Por: Ing. Carlos Manuel Diloné
Al despuntar el alba, cuando el mundo aún susurra y la ciudad parece contener la respiración, tres amigos caminamos por las sendas del Mirador Sur, fieles a nuestro rito cotidiano. Avanzamos entre la calma del amanecer, envueltos en una conversación que salta del presente a la historia, de lo trascendente a lo trivial, mientras el cuerpo —despierto y agradecido— bombea vida a cada rincón. Los pulmones, como un acordeón ancestral, recogen el aire fresco y lo esparcen donde más se necesita: en los músculos que se tensan, en las ideas que fluyen, en la memoria que se abre.
Y allí, hacia el sur, como un espejo antiguo tendido bajo el cielo, el mar Caribe reposaba en su quietud sempiterna, cargando sobre su lomo de cristal dormido un mundo de misterios, nostalgias y horizontes por venir. Su silencio azul parecía oírlo todo sin decir palabra, cómplice distante de nuestras cavilaciones, como si custodiara en su calma aparente las historias de quienes, como nosotros, han caminado preguntándose por la vida, sin esperar respuestas definitivas.
En medio de ese vaivén entre el aliento y la palabra, alzamos la mirada y lo vimos allí: un almendro imponente, silencioso centinela del parque, erguido como un viejo soldado, con sus botas firmes hundidas en la tierra. Nos miraba, o eso quisimos creer, y siguió mirándonos mientras nuestros pasos se alejaban, llevándonos con ellos hacia el día que comenzaba.

El paso se vuelve más ligero a medida que el cuerpo entra en su propia música. Cada zancada, cada respiro, es un gesto antiguo, casi ritual. El sol comienza a bordear las copas de los árboles, hilando hilos de oro entre las hojas del guayacán y del samán, despertando una sinfonía de sombras móviles en el pavimento. Hay algo sagrado en ese instante: la ciudad aún no ha terminado de abrir los ojos, pero nosotros ya caminamos dentro de su esqueleto, tocando la costura que une lo humano y lo vegetal.
Las palabras entre nosotros no cesan, pero tampoco son urgentes. Hay silencios que no incomodan, que incluso sostienen. A veces hablamos, otras veces simplemente caminamos, y el silencio se convierte en un cuarto amigo que nos acompaña con su propio peso sereno.
A la izquierda, el mar sigue allí, como si nunca se hubiera movido. No ruge, no se inquieta, solo respira. Su superficie, de un azul líquido y profundo, refleja el cielo con tal fidelidad que por momentos parece que caminamos junto a un segundo firmamento. El Caribe duerme, pero no descansa: carga en su piel salobre siglos de navegación, naufragios, corales rotos y esperanzas lanzadas como monedas al horizonte. Lo miramos con respeto, como se mira a un anciano que ha visto demasiado y aun así no se queja.
Y entonces llega uno de esos momentos que no se anuncian, pero que quedan.
Un viento fresco cruza entre nosotros y trae el olor del mar, el murmullo de las hojas, el rumor de una ciudad que empieza a moverse más allá del parque. Nos detenemos un instante, sin quererlo, como si algo nos pidiera escuchar más hondo. Y entendemos, sin palabras, que hemos llegado al centro invisible del trayecto: no un lugar geográfico, sino un punto exacto donde el cuerpo, el paisaje y el alma caminan al mismo ritmo.
Avanzamos entre el canto disperso de los pájaros, que apenas empieza a organizarse como una orquesta afinando. El cuerpo, ya templado por el movimiento, se deja llevar; la mente, en cambio, empieza a juguetear con ideas, provocada —como siempre— por Virgilio.
—El problema no es que el mundo cambie —suelta, con ese tono entre irreverente y sabio que le conocemos—, sino que nosotros seguimos creyendo que lo que fue una vez… debería seguir siendo igual.
Nadie responde al instante. Solo el rumor de nuestros pasos acompaña la frase mientras flota un momento en el aire limpio del amanecer. Virgilio no espera aprobación: le basta con sembrar.
Efraín, caminando a su lado, parece no haber escuchado. Pero todos sabemos que sí. Su silencio no es distancia, sino escucha profunda. Tiene una manera de pensar que necesita tiempo, como la lluvia que empapa lento. Finalmente, levanta la vista y, sin detener el paso, murmura:
—La permanencia es un anhelo, no una ley. Lo difícil es aprender a soltar lo que se va sin dejar de amar lo que fue.
Nos quedamos un momento con esa frase suspendida, como una fruta madura colgando del árbol del pensamiento. Virgilio sonríe, como si hubiera logrado justo lo que buscaba: encender el diálogo sin imponerlo.
El parque se abre ante nosotros como una conversación vegetal. Palmas, ceibas, flamboyanes: todos parecen estar atentos. La luz se vuelve más cálida, más dorada. A lo lejos, una mujer trota en silencio con su perro; un grupo de jóvenes se desplaza en patines a toda velocidad, ciclistas hacen piruetas en círculos infinitos. Todo parece tener su sitio, su ritmo, su papel.
Y el mar, allá abajo, no se inmuta. Sigue siendo presencia, espejo, espejo del mundo y del alma. Nos recuerda que hay cosas que se mueven, aunque parezcan quietas.
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