no hacer estallar su relación con la Casa Blanca.

“Hemos desarrollado, creo, una muy buena relación, con un intercambio en verdad positivo en cuanto a todo aquello que te puedas imaginar”, dijo Clinton sobre el hombre al que describió durante la campaña de 2008 como ingenuo, irresponsable y sin preparación alguna para ser presidente. “Y hemos tenido algunas experiencias interesantes y hasta extraordinarias en este tiempo”.

Se inclinaba hacia adelante al hablar, gesticulando con las manos y reía con facilidad. Al hablar con reporteros, Clinton se muestra más cálida que Obama, aunque uno no espera que ella vaya a hacer alguna revelación.

Clinton señaló, como solía hacerlo, la reunión sobre cambio climático de las Naciones Unidas en Copenhague que sucedió en diciembre de 2009, donde ella y Obama trabajaron juntos para evitar que la reunión se fuera a pique. Mencionó el proceso de paz de Medio Oriente, un proyecto abanderado por el presidente, que se le ha encomendado revivir. Pero se mostraba comprensiblemente recelosa a hablar de áreas en las que ella y Obama compartían responsabilidades —por ejemplo: temas fundamentales de guerra o paz en los que la filosofía más activista de Clinton ya se ha enfrentado de formas impredecibles con los instintos de contención de su superior—. Clinton estuvo a favor de la recomendación del General Stanley McChrystal de enviar a 40.000 elementos más a Afganistán, en lugar del “plan b” que proponía enviar 30.000 (Obama estuvo a favor de este último, aunque estipuló que los soldados comenzarían a retirarse nuevamente en julio de 2011, cosa que Clinton consideró problemática). Ella apoyó el plan del Pentágono para dejar una fuerza remanente de 10.000 a 20.000 elementos del Ejército estadounidense en Irak (Obama se opuso, principalmente, debido a su incapacidad de obtener garantías jurídicas de los iraquíes, un fracaso que lo acecharía luego cuando el Estado Islámico invadió la mayor parte del país). Y ella ejerció presión para que Estados Unidos canalizara armas a los rebeldes en la guerra civil de Siria (una idea que Obama había rechazado inicialmente, pero que al final aceptó sin mucho entusiasmo).

Esta tensión intrínseca entre Clinton y el presidente continuaría siendo una característica definitoria de su ejercicio como secretaria de Estado. En la primera reunión de alto nivel de la administración sobre Rusia, que tuvo lugar en febrero de 2009, los asesores de Obama propusieron que Estados Unidos otorgara más concesiones simbólicas a Rusia como gesto de buena voluntad para restablecer la relación. Clinton, la última en hablar, rechazó la idea categóricamente, diciendo: “No voy a ceder algo a cambio de nada”. Su determinación impresionó a Robert Gates, secretario de Defensa y miembro del gabinete de la administración de George W. Bush que no se fiaba de una Rusia cambiada. En ese momento, decidió que ella era alguien con quien podría negociar.
“Pensé: ‘Esta es una mujer dura’”, me dijo.

Unos meses después de entrevistarla en su oficina, hubo otra discrepancia cuando Obama llamó a Clinton, Gates y a otro puñado de asesores desde una línea segura un fin de semana. Era julio de 2010, cuatro meses después de que el ejército de Corea del Norte torpedeara una corbeta de la marina de Corea del Sur, lo cual causó su hundimiento y la muerte de 46 marinos. Ahora, después de semanas de arteros debates entre el Pentágono y el Departamento de Estado, Estados Unidos se estaba preparando para responder a esta provocación descarada. El plan tentativo, desarrollado por el subsecretario de Estado, James Steinberg, era enviar al portaviones George Washington a las aguas costeras al este de Corea del Norte en una muestra extraordinaria de fuerza.

Pero el Almirante Robert Willard, entonces comandante del Pacífico, propuso enviar el portaviones en un curso más agresivo, por el mar Amarillo, entre Corea del Norte y China. El ministro de Exterior chino emitió una advertencia a Estados Unidos contra esa posibilidad, que para Willard era la razón más contundente para seguir adelante. Presionó al presidente del Estado Mayor Conjunto, Mike Mullen, quien a su vez presionó a su superior, el secretario de Defensa, para rectificar el curso del George Washington. Gates aceptó, pero necesitaba que el comandante en jefe lo refrendara en una decisión que podría tener repercusiones políticas y militares.

Gates expuso las razones para desviar el curso del George Washington al mar Amarillo: Estados Unidos no debería parecer rendido ante China. Clinton lo secundó con firmeza. “¡Tenemos que avanzar más allá del medio campo!”, había dicho a sus asesores unos días antes. (La imitación de Vince Lombardi motivó risitas nerviosas entre su personal, que todavía se maravillaba ante su beligerancia, incluso después de 18 meses de trabajar con ella en el cargo).

Sin embargo, no lograron convencer a Obama. El George Washington ya estaba en camino; cambiar su curso no era una decisión que se podía hacer al vuelo.

“No cambio de jugada con los portaviones”, dijo, superando sin querer la metáfora futbolística de Clinton.

No fue el último debate en el que ella apoyaría a Gates. Pronto se dieron cuenta de que ambos se habían formado en el medio oeste y que compartían el hábito de tomarse un buen trago después de un largo día de trabajo, así como un arraigado escepticismo cuando se trataba de las intenciones de los enemigos de Estados Unidos.

