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Una guía optimista para el divorcio

 
CreditBrian Rea

 

Beka me contó sus planes de cuidado personal para el día de su audiencia final de divorcio mientras nos hacían la pedicura. Sus dos hijas se sentaron entre nosotras en sillas de pedicura para niños y se pusieron a charlar sin prestar atención a nuestra conversación.

“Programé una limpieza facial, un masaje y muchas bebidas a partir de las dos de la tarde”, dijo. “Lo necesitaré. Conocemos a la mitad de los abogados de la ciudad, y apuesto a que nos encontraremos con alguien en la corte. Cuidado si es alguno uno de los bocones”.

Ambas nos reímos y le dimos un trago a nuestro vino.

Beka es la esposa de mi novio, y las niñas son las hijas de ambos. Conocí a su esposo, Josh, el verano anterior, el Día de las Madres, que coincidió con el aniversari 12 de su boda. Beka le había dicho que saliera un rato de la casa para poder organizar una sesión de té entre madre e hijas, y él estaba en el asiento de al lado en el bar de nuestro barrio.

Él dice que fue amor a primera vista; yo pensé que solo era otro sensual hombre casado, es decir, estrictamente prohibido.

A lo largo de los dos meses siguientes, mientras yo entraba y salía de relaciones turbulentas, él seguía apareciendo. Ocasionalmente nos saludábamos a lo lejos en una cafetería o intercambiábamos algunas palabras en la calle. Un día se sentó a mi lado en otro bar, donde nos unimos a la conversación de la hora feliz acerca de política y sexo.

Cuando se fue para recoger a sus niñas, no me sorprendió que me dijera: “¿Nos podemos ver de nuevo?”.

Pensé: “Tan solo es otro hombre repugnante que intenta pasarla bien sin que su esposa lo sepa”. Pero le dije que sí lo vería de nuevo, principalmente porque era más fácil que explicar por qué no lo haría. Y porque estaba segura de que jamás tendría una aventura con él.

Me equivoqué acerca de Josh. No era un hombre repugnante ni uno infiel. Era un hombre que amaba a sus niñas más que a nada. Josh y Beka eran una pareja poderosa —adinerados, atractivos, muy educados y generosos—, la columna vertebral de la respetabilidad de la clase media alta que se estaba formando en mi vecindario bohemio.

Se habían casado en sus veintitantos porque se llevaban bien, tenían mucho en común (ambos son abogados) y era el momento propicio; muchos de sus amigos también unían sus vidas. Después de doce años, su matrimonio parecía ser compatible y adecuado. Pero era una unión práctica más que de pasión, y Josh se sentía miserable. No se sentía con el derecho de ser miserable, pero lo era.

No entendía por qué Josh estaba dispuesto a acabar con todo lo que tenía para estar con alguien como yo. Yo era una académica de 40 años que intentaba salir adelante después de un divorcio complicado y, por voluntad propia, no tenía hijos. Mi devoción por mis estudiantes y mi amor por los perros me servían de remplazo para las relaciones humanas estables y enriquecedoras.

Después de muchos años de esfuerzo, me había enterado recientemente de que tenía trastorno bipolar tipo dos, lo cual implicó que por fin me dieran el medicamento correcto. Pero luchaba contra la vergüenza mientras me daba cuenta de que muchas de mis decisiones tremendamente malas se habían visto influenciadas por mi enfermedad mental. Tenía que aprender a confiar en mí y en los demás, y a veces sentía que jamás lo lograría.

Josh dijo que le gustaba simplemente porque sí. “Estoy casado con una mujer hermosa, maravillosa y exitosa”, dijo. “Según todos los cálculos, debería ser feliz. Pero no lo soy, así que he decidido que ya no voy a calcular nada”.

Conforme pasábamos más tiempo juntos, todo en nuestra relación nos resultaba natural. No había una falta de equilibrio en el amor que uno sentía por el otro y compartíamos los mismos valores y el mismo sentido del humor. Resulta que el rechazo de Josh hacia los cálculos —y mi desconfianza en mi capacidad de calcular— nos llevó a la mejor decisión de nuestras vidas: hacer lo necesario para estar juntos. Sin embargo, eso significó infligir dolor en personas que no se lo merecían.

Un domingo caluroso y húmedo de agosto, cuando las niñas de Josh y Beka se estaban quedando con la abuela, él le pidió el divorcio. Al principio ella se rehusó a creer que lo dijera en serio. Después se enojó tanto que empezó a temblar.

Josh, visiblemente molesto, se reunió conmigo después de que ella le dijo que se fuera de la casa. Estaba avergonzado, aliviado y casi físicamente enfermo de dolor.

