Mundiales

Un nuevo capítulo en la relación de Estados Unidos y América Latina

Por EL COMITÉ EDITORIAL

Dandy/John J. Custer
En 2004, el Presidente venezolano Hugo Chávez y el líder cubano, Fidel Castro, lanzaron la Alternativa Bolivariana para las Américas, una alianza regional de líderes de izquierda diseñada para subvertir el acuerdo de libre comercio hemisférico que Estados Unidos había buscado durante más de una década.

En los años que siguieron, la esperanza de Washington de lograr un acuerdo con 34 países se desvaneció y su influencia en la región disminuyó a medida que los votantes de la región depositaron su confianza en políticos populistas que prometieron compartir la bonanza generada por el alza de precios de las materias primas y desbancar a las élites políticas enconadas en el poder. Las exportaciones de la región a China crecieron más de un 25 por ciento entre 2000 y 2013 y permitieron a Brasil, Argentina, Venezuela y Bolivia financiar generosos programas sociales que sacaron a millones de personas de la pobreza.

Pero la muralla de gobiernos de izquierda de América Latina amenaza con resquebrajarse debido a casos de corrupción generalizada, el desaceleramiento de la economía china y malas decisiones de política económica. En general, estos líderes no lograron crear economías diversificadas capaces de soportar los ciclos económicos, con sus altos y sus bajos. Los sistema de bienestar social y pensiones que conquistaron la lealtad de los votantes no han resultado sostenibles. Los líderes de Venezuela, Ecuador, Bolivia, incumplieron ciertas tradiciones democráticas al expandir sus mandatos o eliminar los límites de estos y crearon redes de clientelismo para cooptar a algunas instituciones públicas independientes.

La región vive su segundo año consecutivo de contracción económica. Y mientras las tesorerías han quedado vacías, los votantes en Argentina, Bolivia y Venezuela han repudiado a los líderes populistas en las urnas. Los legisladores brasileños le quitaron la inmunidad a la Presidenta Dilma Rousseff para juzgarla por movimientos financieros poco claros. En Venezuela, el sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, lucha por su supervivencia. Y el año pasado en Ecuador el Presidente Rafael Correa, de izquierda, decidió no buscar un cuarto mandato en medio de una creciente crisis económica. Cuba, por su parte, trata de crear una relación constructiva con Estados Unidos.

Este nuevo entorno político ha abierto la puerta a una nueva generación de líderes que buscan un rumbo nuevo para América Latina. Eso le ofrece a Estados Unidos la posibilidad de comenzar de nuevo su relación con sus vecinos, en especial con algunos que a lo largo de la historia han acusado a Washington de imperialista o negligente, o ambos.

Por ejemplo, los nuevos gobiernos en Argentina y Brasil podrían ser más receptivos a aumentar su cooperación con Estados Unidos, mucho más de lo que lo han sido desde el inicio de siglo. Aunque Washington ya no tiene ansías de firmar nuevos acuerdos comerciales –una especie de pararrayos en la carrera presidencial de 2016– sería tonto no aprovechar la oportunidad.

Estados Unidos puede ayudar a sus vecinos a ser más competitivos y estables al promover la inversión en tecnología, la innovación y la educación de calidad. Y puede mostrar el nuevo escenario de seguridad en Colombia, una de las economías que más crece en la región, como evidencia del potencial que tienen las alianzas a mediano y largo plazo en el ámbito de seguridad. Washington puede hacer más para que Centroamérica y el Caribe encuentren fuentes de energía más sostenibles, en especial cuando ya no pueden contar con el petróleo subsidiado por Venezuela. Y también pueden apoyar las iniciativas anticorrupción por las que claman ciudadanos de todo el continente.

Aún así, el futuro de América Latina no puede depender de Estados Unidos. A fin de cuentas, para construir un futuro más prometedor la región necesita líderes que puedan rendir cuentas ante sus ciudadanos, que estén dispuestos a invertir en prosperidad a largo plazo y no en su propias carreras políticas y que estén dispuestos a reconocer los errores colosales de sus antecesores.

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