Bruce Riedel, un exanalista de inteligencia que llevó a cabo la revisión inicial de Obama sobre la guerra de Afganistán, comenta: “Creo que una de las sorpresas para Gates y el Ejército fue que estaban esperando una administración muy de centro izquierda, y descubrieron que tienen una secretaria de Estado que se alinea a la derecha con ellos en estos temas y, hasta cierto punto, es un tanto más extrema que ellos. Sobre todo en lo que respecta a Afganistán, donde creo que Gates sabía que debía hacerse más, que debían enviar más tropas, pero no estaba muy convencido de que funcionaría”.

Ahora que Hillary Clinton está de nuevo en una campaña presidencial puede resultar tentador considerar su dura retórica acerca del mundo como una maniobra política calculada y no como un principio básico profundamente arraigado. Pero los instintos sobre política exterior de Clinton le vienen de la cuna: se basan en un realismo frío sobre la naturaleza humana y lo que un asesor suele llamar “una visión de manual del excepcionalismo estadounidense”. Lo anterior la hace sobresalir ante su rival y ahora jefe, Barack Obama, que evitó los enredos militares y trató de conciliar a los estadounidenses con un mundo en el que Estados Unidos ya no es la hegemonía indiscutible. Y seguramente la diferenciarán del candidato republicano al que se enfrente en la elección general. A pesar de todas sus bravuconerías sobre bombardear al Estado Islámico hasta hacerlo desaparecer, Donald J. Trump o el senador Ted Cruz de Texas han demostrado que no se acercan ni un poco al apetito que Clinton tiene de involucrarse militarmente en asuntos exteriores.

“Hillary es sin duda alguna partidaria de los cánones tradicionales estadounidenses en materia de política exterior”, dice Vali Nasr, un estratega de política internacional que la asesoró en relación con Pakistán y Afganistán en el Departamento de Estado. “Ella cree, como todos los presidentes en tiempos de Reagan o Kennedy, en la importancia del Ejército para acabar con el terrorismo y hacer valer la influencia estadounidense. Con Obama, la confianza en el Ejército pasó a las agencias de inteligencia. Su postura fue: ‘Todo lo que se necesita para enfrentar el terrorismo son la NSA y la CIA, drones y operativos especiales’. Así que la CIA le dio una salida a Obama, si se puede llamar de esa forma, para ser simultáneamente de línea dura y rehuir el tema con ayuda del Ejército”.

A diferencia de otros presidentes recientes —Obama, George W. Bush o su esposo, Bill Clinton— Hillary Clinton asumiría el cargo con una amplia experiencia en seguridad nacional. Hay muchas formas de analizar esa experiencia, pero una de las más reveladoras es explorar sus décadas de conocimiento sobre el Ejército, no solo de líderes civiles como Gates, sino de sus comandantes de alto rango, los hombres con las medallas. Su afinidad por las fuerzas armadas se basa en una creencia de toda la vida de que el uso calculado del poder militar es crucial para defender los intereses nacionales, que la intervención estadounidense hace más bien que mal y que el mandato de Estados Unidos llega propiamente, como Bush alguna vez lo dijo, “a cualquier rincón del mundo”.

De manera inesperada, en la elección presidencial de 2016, grandilocuente e impulsada por la testosterona, Hillary Clinton es la última contrincante de línea dura que queda en la contienda.

Para aquellos que conocen la biografía de Clinton, su aceptación del ejército no debería causar ninguna sorpresa. Ella creció en medio de las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, fue hija de un oficial de Marina de bajo rango que entrenaba a jóvenes marinos antes de que se embarcaran al Pacífico. Su padre, Hugh Rodham, fue un republicano acérrimo y un anticomunista, y ella canalizó sus opiniones. Con frecuencia habla de su sueño de infancia de ser astronauta, y hace mención de la carta de rechazo que recibió de la NASA, como la primera vez que se enfrentó a la discriminación de género. Sus verdaderos motivos para ofrecerse como voluntaria, ha escrito, pueden haber estado motivados porque su padre refunfuñaba sobre que “Estados Unidos se estaba quedando rezagado ante Rusia”.

Credit Ilustración de Justin Metz, con base en un concepto de Pablo Delcan.

La conversión política vino después, luego de que Vietnam y los sesenta llegaran a Wellesley College, donde ella habló en contra de la clase dirigente en su graduación. Pero incluso en el turbulento año de 1968, ella estaba en medio de su transición de republicana a demócrata, y logró ir a las convenciones de ambos partidos. Como becaria republicana en Washington aquel verano, Clinton cuestionó al congresista de Wisconsin, Melvin Laird, sobre el sentido común mostrado por Lyndon B. Johnson al escalar la participación en el sur de Asia.

No sería hasta después de graduarse de la facultad de derecho que tuvo su encuentro más curioso con el Ejército. En 1975, el año en que se casó con Bill Clinton, hizo una escala en una oficina de reclutamiento de la Marina en Arkansas a fin de pedir informes para unirse a las fuerzas activas o a las reservas. Ella era abogada, explicó; tal vez habría alguna forma en la que podría servir. El reclutador, recordaría dos décadas después, era un joven de unos 21 años, en perfecta condición física. En aquella época Clinton tenía 27, acaba de llegar de Washington, enseñaba derecho en la Universidad de Arkansas en Fayetteville y usaba lentes de fondo de botella. “Estás muy grande, no ves y eres mujer”, le dijo el joven. “Tal vez los perros te acepten”, añadió, haciendo referencia de forma peyorativa, comentó ella, al Ejército.

“No fue una conversación muy alentadora”, dijo Clinton en un banquete para mujeres militares en el Capitolio en 1994. “Decidí que tal vez buscaría otra forma de servir a mi país”.

