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¿Pensar positivo para salir de la pobreza? Podría funcionar

Lupita Nyong’o, la estrella de “La reina de Katwe”, en una proyección de la película en Londres en 2016. El filme inspiracional fue mostrado a estudiantes en Uganda para medir cómo afectaba su desempeño en exámenes nacionales.CreditJohn Phillips/Getty Images para BFI
 

“Cree en ti mismo y en tu futuro” quizá suene como un mantra de autoayuda insustancial. Pero hay cada vez más evidencias de que puede usarse como una estrategia para combatir la pobreza.

Consideremos tres experimentos en tres continentes enfocados a mejorar la autoestima de la gente pobre.

En Kampala, Uganda, los estudiantes que vieron una película optimista acerca de un prodigio del ajedrez mejoraron sus resultados académicos. En Oaxaca, México, a las clientas de una empresa de microcréditos se les capacitó con éxito para tener mayores aspiraciones para el futuro. Y en Calcuta, India, a las sexoservidoras de los burdeles se les infundió un sentido de empoderamiento que les ayudó a tomar medidas concretas para mejorar sus vidas.

A pesar de que la pobreza puede provocar desesperanza y desencadenar un círculo vicioso, las intervenciones moderadas que infunden una sensación de esperanza algunas veces pueden provocar mejoras notables, según muestran investigaciones recientes.

En Kampala, por ejemplo, un estudio de Emma Riley, estudiante de posgrado de la Universidad de Oxford en el Reino Unido, analizó los efectos que tenía en los estudiantes la película La reina de Katwe, estelarizada por Lupita Nyong’o y David Oyelowo. Esta película de Disney está basada en la vida de Phiona Mutesi, una chica procedente de una población pobre de Kampala, cuyo padre murió de sida cuando ella era joven.

Mutesi se convirtió en campeona de ajedrez y representó a Uganda en competencias internacionales, un logro que rebasaba lo que muchos estudiantes ugandeses habrían esperado para ellos o ni siquiera pensaban que fuera posible.

A fin de alentarlos a tener metas más altas, se les proyectó la película a los estudiantes que se preparaban para sus exámenes a nivel nacional. Cuando hicieron los exámenes, tuvieron un mejor desempeño que el grupo de control que vio una película de fantasía de Hollywood, Miss Peregrine y los niños peculiares, que no mostraba un prototipo adecuado; de manera significativa, más de los que vieron La reina de Katwe obtuvieron puntuaciones lo suficientemente altas para lograr su admisión a la universidad pública.

Resulta notable que una breve exposición a una historia inspiradora transformara algunas vidas de manera cuantificable.

En el experimento de Oaxaca, realizado por dos economistas estadounidenses, se proyectó otra película. En esta ocasión, era un documental que vieron 326 mujeres indígenas calificadas para recibir pequeños préstamos de un banco comunal. Las mujeres de la película también eran clientas de un banco comunal y el documental mostraba la manera en que usaban un préstamo para ampliar sus negocios.

Las 326 mujeres del estudio participaron en un “programa de esperanza” de cuatro semanas en el que planteaban sus propias metas, las analizaban y visualizaban la forma en que saldrían de la pobreza. El programa tuvo éxito en mejorar las perspectivas de las participantes y en elevar sus aspiraciones, aunque no está claro que haya hecho mucho, al menos en el corto plazo, para aumentar sus ingresos.

El experimento de Calcuta, realizado por cinco académicos ubicados en la India y el Reino Unido, ofreció un pequeño curso sobre crecimiento personal a 264 sexoservidoras, que a menudo se sentían estigmatizadas e indefensas. Después de participar, las mujeres tenían considerablemente mayor autoestima y una creencia más fuerte de que podían decidir el curso de sus vidas. Más específicamente, empezaron a ahorrar más dinero y a hacerse revisiones médicas más frecuentes.

Estos éxitos sugieren que incluso los programas tradicionales de combate a la pobreza funcionan en parte porque alientan psicológicamente a la gente. Por ejemplo, un programa diseñado por una organización sin fines de lucro en Bangladés que también se ha usado en la India, Etiopía, Perú y otros países ha otorgado ganado a la gente pobre y, además, la capacita para cuidar de los animales.

Este paquete de ayuda ha aumentado el ingreso de los participantesmás de lo que se hubiera esperado, con base en el valor monetario directo de los animales y la capacitación. Lo que ayuda a explicar el gran resultado es que los participantes empezaron a trabajar más horas.

Aquellos que critican la ayuda de combate a la pobreza han argumentado que se fomenta la pereza, pero en este caso sucedió lo contrario. La ayuda motiva a la gente a trabajar más. El trabajo extra fue en parte un cálculo racional: los bienes productivos como las vacas o las cabras aumentaban la recompensa del trabajo. Pero también es cierto que mejoró la salud mental de los participantes, lo que probablemente hizo que pudieran trabajar más.

Una mejor salud mental es también uno de los sorprendentes beneficios de la ayuda en efectivo que la organización sin fines de lucro GiveDirectly de Estados Unidos ha otorgado a familias pobres en Kenia. Los beneficiarios dijeron que se sentían más felices y cuando recibieron una ayuda lo suficientemente grande, bajaron sus niveles de cortisol —una hormona relacionada con el estrés—. Una mejor salud mental y menores niveles de estrés no solo permitieron trabajar mejor a la gente, sino que también permitieron a los participantes a tomar mejores decisiones, como aprovechar oportunidades de inversión rentables a largo plazo.

Se ha encontrado en otros estudios que la dimensión psicológica ha sido importante en los resultados alcanzados por Compassion International, una organización cristiana sin fines de lucro que administra un programa de patrocinio para niños en países de África, Asia y Latinoamérica. En ese programa, los donantes dan dinero a los niños para cubrir su educación y atención médica. Los niños también asisten a instrucción espiritual después de la escuela e intercambian cartas periódicamente con sus patrocinadores. Se ha descubierto en los estudios que los niños patrocinados completan más años de escolaridad que los demás y que, posteriormente en la vida, obtienen mayores ingresos. Los niños del programa también aspiran a lograr más en la escuela y en su trayectoria profesional, y tienden a tener una perspectiva más alegre sobre la vida.

La esperanza no es una panacea. No podemos estar seguros de que estos ejemplos expliquen los beneficios en el ingreso o la escolaridad de la gente. Además, no es probable que infundir esperanza sin habilidades ni recursos financieros sea suficiente para sacar a la gente de la pobreza.

El optimismo ayudó a la gente que Compassion International apoyó para que le fuera bien en la escuela, pero también tuvo importancia el dinero de los donantes con el que se pagaron las cuotas escolares. El “programa de esperanza” de Oaxaca aumentó las esperanzas de las participantes, pero quizá no esté eliminando su pobreza.

Además, aunque las aspiraciones moderadamente altas pueden ofrecer una motivación fundamental, las aspiraciones irrealmente altas pueden ser tan desalentadoras que incluso lleguen a ser perjudiciales. No alcanzar las metas de manera repetida puede mermar la motivación.

Sin embargo, es una buena noticia que los programas para mitigar la pobreza puedan ampliar el bienestar que ofrecen con tan solo hacer que una mejor vida parezca –y realmente esté— al alcance de la mano.

 

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