Mundiales

La llama amarilla prende de nuevo contra Dilma Rousseff

 

Protestas contra el Gobierno de BRASIL

 

Aspecto de la manifestación en Sao Paulo. REUTERS

Alrededor de un millón de personas salieron en las calles en la que pudo ser la mayor marcha de la historia de la democracia

GERMÁN ARANDA – Río de Janeiro
NICOLE LALLEE – Sao Paulo
13/03/2016 21:34

Justo un año después de la primera gran manifestación contra el gobierno de Dilma Rousseff, la llama amarilla prendió ayer de nuevo en las calles de las mayores ciudades, superando a la de 2015. Según la prensa local, las marchas fueron mayores también que las que pidieron elecciones directas en el año 1983, consideradas hasta ahora las mayores de la historia del país. El descontento creció al calor de la reciente denuncia contra el ex presidente Lula.

Hablar de cifras en estas citas en Brasil es atenerse a un baile de números sin explicaciones claras del método para contar a los manifestantes que marcharon en Brasilia y 16 estados más del país. Al menos 2,2 millones de personas, según estimativas de Estado de São Paulo uniendo datos, sometieron a una presión social asfixiante al gobierno de Dilma Rousseff, en caída libre desde que inició su segundo mandato en enero de 2015. São Paulo reunió entre 500.000, los asistentes calculados por Datafolha, y un millón y medio, según la policía. El gobernador opositor Geraldo Alckmin y el ex presidenciable Aécio Neves, ambos del PSDB, fueron abucheados en la mayor ciudad de Sudamérica, muestra de que gran parte de los descontentos no les aceptan como portavoces del cambio que piden.

El gran motor del hartazgo era el 3%, que es el porcentaje de dinero público que pagaban, en concepto de mordida, los directivos de Petrobras y empresarios de grandes constructoras como Odebrecht y OAS al Gobierno Rousseff. Además, la presidenta se enfrenta a ese 3,8% de recesión con que se cerró 2015. Y a su falta de cintura política para conseguir apoyos en un legislativo hostil que la permitan seguir gobernando.

Su mayor aliado (en tamaño, no en cercanía), el PMDB del vicepresidente Temer, anunció el pasado sábado durante su convención que se preparaba para abandonar el Gobierno e incluso prohibió a sus militantes aceptar nuevos cargos en el equipo de Rousseff.

Clamor contra la corrupción

Los gritos de “¡Fuera Dilma!” y “¡Lula, a la cárcel!”, alternados con insultos a ambas figuras y clamores contra la corrupción, predominaron a lo largo y ancho de la Avenida Atlántica de Copacabana, seis carriles de calzada y al menos tres kilómetros de largo abarrotados. El amarillo de las camisetas y el verde de la bandera daban color a un paisaje nublado que horas antes había sido escenario de fuertes lluvias.

Líderes políticos de la oposición se dejaron ver en algunas marchas para capitalizar la indignación de los ciudadanos. Aécio Neves fue uno de los 30.000 (según la policía) que marcharon en Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais, donde fue gobernador. Fue citado también en la operación Lava Jato por varios delatores como presunto receptor de mordidas, pero el Tribunal Supremo desestimó llevar adelante una investigación contra él. Jair Bolsonaro, diputado homófobo y ultraderechista que defiende la vuelta de la dictadura, se dejó ver por la marcha de Brasilia, una de las mayores, con más de 100.000 personas según la policía.

Las ya habituales manifestaciones anti-Dilma de los domingos por la mañana en Copacabana (las hubo en marzo, agosto y diciembre de 2015) tienen una idiosincrasia peculiar. En 1992, los caraspintadas, con mensajes contundentes contra Collor de Melo alternados con los colores de Brasil estampados en sus rostros, ilustraron el movimiento que acabó derrocando al entonces presidente.

En 2013, en las multitudinarias protestas que empezaron pidiendo una rebaja del precio del transporte público (que por cierto ha vuelto a subir este año) y acabaron gritando por los deficientes servicios públicos, los altos costes del Mundial de Fútbol y la violencia policial, fueron los jóvenes del Black-Block. Con sus caras cubiertas por pañuelos oscuros y sus tácticas a veces violentas, encarnaron la imagen del momento, a pesar de que eran minoritarios. Resultaba difícil en las marchas de ayer, sin duda históricas, definir los rostros o la estética del manifestante, más allá de los coloridos símbolos patrióticos asociados a la canarinha.

Manifestación en Sao Paulo. AFP

Tenían una clara influencia de torcidas de fútbol, con mucho cántico encendido y camisetas de la selección, un aroma de carnaval con numerosos disfraces y máscaras, desde el Lula vestido de presidiario hasta el inconfundible Batman de Río, pasando por un sinfín de aderezos verdeamarelos. Pero las manifestaciones eran, sobre todo, un agradable paseo dominical en familia, con predominio de público de la clase media y alta de la ciudad, con más personas en los 50 que en los 20 años de edad.

Rubens Teixeira, ex director financiero y administrativo de Transpetro, filial de transportes de Petrobras, aseguraba a este diario que “Brasil necesita nuevos líderes”, lo cual le lleva a participar en estas marchas. Según denunciaba, la estatal le destituyó siete días después de que recomendara el uso de dinero electrónico en el país para limitar la corrupción e invitara “a un político a poner dinero electrónico en una maleta”.

Ana Paula, pedagoga de 38 años que aportaba su nota de color con una pegatina de un corazón verde y brillante en la frente, aseguraba estar harta “de pagar impuestos para no recibir nada a cambio”. “Tengo unos hijos para criar y estoy cansada de mantener a políticos corruptos”. Ese sentimiento era sin duda el más clamoroso en las filas de la marea amarilla que ayer tomó Brasil.

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