Algunos reporteros han dudado de la veracidad de su anécdota, que repitió en el otoño de 2015 en un desayuno con los electores de New Hampshire: desde luego, no hay pruebas concretas de que sucedió, y Bill dio una versión distinta de esta historia en 2008, ya que sustituyó al Ejército con la Marina. ¿Por qué una graduada de la facultad de derecho de Yale que presta atención a su carrera profesional y a punto de casarse, de repente quiere usar uniforme? Es imposible descifrar sus posibles motivos, pero Ann Henry, una vieja amiga que impartió clases en la universidad después de que Clinton se mudó a Little Rock, tiene una teoría: “En aquellos días, recuerda, las mujeres que formábamos parte del profesorado, a manera de ejercicio, poníamos a prueba los límites de las carreras en las que las mujeres parecíamos no tener cabida. No creo que lo haya inventado”, afirma. “Suena a algo que ella habría hecho”.

El siguiente encuentro de Clinton con el Ejército no llegaría hasta que fuera primera dama, casi dos décadas más tarde. Vivir en la Casa Blanca es, en muchos sentidos, como vivir en un complejo militar. Un oficial de la Marina hace guardia frente al Ala Oeste cuando el presidente se encuentra en la Oficina Oval. La Oficina Militar de la Casa Blanca opera como centro médico y sistema de telecomunicaciones. La Marina está a cargo del comedor, los infantes de marina transportan al presidente en helicóptero; la Fuerza Aérea, en avión. Camp David es una instalación naval. El contacto diario con hombres y mujeres uniformados, dicen los amigos de Clinton, estrechó su afinidad hacia ellos.

En marzo de 1996, la primera dama visitó a las tropas estadounidenses que se encontraban en Bosnia. El viaje cobraría relevancia años después, cuando afirmó, durante la campaña de 2008, haber esquivado las balas de francotiradores después de que su avión militar C-17 aterrizó en una base estadounidense en Tuzla (Chris Hill, un diplomático que se encontraba a bordo aquel día y posteriormente se desempeñó como embajador en Irak durante la administración de Clinton, no recordó la presencia de ningún francotirador, y de hecho recordó que había niños que le entregaban ramilletes de flores de primavera). Pero no había que manchar las buenas vibras de su gira por el comedor y el salón de usos múltiples. Acompañada de su hija adolescente, Clinton charló y bromeó con los hombres y mujeres jóvenes en activo, una experiencia, escribió, que “nos marcaría a Chelsea y a mí para siempre”.

Cuando Clinton fue electa para el senado, tenía fuertes motivos políticos para ocuparse del Ejército. El Pentágono se encontraba en medio de un proceso largo y politizado del cierre de bases militares; el estado de Nueva York ya había sufrido los efectos de dicho proceso, cuando se ordenó el cierre de la Base de las Fuerzas Aéreas de Plattsburgh en 1995, con lo que se perdieron 352 trabajos civiles en aquel pueblo del norte del país. La delegación de Nueva York estaba determinada a proteger las bases que le quedaban, en especial el Fuerte Drum, hogar de la 10.ª División de Montaña del Ejército, que se extiende a lo largo de cientos de miles de kilómetros en el condado rural de Jefferson. En octubre de 2001, un mes después de los ataques terroristas del 11 de septiembre, Clinton viajó al Fuerte Drum por invitación del General Buster Hagenbeck, que acababa de ser nombrado comandante de la división y sería enviado a Afganistán un mes después. Al igual que muchos de los oficiales con los que hablé, Hagenbeck tenía ideas preconcebidas de Clinton con base en sus años como primera dama; pero la mujer que apareció en su oficina cerca de la hora feliz aquella tarde no cumplió con esas expectativas.

“Ella se sentó”, recuerda el general, “se quitó los zapatos, puso los pies encima de la mesa de centro y dijo: ‘General, ¿sabe dónde se puede conseguir una cerveza fría por aquí?’”.

Fue el inicio de una conversación que se alargaría durante dos guerras. En la primavera de 2002, Hagenbeck dirigió la Operación Anaconda, un ataque de 16 días a los combatientes talibanes y Al Qaeda en el valle de Shah-i-Kot en la que ha sido la participación en combate más larga de la guerra hasta la fecha. Cuando el general regresó a Washington para dar parte al Estado Mayor Conjunto, Clinton lo invitó a cenar al Capitolio para que la pusiera al tanto de la operación. También hablaron sobre los preparativos para la guerra en Irak de la administración Bush, algo a lo que Hagenbeck daba seguimiento con nerviosismo. Resultó que el general era más conciliador que la senadora. Le advirtió sobre los riesgos de una invasión, que en aquel entonces se estaba debatiendo en el Pentágono. Sería como “patear un panal de abejas”, dijo Hagenbeck.

Hagenbeck justificó el voto de Clinton en 2002 para autorizar las acciones militares en Irak. “Ella tomó una decisión calculada”, dice. Y “sentía desasosiego, mucho después de que sucediera”. Para él, lo que importó más que aquel histórico voto de Clinton fue su gran apoyo público hacia el Ejército, ya fuera para proteger el Fuerte Drum o mostrarle su respaldo durante un primer año difícil en Afganistán.

