Opinión

REALIDAD ENERGETICA DEL HEMISFERIO

REALIDAD ENERGETICA DEL HEMISFERIO

 Dante Diloné

Por: Ing. Carlos Manuel Diloné

 

                                                                                                                                                                                           

Dos aspectos básicos del destino de la humanidad están ligados estrechamente al futuro de la energía eléctrica: la continuidad del desarrollo y la estabilidad ecológica del planeta. Los países desarrollados no desean, con toda seguridad, ver reducidos sus niveles de vida; pero para países como los de Latinoamérica, con sus necesidades de industrialización y su elevada tasa de incremento de la población, la continuidad del desarrollo no es un deseo sino más bien un imperativo. Y, fundamentalmente, uno de los prerrequisitos básicos para lograrlo es contar con potencia y energía eléctrica suficiente, tecnológica y económicamente viable. La energía ha sido llamada, con toda razón, “el oxígeno de la vida económica”.

 

Se conocen las consecuencias que el crecimiento económico sostenido, basado en el uso de energía, puede tener sobre el sistema ecológico en que vivimos. No aspiramos a un ambiente bien conservado para que dé cabida al cordón de miseria de grandes grupos humanos. Pero sería absurdo buscar mejores condiciones de vida con medidas que contribuyan a destruir el medio ambiente.

 

La crisis de abastecimiento de energía eléctrica no es algo sólo para el presente; seguirá con nosotros durante el futuro inmediato. Es un problema extraordinario y complejo y sus dimensiones son realmente planetarias. En consecuencia, son pocos los temas que como éste involucran la responsabilidad conjunta de los estados.

 

La futura dificultad de los problemas de energía confirma lo que ya sabemos gracias a otras lecciones de la historia: “la humanidad ha sobrevivido más gracias a su ingenio que  a su capacidad de previsión. La crisis han sido más frecuentemente superadas que previstas”.    

 

La parte más avanzada del mundo occidental se lanzó, desde la época de la Revolución Industrial en adelante, hacia un desarrollo basado en la supuesta certidumbre de un progreso indefinido sin obstáculos. Nadie se detuvo a pensar en que ciertos recursos básicos eran no renovables, en las modificaciones limitadas que puede sufrir el sistema ecológico, en las consecuencias para las generaciones futuras. Es lamentable que la voz de alarma respecto a estas limitaciones esté llegando cuando las regiones menos favorecidas están empezando a participar en el progreso al que hasta ahora no habían tenido acceso.

 

No obstante, aun cuando pueda considerarse históricamente injusto, no puede negarse que en esta etapa existe una responsabilidad internacional común con respecto a las consecuencias de la forma de vida moderna. Desde que se divulgó el conocimiento de estos problemas con el debate de los llamados “límites de crecimiento”, se han efectuado varios análisis globales, con pronósticos muy deprimentes respecto al futuro del mundo desde ahora hasta las primeras décadas del siglo XXI. Con respecto a la energía eléctrica, hay un acuerdo general de que estamos afrontando un difícil período de transición, que puede durar unos 40 años, en el que deben crearse o acrecentarse nuevas formas de energía para reemplazar al petróleo.

 

Por lo tanto, la situación actual es de un equilibrio precario. No hace falta repetir sus componentes con mucho detalle: mayor costo de la principal fuente de energía, alza del costo de los productos manufacturados, inflación a escala mundial, adeudos cuantiosos de los países en vía de desarrollo. Estos últimos, cuando no se trata de países exportadores de petróleo, reciben simultáneamente todos los efectos negativos de la situación.

 

De esto surge la necesidad de una estrategia mundial, un tipo de acuerdo mundial para evitar una posible adversidad a corto plazo, mientras se alcanza un futuro energético más diversificado y seguro.

 

Se ha dicho con toda razón que la verdadera crisis de energía se producirá no tanto por razones físicas y tecnológicas sino debido a la falta de previsión. Nuestro objetivo deberá ser cómo adquirir esa capacidad de previsión y luego utilizarla para mejorar más justamente la distribución económica.