“Pude manejar su ira”, dijo. “Y estuve de acuerdo con todo lo que dijo. Para mí es impensable desmantelar todo lo que hemos construido. Pero me derrumbé cuando comenzó a llorar. Puso su cabeza en mi pecho mientras lloraba. Jamás me he sentido tan horrible en mi vida”.

Casi un mes después, le contó a Beka sobre mí. Esta vez, su ira no estaba teñida de dolor; estaba furiosa. Sin embargo, después de horas de gritar, comenzó a sentirse mejor de lo que había estado cuando Josh mencionó el divorcio por primera vez.

“Tiene más sentido que el divorcio sea a causa de otra mujer”, dijo él. “Muchos de nuestros amigos están pasando por divorcios a causa de lo mismo. Y te voy a confesar que se sintió mucho mejor cuando le dije que eres mayor que ella por cuatro años. Supuso que tendrías como 25”.

Después Beka nos sorprendió a ambos: a través de Josh, me invitó a cenar.

“¿Qué?”, le dije. “¿En serio? ¿Cómo vamos a hacer eso?”. No veía cómo podríamos cenar juntos sin que todo explotara en una batalla o la conversación se estancara en el silencio. Pero, de nuevo, estaba equivocada.

“Tenía que conocerte”, dijo Beka mientras abría la puerta. “Josh quiere que conozcas a nuestras hijas, pero primero yo necesito saber quién eres”.

Su sonrisa parecía genuina y sus ojos, amables. Era pequeña y hermosa, de algún modo elegante con sus pantalones informales. Aunque yo también soy pequeña, me sentí enorme y desgarbada a su lado.

Josh prácticamente estuvo inmóvil por la ansiedad durante las tres horas de la cena. Mientras Beka y yo nos conocíamos, él no dejó de beber. Pero Beka se aseguró de que me sintiera totalmente cómoda. Nuestra conversación pasó de los asuntos triviales y las historias escandalosas del vecindario al reconocimiento serio de nuestra situación inusual.

Después de darnos un abrazo de buenas noches, pensé: “Esto no durará”. Me preparé para la furia que vendría, pero jamás se materializó. En vez de eso, Beka me presentó a sus adorables niñas y mi vínculo inmediato con ellas hizo que me regocijara en silencio por no haber tenido hijos propios. Era como si hubiera estado guardando mi amor maternal para Rose y Alice, quienes tenían 7 y 3 años.

Un día se me llenaron los ojos de lágrimas cuando, después de un juego estruendoso en el que yo las cargaba de cabeza y les hacía cosquillas, nos acurrucamos en el sillón para ver una película.

“Te amo”, respondió Rose. “Me alegra mucho que seas parte de mi familia”.

Beka era la que más se esforzaba en hacerme parte de la familia. Me invitaba a las fiestas de cumpleaños y aclaraba las aguas socialmente turbias cuando me presentaba a los amigos que estaban indignados en su nombre. Después nos reíamos de los rostros escandalizados que ponían todos cuando me conocían.

Cuando Josh se mudó de su casa para irse a un dúplex, tuvimos cenas familiares y celebramos las festividades juntos para facilitar la transición para las niñas. Mientras los amigos y familiares desaprobaban la situación con desconcierto, forjamos nuestra relación con base en el respeto mutuo, la empatía y un amor sobrecogedor por esas dos hermosas niñas.

Lo único que no sé, y quizá jamás sepa, es si nuestro vínculo es afecto genuino por parte de Beka o el resultado de su voluntad para que esto funcione, para evitar ser presa de la amargura, para rehusarse a ser una víctima.

No me concierne hacer una pregunta como esa y, al final, no importa.

Me sorprende la gracia y la madurez que ha mostrado mientras vive lo que sospecho que es el suceso más traumático de su vida. Incluso le gustó este ensayo y, después de leerlo, me dijo: “Me alegra mucho que lo entiendas. Desearía que más divorcios terminaran así. Es mejor para los niños y los padres”.

En silencio me he lamentado con ella, aunque sospecho que a ella no le gustaría eso. Jamás pronuncia una palabra de enojo o resentimiento con sus hijas, y ellas jamás le han reprochado a mí o a su padre la ruptura inconmensurable que hemos causado en sus vidas. Ella, Josh y yo lo hemos hecho todo para protegerlas del enojo y el daño que son tan comunes en los divorcios.

De vez en cuando, después de agradecerle a Beka por una invitación a un evento familiar o cuando he salido a mitad de la noche a comprar medicina para una de las niñas cuando está enferma, me ha enviado mensajes de texto con palabras de gratitud que he atesorado aunque sienta que no las merezco.

“Las niñas te adoran”, escribió. “Y de verdad las tratas como si fueran tuyas. No puedo decirte lo mucho que eso significa para mí”.

Y yo no puedo expresarle lo mucho que significa esta familia que hemos forjado todos juntos.

 

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