La formación de Clinton en asuntos militares comenzó en serio en 2002, después de que la apabullante derrota del Partido Demócrata en las elecciones de la mitad de la legislatura la hiciera subir varios escalones en la jerarquía del senado. Los líderes del congreso del partido le ofrecieron un lugar ya fuera en el Comité de Relaciones Exteriores o en el Comité de las Fuerzas Armadas. Ella eligió el Comité de las Fuerzas Armadas y desdeñó una larga tradición de los senadores de Nueva York, como Daniel Patrick Moynihan y Jacob Javits, quienes codiciaban el prestigio del Comité de Relaciones Exteriores. El Comité de las Fuerzas Armadas se ocupa de temas más mundanos, como las prestaciones de los veteranos, y durante muchos años había sido el coto de los republicanos de mano dura como John McCain. Pero después del 11 de septiembre, Clinton consideró que el Comité de las Fuerzas Armadas era una mejor escuela para su futuro. Para un político que busca afinar sus credenciales de poder duro —una mujer que aspiraba a ser comandante en jefe— era el campo de entrenamiento perfecto. Ella se metió de lleno en la tarea, como un soldado de infantería en un campo de entrenamiento.

Andrew Shapiro, entonces asesor en materia de política exterior de la senadora Clinton, reunió a 10 expertos (entre los que se encontraba Bill Perry, que fue secretario de Defensa en el mandato de su esposo, y Ashton Carter, que más tarde se convertiría en el cuarto secretario de Defensa del Presidente Obama) para que le dieran clases de todo, desde estrategias de alto nivel hasta adquisiciones del Departamento de Defensa. Ella se reunió discretamente con Andrew Marshall, un estratega octogenario del Pentágono que había trabajado durante décadas en la llamada Oficina de Evaluación de la Red y que se ganó el apodo de Yoda por sus reflexiones délficas. Clinton estuvo presente en todas las reuniones del comité, sin importar lo rutinarias que fueran. Los asesores la recuerdan en su C-SPAN3, sentada sola en la habitación, cuestionando con paciencia a un teniente coronel. Visitó a las tropas en Afganistán el Día de Acción de Gracias en 2003 y habló en cada instalación militar importante en el estado de Nueva York. Para aquel entonces, habían pasado 30 años desde que recordaba haber sido rechazada por un reclutador de la Marina en Arkansas y Hillary Clinton se había convertido en una estudiosa de la milicia.

Jack Keane es uno de los arquitectos intelectuales del aumento de tropas en Irak; tal vez también sea la mayor influencia en el pensamiento de Hillary Clinton sobre asuntos militares. Keane, un hombre corpulento con un rostro agobiado por las preocupaciones, con las mejillas un tanto caídas y el cabello relamido, irradia la máxima confianza en sí mismo que uno esperaría de un general de cuatro estrellas retirado. Habla con rastros de un acento de Nueva York que le da a sus pronunciamientos la contundencia del sonido de la metralla. También es un miembro bien remunerado del complejo de la industria militar, que ocupa un lugar en el consejo de General Dynamics y ejerce como asesor estratégico de Academi, el contratista de seguridad privada que anteriormente se conocía como Blackwater. Y es presidente de un departamento de estudios llamado, acertadamente, el Instituto del Estudio de la Guerra. Aunque es uno de entre los generales que hacen apariciones en la televisión por cable, Keane es un experto de línea dura en Fox News, donde aparece con regularidad para abogar por el uso de mayor fuerza militar estadounidense en Irak, Siria y Afganistán. No le tiembla la mano para desplegar tropas en tierra y casi no recurre a líderes civiles, como Obama, que sí lo hace.

Keane conoció por primera vez a Clinton en el otoño de 2001, cuando ella era una senadora novata y él era el segundo al mando del ejército, con un historial destacado en combate y al mando en Vietnam, Somalia, Haití, Bosnia y Kosovo. Había esperado que Clinton fuera una mujer inteligente, trabajadora, y una política astuta, pero no estaba preparado para el respeto que ella mostró hacia el Ejército como institución, ni para su reconocimiento hacia los sacrificios de los soldados y sus familias. Keane creía que podía olfatear a un político farsante a menos de un kilómetro de distancia, y esa no fue la impresión que le causó Clinton.

“Yo puedo leer a la gente; esa es una de mis fortalezas”, me contó. “No es que no me puedan engañar, pero no es algo que me suceda con frecuencia”.

Keane también le cayó bien a Clinton de inmediato. “A ella le encanta ese temperamento seco irlandés”, dice uno de sus asesores del senado, Kris Balderston, quien estaba en la habitación aquel día. Cuando después de 45 minutos Keane se levantó para regresar al Pentágono a fin de reunirse con un general polaco, ella protestó, diciendo que aún no había terminado y solicitó otra reunión. “Yo dije: ‘Está bien, pero me tomó tres meses llegar a esta’”, le contestó Keane inexpresivamente.

Clinton soltó una estridente carcajada. “Me encargaré de eso”, prometió.

Ella sabía cumplir su palabra: los dos se reunirían en varias ocasiones a lo largo de la década siguiente, para hablar de las guerras en Afganistán e Irak, sobre la amenaza nuclear iraní y otras zonas álgidas en Medio Oriente. Algunas veces él iba a su oficina en el senado; otras, se encontraban para cenar o para tomar una bebida juntos. Él la escoltó en su primera visita al Fuerte Drum y organizó su primer viaje a Irak.

Por lo general, él se abstenía de hablar de política, pero en una reunión en la oficina de Clinton en el senado en enero de 2007, Keane trató de convencerla sobre la lógica del aumento de tropas en Irak. Un mes antes, Keane se había reunido con el Presidente Bush en la Oficina Oval para recomendarle que Estados Unidos desplegara de cinco a ocho brigadas del Ejército y la Marina para luchar contra una campaña de contrainsurgencia urbana; solo que, argumentó, estabilizaría a un país al que un conflicto sectario estaba haciendo pedazos. Su presentación enojó a algunos de los homólogos de Keane, quienes temían que dicha estrategia profundizara la dependencia de Irak y alargara la participación de Estados Unidos. Sin embargo, causó impacto en el comandante en jefe, quien en breve ordenó el envío de más de 20.000 elementos adicionales a Irak.

