Historia

Sobre la historia de la caña de azúcar, la esclavitud y la pobreza del trabajador agrícola latinoamericano

Pitt

 La historia de la caña de azúcar es tan antigua que las versiones sobre sus orígenes son múltiples y difíciles de confirmar. Una de ellas, quizás la más poética, se remonta a más de 500 años antes de Cristo, en la isla de Nueva Guinea, en el sudeste asiático. Una leyenda local cuenta que un día, accidentalmente, dos pescadores encontraron un pedazo de caña atrapado entre sus redes. Al principio, los pescadores se deshicieron de él; sin embargo, al día siguiente un nuevo trozo de caña fue encontrado, y aunque nuevamente los pescadores lo ignoraron, éste seguía apareciendo, persistentemente, un día tras otro atrapado entre sus redes. Al fin, uno de ellos decidió plantar el pedazo de caña en tierra firme, y de allí nació una mujer, quien se convirtió en la esposa de aquél pescador, y de esa unión se originó la humanidad entera (Parker, 2010).

Lo cierto es que se sabe que la caña de azúcar se expandió desde Asia, primero desde India y luego desde Persia hacia Europa, en buena medida gracias a las conquistas árabes y la expansión del Islam sobre gran parte del territorio europeo. En particular, las costas del mediterráneo se convirtieron en terreno ideal para el cultivo de la caña de azúcar. Chipre y Sicilia se convirtieron en los mayores productores y abastecedores de azúcar de toda Europa. Un pequeño grupo de familias Catalanes y Genovesas se convirtieron a su vez en las grandes financiadoras de los proyectos azucareros del mediterráneo, adquiriendo mayor fortuna conforme sus productos se convertían en los preferidos del mercado europeo. Dos factores habían sido identificados como las claves del éxito del negocio de la caña de azúcar de aquella época: había que contar con grandes extensiones de tierra fértil; y se debía disponer de mano de obra esclava que pudiera hacerle frente a las duras tareas del cañaveral (Galloway, 1989; Schwartz, 1985).

Poco después, fueron los Españoles y Portugueses quienes a través de sus expediciones y conquistas de nuevos territorios llevaron la caña de azúcar a otras latitudes, empezando por las islas africanas de Madeira, São Tomé y las Canarias (Mintz, 1999). Hasta ese momento, la mano de obra esclava usada en las plantaciones de caña de azúcar había sido conformada principalmente por esclavos Sirios y de otras partes del norte de África; pero fue precisamente en estas islas donde se propagó un mayor uso de esclavos provenientes del África sub-sahariana, específicamente de Benin, Angola y Senegambia, además de los nativos Guanches esclavizados en las Islas Canarias. Asimismo, fue en estas islas donde una particular estructura económica alrededor de la producción de caña de azúcar se fue estableciendo poco a poco, aumentando la cantidad de pequeños productores que proveían de materia prima a los ingenios, los cuales eran controlados por unas pocas familias. La constante fue el uso de mano de obra esclava, que en el caso de São Tomé representaba el 65% de los habitantes de la isla. Fue precisamente en São Tomé donde se registró por primera vez un intento – fallido – de revolución de esclavos de la caña de azúcar. De hecho, esta pequeña isla se convertiría más tarde en un punto estratégico del comercio de esclavos entre Europa, África y América, en el llamado “triángulo de la esclavitud” (Schwartz, 1985; Ryder, 1969; Parker, 2011).

La tierra fértil de América. La producción de caña de azúcar en las islas Africanas colonizadas por los Portugueses y Españoles eventualmente declinó. La erosión de los suelos, el peligro de mayores revoluciones, o la mayor productividad de ingenios en otras latitudes, entre otros factores, motivaron un paulatino cambio en el aparato productivo de estas islas y que tuvo como resultado que la caña de azúcar fuese reemplazada por otros productos como el vino. Sin embargo, el modelo que se había germinado en esas islas sirvió como base para las nuevas economías de las colonias Españolas y Portuguesas del nuevo mundo. De hecho, fue el mismo Cristóbal Colón quien en 1493, durante su segundo viaje a América, llevó caña de azúcar de las islas canarias a las tierras fértiles del Caribe. En La Española (actual Haití y República Dominicana), Colón visualizó un gran negocio azucarero al ver lo rápido y lo mucho que la caña crecía en aquellas tierras. En efecto, Colón no era nada nuevo en el negocio de la caña de azúcar; existe evidencia que indica que él ya había comercializado caña de azúcar entre Madeira y Génova, y que también la familia de su primera esposa había hecho fortuna gracias a este negocio (Raketin, 1954; Morison, 1991).

Sin embargo, fueron los Portugueses quienes realmente vieron el potencial económico de las plantaciones de caña de azúcar en sus colonias del Nuevo Mundo. La costa de Brasil fue dividida en quince parcelas, las cuales fueron asignadas a unos pocos nobles Portugueses (fidalgos). A cambio, el rey Dom João III les pidió maximizar el desarrollo económico de estas tierras. Fue entonces cuando el modelo usado en Madeira y São Tomé sirvió de base para la nueva economía del Brasil, generando a la vez un aumento exponencial en el comercio de esclavos Africanos hacia América. Pronto empezaron a aparecer los nuevos barones de la caña de azúcar del Brasil, quienes controlaban los ingenios principalmente en Pernambuco y Bahía a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII (Schwartz, 1985). Gracias a la caña de azúcar, Brasil se convirtió momentáneamente en la colonia Europea más rica del nuevo mundo, y las familias que controlaban el negocio de la caña de azúcar eran famosas por su opulencia y por tener ejércitos de esclavos africanos a su disposición (Parker, 2011).