 

A pesar de ciertas variaciones sobre el tema, como tener menores reservas de carbón mineral (hulla) pero un potencial hidroeléctrico mayor que el de otras regiones, la situación energética de Latinoamérica refleja las mismas incertidumbres mundiales y la misma necesidad de innovación y planificación cuidadosa en la presente etapa de transición así como en el futuro a mediano y largo plazo. Pero también tiene características propias.

 

La transición hacia el primer tercio del siglo XXI, para cuando se espera que la disponibilidad del petróleo esté entrando en su etapa crítica y que las formas alternativas de energía pasaran a ocupar el primer lugar, será especialmente difícil para los países de América Latina. Esto se debe principalmente a una mayor dependencia del petróleo que el mundo en general, dependencia que en algunos países latinoamericanos llega al 90% del consumo total de energía.

 

Además, al contrario de la situación en las regiones más desarrolladas del mundo, en la nuestra los requerimientos de energía eléctrica se harán cada vez más intensivos, conforme tratamos de aumentar el número de empleos y de proporcionar condiciones de vida adecuada, así como incrementar la producción  agrícola y fomentar la industria al ritmo requerido.

 

Si Latinoamérica fuera una sola unidad política, la suma de sus recursos energéticos la harían autosuficiente. Pero esos recursos no están distribuidos por igual. Y para beneficiarse de ellos,  juntos, es necesario construir puentes de acuerdo político a través de fronteras soberanas.

 

El problema energético tiene muchas facetas: tecnológica, económica, ecológica e incluso cultural puesto que influye en los estilos de vida en una u otra forma. Pero es fundamentalmente político. Sólo las grandes decisiones políticas convertirán la solidaridad hemisférica en una realidad firme que hará posible los arreglos y la cooperación necesarios.

 

La voluntad política debe aprovechar, a un nivel multilateral, todos los medios disponibles: los foros mundiales de negociación, los mecanismos intralatinoamericanos, los acuerdos de libre comercio, etc. Los países Latinoamericanos han desempeñado un papel importante en la filosofía que ha dado origen a la agenda del nuevo orden económico internacional, y deberían proseguir en esa acción, existe un enorme campo de acción posible en el marco de la cooperación latinoamericana. Con el respeto a la soberanía sobre los recursos, la solidaridad y una sensata unificación de intereses, podría dar resultados extraordinarios.

 

Se tiene, desde hace más de 15 años, el ejemplo de México y Venezuela en su decisión de ayudar a los países de Centroamérica y el Caribe en el área de la energía eléctrica. Existen también ejemplos en el Cono Sur de proyectos hidroeléctricos de gran magnitud compartidos por países con fronteras comunes. Los ensayos sub-regionales de energía deben seguir intensificándose aún más. Queda mucho por hacer en el establecimiento de directrices coordinadas en el ámbito de Latinoamérica sobre la planificación de recursos de energía, conservación y uso más racional de la misma, mayor vinculación de la investigación científica y tecnológica con la viabilidad económica de sus resultados, adiestramiento de la mano de obra necesaria para las innovaciones previstas, y finalmente, adaptación de los modelos de desarrollo existentes a las nuevas realidades energéticas.

 

Más allá de los desacuerdos ideológicos y las disputas del poder político, el gran problema del mundo, actualmente, es el del crecimiento económico con equidad y justicia, de un orden internacional destinado a garantizar el desarrollo sostenido dentro de un clima de paz. La comunidad interamericana estaría dispuesta a resolver ese problema dentro de su propia esfera, y ser un modelo para el mundo, si se sentaran las bases de una gran política para el desarrollo del hemisferio.

 

Todo parece indicar que el ingenio humano, que ha progresado tanto en el conocimiento de la naturaleza y en la aplicación de dicho conocimiento, será capaz de hallar una solución permanente al problema que están provocando actualmente las fuentes de energía. Con eso, corregirá la miopía anterior de un avance tecnológico que no tomaba en cuenta el frágil futuro de su base energética. Pero primero es necesario construir un puente entre la situación actual y los logros que se esperan.

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