Clinton fue otro cuento. “Estoy convencida de que no va a funcionar, Jack”, le dijo. Ella predijo que los soldados estadunidenses que patrullaban las ciudades y pueblos iraquíes serían “bombardeados” por las milicias sunitas o los combatientes de Al Qaeda. “Ella pensó que fracasaríamos”, recuerda Keane, “y que eso acarrearía más bajas”.

Por supuesto que pensaba en términos políticos. Barack Obama estaba preparando el terreno para su candidatura a mediados de enero con una campaña que haría énfasis en la oposición a la guerra de Irak y el voto de Clinton a favor de dicha guerra —un voto que todavía le hizo mella en las elecciones primarias demócratas de este año—. Obama estaba por iniciar una campaña para recaudar fondos en la que obtendría 25 millones de dólares en tres meses, cosa que cimbró la campaña política de Clinton y lo posicionó como un rival temible. Aunque no estuvo de acuerdo con Keane acerca de Irak, Clinton le pidió que se convirtiera en su asesor oficial. “A pesar de lo mucho que te respeto”, contestó él, “no puedo hacer eso”. La esposa de Keane tenía problemas de salud que habían anticipado su retiro del Ejército, y él, fiel a sus principios, no respaldaba a ningún candidato. En algún momento durante 2008, no recuerda exactamente cuándo, Clinton le dijo que ella había cometido un error al dudar de la decisión en relación con el aumento de tropas. “Ella dijo: ‘Tenías razón, sí funcionó’”, recuerda Keane. “En asuntos de seguridad nacional”, dice, “pienso que ella siempre ha sido intelectualmente honesta conmigo”.

Él y Clinton siguieron hablando, incluso después de que Obama resultó electo y ella se convirtió en secretaria de Estado. La mayoría de las veces, sus opiniones coincidían. Keane, al igual que Clinton, estaba a favor de una intervención más decidida en Siria, a diferencia de Obama. En abril de 2015, la semana antes de que ella anunciara su candidatura, Clinton le pidió que sostuvieran una reunión informativa sobre opciones militares para lidiar con los combatientes del Estado Islámico. Keane, quien llegó a la reunión con tres jóvenes analistas del Instituto para el Estudio de la Guerra, hizo una presentación de 2 horas y 20 minutos. Entre otras, algunas de las medidas por las que abogaba eran imponer una zona de exclusión aérea en algunas partes de Siria que neutralizarían la fuerza aérea del presidente sirio, Bashar al Asad, con el objetivo de obligarlo a llegar a un acuerdo político con los grupos opositores. Seis meses más tarde, Clinton adoptó públicamente esta posición, lo que la distanció aún más de Obama.

“Estoy convencido de que este presidente, sin importar cuáles sean las circunstancias, nunca desplegará soldados en terreno enemigo, incluso cuando sea imperioso”, me dijo Keane. Estaba sentado en la biblioteca de su casa en McLean, Virginia, en la que abundan los libros sobre historia y estrategia militar. Su crítica a Obama no era en absoluto nueva ni original, pero refleja en buena parte lo que piensan Clinton y sus asesores políticos. “Uno de los problemas que tiene el presidente, y que debilita sus esfuerzos diplomáticos, es que no creen que usaría su poder militar. Es un tema que diferenciaría al presidente de Hillary Clinton muy radicalmente. Ella consideraría que las fuerzas armadas son otra opción realista, pero únicamente si no hay otro camino”.

La amistad con Keane no solo le dio un asesor único. También le dio a Clinton acceso inmediato a su red informal de generales en activo y retirados. El más interesante, por mucho, fue David Petraeus, un comandante de inteligencia que compartió la exacerbada ambición de Clinton y cuyas historias de vida serían una mezcla de éxitos embriagadores y reveses aleccionadores. Ambos serían acusados de malos manejos de información clasificada: Clinton por su uso de un servidor privado y una dirección de correo electrónico para llevar a cabo gestiones gubernamentales delicadas, una decisión que se convirtió en un escándalo político; Petraeus porque le había entregado un diario con información clasificada a su biógrafa y amante (al final, se le acusó por el delito menor de mal manejo de información clasificada).

En el primer viaje que hizo Clinton a Irak en noviembre de 2003, Petraeus, que en aquella época era general de dos estrellas a la cabeza de la 101.ª División Aérea, voló desde su base de campo en Mosul a la relativa seguridad de Kirkuk para dar parte a su delegación del congreso. “Ella tenía muchas preguntas”, recuerda. “Era el tipo de gesto que resulta muy significativo para un comandante en el campo de batalla”. En viajes siguientes, a medida que él fue subiendo de rango, Petraeus le explicó sus planes de capacitar y equipar a las tropas del ejército de Irak, que precedió a la estrategia de contrainsurgencia en Afganistán. Funcionó para beneficio mutuo: Petraeus estaba creando vínculos con una destacada voz en el Senado; Clinton estaba puliendo su imagen como amiga de las tropas. “Ella actuó a la vieja usanza”, dice él. “Y lo hizo al establecer relaciones”. Cuando Petraeus fue enviado de regreso a Irak como comandante principal a principios de 2007, le entregó a cada miembro del Comité de las Fuerzas Armadas del senado una copia del Manual de Campo de Contrainsurgencia del Ejército y el Cuerpo de Infantería de Marina de Estados Unidos que editó durante un viaje al Fuerte Leavenworth. Clinton leyó su manual de principio a fin.