Autores como Higman (2000) argumentan que existe un preocupante consenso en relación a que el uso de esclavos en las plantaciones de América respondió principalmente a una cuestión de “lógica de mercados”. Es decir, la conveniencia de usar mano de obra esclava obligada a soportar las desdichas del trabajo en las plantaciones de caña azúcar – o de manera similar en otras plantaciones, como las de algodón o cacao – a tan bajo costo pudo más que cualquier otro criterio o principio existente en aquella época. De hecho, esta institucionalización de la esclavitud como parte del modelo económico entre los siglos XV y XVIII superó incluso los principios religiosos dominantes de la época. Diversos argumentos sobre la naturaleza de los esclavos africanos – como el considerarlos herederos de maldiciones bíblicas, o asumir

que eran una especie inferior y sin alma – ayudaron a racionalizar y justificar el sometimiento y la barbarie liderada por los hacendados en el Nuevo Mundo, obedeciendo únicamente a la dinámica de los mercados, en donde los productos de América que se exportaban a Europa generaban grandes riquezas tanto para los colonos como para las coronas europeas (Sheridian, 2000).

Fin de la esclavitud, en teoría. Sin embargo, para finales del siglo XVIII, una serie de ideas habían revolucionado el ambiente cultural y social de Europa. La era de la ilustración había cuestionado la esclavitud como un método económico válido, y a principios del siglo XIX la esclavitud empezó a ser abolida en las colonias europeas de América. Fue entonces cuando terminó un capítulo nefasto de la historia de la humanidad, pero comenzó otro que continúa hasta la actualidad.

Los esclavos no eran más esclavos, sin embargo seguían siendo pobres. En su mayoría siguieron trabajando para sus antiguos amos, quienes ahora se convirtieron en sus patronos. En la transición, los esclavos fueron categorizados como agricultores o sirvientes domésticos (Green, 1976). Ante la baja en la productividad, muchos hacendados del Nuevo Mundo optaron también por importar trabajadores de lugares tan lejanos como China e India, quienes eventualmente se asentaron como nuevos residentes de los distintos países de América, particularmente en islas caribeñas como Cuba o Barbados (Harrison, 2001; Yun and Laremont, 2001).

Ante este nuevo escenario post-abolición, los hacendados tomaron previsiones para conservar su poder económico. Se aseguraron de establecer una serie de restricciones para aquellos que quisieran adquirir grandes parcelas de tierra productiva. Lo anterior dejó a los nuevos hombres y mujeres “libres” de los países de Latinoamérica y el Caribe con dos opciones: trabajar para los dueños de las grandes plantaciones o competir siendo un pequeño agricultor, con evidente desventaja a la hora de comercializar sus productos (Harrison, 2001). Este panorama no parece haber cambiado mucho a lo largo de los años. Hoy en día, los pequeños agricultores latinoamericanos parecen seguir estando en desventaja ante los grandes monopolios de algunas compañías – dominadas por unas pocas familias – que controlan la producción y la comercialización de los cultivos en los distintos países de Latinoamérica y el Caribe (Wesseling et al., 2011). Para ellos, sólo ha habido una transición de la esclavitud hacia un nuevo modelo igualmente opresor, en donde se siguen violando los derechos humanos y la desigualdad de condiciones continúa siendo la norma, y en donde el trabajador agrícola pareciera estar destinado a ser por siempre pobre.

 

Galloway, J.H. (1989) The Sugar Cane Industry. An historical geography from its origins to 1914. Cambridge: Cambridge University Press.

Green, W. (1976) British Slave Emancipation. The Sugar Colonies and the Great Experiment, 1830-1865. Oxford: Oxford University Press.

Harrison, M. (2001) King Sugar. Jamaica, the Caribbean, and the world sugar economy. London: Latin America Bureau.

Higman, B. (2000) ‘The Sugar Revolution’. Economic History Review, 53 (2) pp. 213- 236.

Mintz, S. (1999) ‘Sweet Polychrest’. Social Research. 66 (1) pp. 85-101
Morison, S. (1991) Admiral of the Ocean Sea. A life of Christopher Columbus. Boston:

Little, Brown and Company.
Parker, M. (2011) The Sugar Barons. Family, Corruption, Empire, and War in the West

Indies. New York: Walker & Co.
Ratekin, M. (1954) ‘The Early Sugar History in Española’. Hispanic American

Historical Review, 34 (1) pp. 1-19.
Ryder, A. (1969) Benin and the Europeans. 1485-1897. London: Humanities Press.

Schwartz, S. (1985) Sugar Plantations in the Formation of Brazilian Society. Bahia, 1550-1835. Cambridge: Cambridge University Press.

Sheridan, R. (2000) Sugar and Slavery: An Economic History of the British West Indies, 1963-1775. Kingston: Canoe Press (first published in 1974)

Wesseling, C., Crowe, J., Peraza, S., Partanen, T., Aragón, A. (2011) ‘Trabajadores de la Caña de Azúcar’. In: Una mirada a las condiciones de trabajo de algunos colectivos especialmente vulnerables. Madrid: Organización Iberoamericana de Seguridad Social (OISS). pp. 87-99.

Yun, L. and Laremont, R. (2001) ‘Chinese Coolies and African Slaves in Cuba, 1847- 74’ Journal of Asian American Studies, 4 (2) pp. 99-122

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