Aunque las reservas de Clinton en relación con el aumento de tropas eran válidas —la estabilidad que las tropas adicionales llevaron a Irak no duró— su oposición, al igual que su voto a favor de la guerra, volverían a asediarla. En esta ocasión, fue Bob Gates el que lo invocaría de nuevo. En sus memorias, Gates escribió que ella les confesó a él y al presidente que su postura había tenido fines políticos porque entonces se enfrentaba a Obama en los caucus (Obama, escribió él, concedió “vagamente” que él también se había opuesto por razones políticas). Clinton lo hizo retroceder, le dijo a Diane Sawyer de ABC News que Gates “tal vez había malinterpretado el contexto o el significado, porque ella sí se opuso al aumento de tropas”. Su oposición, dijo a Sawyer, estuvo motivada por el hecho de que en aquel momento, la gente no iba a aceptar que la guerra escalara. “No estamos hablando de política en términos electorales, políticos”, dijo Clinton. “Estamos hablando de política en el sentido de que el pueblo estadounidense tiene que apoyar compromisos como este”.

“Necesitamos mapas”, dijo Hillary Clinton a sus asistentes.

Clinton en una gira por un cuartel del ejército estadounidense en Bagdad, en 2003, cuando aún era senadora con menor antigüedad de Nueva York y miembro del Comité de los Servicios Armados del Senado. Credit Dusan Vranic/AFP/Getty Images

Fue a principios de octubre de 2009, ella acababa de regresar de una reunión en la Sala de Situaciones de la Casa Blanca. El gabinete de guerra de Obama discutía cuántas tropas adicionales debía enviar a Afganistán, donde Estados Unidos, preocupado por Irak, había permitido que los talibanes se reagruparan. El Pentágono, informó ella, había usado mapas impresionantes con códigos de color para mostrar los planes de despliegue de tropas en el país. La atención al detalle hizo que Gates y sus comandantes dieran una imagen segura y bien preparada; el Departamento de Estado, que presionaba por que hubiera un “aumento de civiles” que acompañara a las tropas, parecía tímido en comparación.

En la siguiente reunión, el 14 de octubre, el equipo del Estado llevó sus propios mapas para mostrar el despliegue de un ejército de trabajadores auxiliares, diplomáticos, expertos legales y especialistas de campo que, se suponía, irían con los soldados hasta Afganistán.

La fijación de Clinton con los mapas fue característica de su mentalidad en el primer gran debate entre la guerra y la paz con la presidencia de Obama. Ella quería que la tomaran en serio, incluso si su departamento era menos importante que el Pentágono. Una forma de lograrlo era promover el envío de más civiles, el proyecto consentido de su amigo y enviado especial a la región, Richard Holbrooke. “Ella estaba decidida a que sus libros informativos fueran tan gruesos y meticulosos como los del Pentágono”, recuerda un asesor experimentado. Tampoco dudó en inmiscuirse en los asuntos del Pentágono, haciendo preguntas detalladas sobre la capacitación de las tropas afganas y expresando su opinión sobre los planes militares.

Estaba decidida a no dejar ningún cabo suelto, y su determinación tal vez estuvo motivada por una profunda inseguridad sobre el lugar que ocuparía en la que sería la administración de la era moderna más centrada en la Casa Blanca. La mañana del 8 de junio de 2009, envió un correo electrónico a dos asistentes para decirles: “He escuchado en la radio que esta mañana hay una reunión del Gabinete. ¿La hay? ¿Puedo ir? De no ser así, ¿a quién vamos a mandar?”. El 10 de febrero de 2010, hizo una llamada a la Casa Blanca desde su casa, pero no pudo llegar más allá de la operadora del conmutador, quien no creyó que en realidad fuera Hillary Clinton. Cuando se le solicitó el número de su oficina para corroborar su identidad, dijo que lo desconocía. Al final, Clinton colgó llena de frustración y volvió a llamar a través del Centro de Operaciones del Departamento de Estado: “Como debe hacer una verdadera secretaria de Estado completamente dependiente”, escribió más tarde a un asistente en un tono de burlón de escarmiento. “No se permiten las llamadas por su cuenta”.

El debate de las tropas afganas, un drama de tres meses de egos en duelo, en el que hubo filtraciones de documentos e interminables deliberaciones, se describe comúnmente como una prueba de voluntades entre los comandantes militares del Pentágono y un presidente joven e inexperto, en el que Joe Biden hacía las veces de abogado del diablo de Obama. Aunque esa descripción es precisa, olvida mencionar el lugar que ocupó Clinton: al aliarse con Gates y los generales, ella le dio un contrapeso político a sus propuestas, así como un contrapunto optimista al escepticismo de Biden.

Su función no debe subestimarse: ella no inició el debate ni aportó ningún punto de vista diferenciador. Pero su apoyo sin reservas a la recomendación radical del General McChrystal dificultó que Obama eligiera una opción más moderada (posteriormente, Obama destituiría a McChrystal después de que sus asistentes hicieran comentarios despectivos sobre casi todos los miembros de su gabinete de guerra a la revista Rolling Stone; Clinton fue la excepción. “Hillary apoyó a Stan”, dijo al reportero Michael Hastings, uno de los asistentes de McChrystal).

“Hillary se mantuvo firme en su apoyo a lo que Stan pedía”, cuenta Gates. “Ella no dejó duda de que estaba lista para apoyar su solicitud del despliegue de 40.000 tropas. Después dejó claro que no solo estaba dispuesta a aceptar la cifra de 30.000 elementos porque yo la proponía. Ella, de cierta forma, era más radical en cuanto al aumento del número de soldados que yo”. Gates creía que si él podía poner de su lado a Clinton; al presidente del Estado Mayor Conjunto, Mike Mullen; al comandante del Comando Central, David Petraeus; para que, incluyéndolo, conformaran una posición común, sería difícil para Obama negarse. “¿Cómo ignorar a estos cuatro estandartes de la seguridad nacional?”, explica Geoff Morrell, quien era secretario de Prensa del Pentágono en aquella época.

Así como Clinton por un lado se benefició de su alianza con los comandantes militares, por otro, les dio protección política. “Ahí está el detalle oscuro”, dice Tom Nides, su exsubsecretario de Estado para cuestiones administrativas y recursos. “Todos sabían que la querían de su lado. Sabían que si entraban a la Sala de Situaciones y ella estaba de su lado, había una gran diferencia en la dinámica. Con sus palabras, ella podía cambiar la dinámica en la sala”.

David Axelrod recuerda una ocasión en la que Clinton “empezó la reunión y en resumidas cuentas articuló su opinión; estoy seguro de que es una ocasión que recuerdan. No había duda de que ella quería darles todas las tropas que McChrystal estaba solicitando”. A pesar de ello, Clinton no siempre tenía la última palabra en cada debate. Después de acordar el envío de las tropas, Obama añadió una condición propia: que los soldados fueran desplegados tan rápido como fuera posible y retirados de igual forma, a partir del verano de 2011, una fecha límite que tenía posibilidades de ser más factible a largo plazo que una diferencia de 10.000 tropas. Clinton se opuso a hacer pública una fecha límite para la retirada, con el argumento de que aquello le revelaría los planes de Estados Unidos a los talibanes y los alentaría a esperar la salida de Estados Unidos, que, de hecho, fue exactamente lo que ocurrió.

En los últimos días del debate, Clinton también estuvo en desacuerdo con su propio embajador en Kabul, Karl Eikenberry. Las opiniones del embajador también diferían de las suyas en lo que respecta a la decisión de enviar más tropas, y lo puso por escrito. El 6 de noviembre de 2009, en un largo telegrama dirigido a Clinton (que después llegaría a manos de The New York Times) explicó de manera mordaz y convincente por qué la propuesta de McChrystal, que ella había respaldado dos semanas antes en una reunión con Obama, le endosaría a Estados Unidos “costos elevados con creces y una participación indefinida y a gran escala en Afganistán”.

La mayor parte del análisis de Eikenberry resultó profético, en especial, sus advertencias sobre la maltrecha asociación de Estados Unidos con el presidente afgano, Hamid Karzai. También incluía una estocada adicional porque él era un general de tres estrellas retirado del Ejército que fue comandante en Afganistán de 2005 a 2007. Clinton, que no había solicitado ningún comunicado, estaba furiosa, temía que pudiera acalorar el debate en el que ella y el Pentágono iban a salir vencedores.

Lo que el cable dejó claro fue a qué grado el debate sobre Afganistán estaba dominado por consideraciones militares. Aunque Clinton sí hizo énfasis en la necesidad de negociar con Pakistán, el vecino de Afganistán, su apoyo reflejo hacia Gates, Petraeus y McChrystal significaba que no era partidaria de las alternativas diplomáticas. “Ella contribuyó a la sobremilitarización del análisis del problema”, dice Sarah Chayes, quien fue asesora de McChrystal y, posteriormente, del presidente del Estado Mayor Conjunto, Mike Mullen.

En octubre de 2015, la violencia constante en Afganistán y el legado del mal gobierno de Karzai obligaron a Obama a revertir su plan de retirar a los últimos soldados estadounidenses al final de su mandato. Unos millares de soldados se quedarían ahí por tiempo indefinido. Y en lo que respecta a la sugerencia de Clinton de aumentar la presencia de civiles, nunca se materializó.

Para Clinton, el episodio de Afganistán expuso la relación polémica entre ella y Eikenberry, uno de los pocos generales con los que ella no había hecho mancuerna. Eikenberry, un académico militar que se había graduado de Harvard y Stanford, era brillante, pero tenía la reputación de ser arrogante entre sus colegas. Clinton tenía una relación igualmente distante con Douglas Lute, otro teniente general del Ejército con un título de Harvard, quien también peleó con Holbrooke. “A ella le caen bien los impacientes: McChrystal, Petraeus, Keane”, comentó uno de sus asistentes. “Los que son verdaderos hombres militares, no estos generales de tres estrellas retirados que aceptan trabajos civiles”.

“No cabe duda de que el estilo más beligerante de la política exterior de Estados Unidos que ostenta Hillary Clinton está más a tono con el 2016 de lo que estaba en 2008”, dijo Jake Sullivan, su asesor principal en materia de políticas en el Departamento de Estado, quien desempeña el mismo cargo en su campaña.

Corría el mes de diciembre de 2015, 53 días antes de los caucus de Iowa, y Sullivan estaba en una reunión conmigo en la sede de campaña de Clinton en Brooklyn para explicarme qué forma le estaba dando ella a su mensaje en pro de una campaña dominada repentinamente por la seguridad nacional. La estrategia de Clinton, según me contó, tenía dos intenciones: explicar a los electores que ella tenía un plan claro para enfrentar la amenaza que representaba el terrorismo islámico y dejar expuestos a sus oponentes republicanos que carecían por completo de experiencia o credibilidad en lo que respecta a seguridad nacional.

Había buenas razones para que Clinton diera rienda suelta a su mano dura. Después de los ataques en París y San Bernardino, California, se había elevado la angustia de los estadounidenses de que hubiera un ataque importante a la nación. Una encuesta de CNN/ORC que se hizo después de lo que ocurrió en París demostró que la mayoría, el 53 por ciento, estaba a favor de enviar tropas terrestres a Irak o Siria, un cambio significativo en el sentimiento de cansancio hacia la guerra que había prevalecido durante la mayor parte de la presidencia de Obama. Los candidatos republicanos hacían uso de metáforas apocalípticas para demostrar su determinación. Ted Cruz amenazó con hacer un bombardeo indiscriminado en las posiciones del Estado Islámico para comprobar si la arena del desierto podía arder; Donald Trump abogó porque se prohibiera el ingreso a Estados Unidos de todos los musulmanes “hasta que podamos determinar y entender su problema, y la peligrosa amenaza que representa”.

Sin embargo, esos arrebatos a favor de las acciones militares ante la opinión pública tienden a ser transitorios. Tres semanas después, la misma encuesta mostró un empate, de 49 por ciento, en cuanto al despliegue de tropas. Ni Trump ni Cruz comulgan con el envío de más soldados estadounidenses a Irak y Siria (ni tampoco Clinton, si hay que decirlo). En tal caso, ambos muestran un mayor escepticismo que Clinton acerca de la intervención y se muestran mucho más circunspectos que ella en lo que respecta a mantener los compromisos militares posteriores a la Segunda Guerra Mundial de la nación. Trump proclama en voz alta su oposición a la guerra de Irak. Quiere que Estados Unidos gaste menos en respaldar a la ONU y ha hablado sobre retirar la cobertura de seguridad hacia Asia por parte de Estados Unidos, incluso si eso significa que Japón y Corea del Sur adquirirían armas nucleares para defenderse. Cruz, a diferencia de Clinton, se opuso a ayudar a los rebeldes sirios en 2014. Alguna vez estuvo a favor de las restricciones presupuestarias al Pentágono que proponía su colega aislacionista, el senador Rand Paul de Kentucky. Por consiguiente, tal vez la elección general presente a los votantes una elección desconocida: una demócrata de línea dura o un republicano renuente a pelear.

Para frustrar la rebelión, cada vez mayor, del Senador Bernie Sanders de Vermont, Clinton niveló con cuidado su mensaje durante las primarias del Partido Demócrata para alinearse estrechamente con Barack Obama y su coalición basada en la diversidad racial. Pero a medida que se acerca la elección general, el acto de equilibrio con Obama será más difícil. “Habrá un enorme interés de la prensa para adelantarse a los resultados”, dice Sullivan. “Y puede convertirse fácilmente en un deporte que la distraiga de su capacidad para presentar sus argumentos a favor”.

Al mostrar sus verdaderas intenciones como futura comandante en jefe, Clinton no dudará en recurrir sin miramientos a su experiencia en el Departamento de Estado, tamizando las lecciones que aprendió en Libia, Siria e Irak en la enérgica forma de ver la vida que ha tenido desde la niñez. El otoño pasado, en una serie de discursos sobre política, Clinton comenzó a distanciarse del presidente en materia de seguridad nacional. Dijo que Estados Unidos debería considerar el envío de más tropas de operaciones especiales a Irak de las que Obama se había comprometido a enviar, para ayudar a los iraquíes y kurdos a pelear contra el Estado Islámico. Ella se había declarado a favor de una zona de exclusión aérea parcial en Siria. Y describió la amenaza que representaba el EI para los estadounidenses en términos más crudos que el jefe de Estado. Como suele suceder entre Clinton y Obama, las diferencias fueron más de rumbo que de grado. Ella abogaba de igual modo por el envío de tropas terrestres en el Medio Oriente. Clinton insistía en que su plan no constituía una desviación del plan de Obama, sino que simplemente era una “intensificación y aceleración” del mismo.

La pregunta sobre cómo concuerdan los instintos radicales de Clinton con el ánimo del país está en el aire. Los estadounidenses están hartos de la guerra y siguen mostrándose recelosos ante conflictos internacionales. Y, sin embargo, después del repliegue de los años de Obama, las encuestas muestran evidencias de que están igualmente insatisfechos con que su país proyecte la imagen de una fuerza desgastada, que controla su caída en un mundo de potencias ascendentes como China, imperios que resurgen como la Rusia de Vladimir Putin y nuevos actores letales, como el Estado Islámico. Si la visión minimalista de Obama era una reacción necesaria al estilo maximalista de su predecesor, entonces tal vez lo que los estadounidenses anhelan sea una postura intermedia: el tipo de pragmatismo con cobertura de acero que Clinton ha estado perfeccionando toda la vida.

“El presidente ha tomado algunas decisiones difíciles”, dice Leon Panetta, que fue secretario de Defensa de Obama después de Bob Gates y director de la CIA antes de David Petraeus. “Pero su historial no ha sido consistente, y lo que nos preocupa es que el presidente defina cuál es el papel de Estados Unidos en el mundo en el siglo XXI, lo que no ha ocurrido.

“Con suerte, lo hará”, añadió, reconociendo el tiempo que Obama ha dejado. “Sin duda, ella lo haría”.

Este artículo es una adaptación de “Alter Egos: Hillary Clinton, Barack Obama and the Twilight Struggle Over American Power”, que publicó este mes Random House.

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