La ONU, Un foro global en extinción que debe ser refundado.

1 de marzo de 2026.

Por: José A. Mateo Gil.

La soberanía de un pueblo reside en su poder supremo e independiente para gobernarse a sí mismo, tomar sus propias decisiones políticas internas y externas, sin subordinarse a ninguna autoridad extranjera, y ejercer el poder sobre su territorio y población. Terminada la segunda guerra mundial, se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cuyo objetivo fundamental era garantizar la autodeterminación de los pueblos y el respeto al concepto de soberanía. El origen de esta concepción se remonta al siglo XVI con Jean Bodin, autor de la teoría de la soberanía, en su obra, «Los seis libros de la república», en ocasión de la fragmentación del feudalismo y la religión en Francia.

Luego en el siglo XVIII, este concepto evolucionó gracias a pensadores de la talla de Juan Jacobo Rousseau, quien, en el año 1762, en su obra » El contrato social » plantea que «la soberanía reside en el pueblo…». A partir de entonces, se sentaron las bases de la democracia moderna, y uno de los grandes aportes de la revolución francesa para su aplicación al ordenamiento jurídico internacional de todas las naciones del planeta.

Lo sucedido en Venezuela la madrugada del sábado 3 de enero de 2026, con la irrupción de un equipo élite de inteligencia de los EE. UU. para ejecutar el apresamiento de Nicolás Maduro, presidente ilegitimo o no del pueblo venezolano, sienta un precedente que será objeto de estudio para las futuras generaciones. Este hecho, histórico por demás, ha divido a la opinión pública, tanto nacional como internacional, quienes han fijado posición en favor y en contra de este inusual acontecimiento ejecutado por el presidente de los EE. UU. a una nación soberana, como lo es, la República Bolivariana de Venezuela.

El apresamiento de Nicolás Maduro y su traslado inmediato a EE. UU. para ser juzgado por los presuntos delitos que se les imputan, para algunos es visto como un alivio y motivo de celebración para los venezolanos, que, en definitiva, han sido víctima de la férrea dictadura impuesta por el madurísmo. En tanto que, para otros, lo ocurrido en Venezuela, deja un sabor agridulce en el contexto en que se realizó la operación de captura del dictador venezolano.

DULCE. Porque durante 13 años se consolidó un régimen de fuerza que oprimía la patria de Bolivar, y que, con la salida de Maduro, se entendía que el régimen habría llegado a su fin o en su defecto, se estarían creando las condiciones para lograr tales propósitos. En efecto, el proceso de desarticulación de la dictadura ha entrado en la etapa de la negociación entre el presidente Trump y los remanentes del madurísmo. Como parte de la negociación, la vicepresidenta de la república Delcy Rodríguez, fue designada como presidenta interina de Venezuela, bajo el control del gobierno de los EE. UU., para dar continuidad a las ejecutorias de gobierno que facilite una transición democrática en el pueblo venezolano.

AGRIO. Porque desde el punto de vista jurídico, los estudiosos del tema plantean que la irrupción abrupta de un país a otro representa una violación flagrante de la carta de las naciones unidas del 26 de junio de 1945, que consagra la igualdad soberana de los estados y derecho de los pueblos a la libre determinación, promoviendo la paz y la no injerencia. A juicio de ellos, el pueblo de Venezuela ha sido ultrajado por decisión unilateral de los EE. UU., bajo el mandato del presidente Donald Trump.

Esta operación, considerada como «la crónica de una intervención anunciada», inicia con la colocación del portaaviones más grande de EE. UU. en aguas del caribe. El despliegue de esa fuerza militar estadounidense en aguas caribeña constituyó una señal inequívoca de que la advertencia del Imperio del Norte de sacar a Maduro de Venezuela no se quedaría en simple amenaza. De acuerdo con las autoridades del gobierno americano, la presencia de esta plataforma militar de la nación más poderosa del planeta tenía el propósito de combatir el cartel de los soles, que, de acuerdo con Trump, operaba bajo la dirección de las autoridades venezolanas, en la figura del presidente Nicolás Maduro y sus colaboradores.

El portaaviones estadounidense Gerald USS Ford, llega a aguas del caribe el 16 de noviembre de 2025, como parte de una operación militar antidrogas de los EEUU, generando tensiones diplomáticas con Venezuela y demás países de la región. En los operativos previo al apresamiento de Maduro, las fuerzas militares de EE. UU. destruyeron 36 embarcaciones, con un saldo de 110 personas fallecidas presuntamente ligas al narcotráfico.

Un manto de dudas se ha generado en relación con la veracidad de que estas embarcaciones estuvieran ligadas al narcotráfico. Un segmento importante de la población asegura que esas pequeñas embarcaciones eran propiedad de pescadores venezolanos que fueron sorprendidos por los bombarderos norteamericanos. Esta versión aún no ha sido confirmada.

La presencia de la armada norteamericana próximo a las costas venezolanas no solo tiene propósitos de lucha antidroga contra el cartel de los soles. A decir de connotados analistas sobre el tema de la geopolítica, lo que subyace detrás de ese despliegue militar en la región responde a propósitos más abarcadores ligado a los intereses, no solo económicos de los EE. UU., sino al interés del gobierno de relanzar sus poderes expansionistas imperiales, que se habían enfriado en Latinoamérica. Para tales fines, han puesto en marcha las estrategias que presentamos a continuación:

Primero, con la intervención militar en Venezuela se envía un mensaje a los demás países de América Latina y el mundo sobre el poderío militar de los EE. UU., y que el presidente Trump puede usar la fuerza para intervenir cualquier país, tal como ha ocurrido en Venezuela. Segundo, el interés de EE. UU. de frenar el avance del comercio chino en la región. Tercero, la puesta en marcha de una estrategia para recuperar el terreno perdido en América Latina. Cuarto, y no menos importante, controlar la producción y el comercio del petróleo y minerales para la industria estadounidense que abunda en Venezuela. Estas son las razones fundamentales de esta acción militar.

Derrocar al régimen de Maduro es solo una excusa de Trump para justificar el objetivo que se persigue de controlar los recursos naturales de Venezuela, que una parte de ellos están comprometidos con China. Sin embargo, hay que reconocer la valentía de Trump, quien, con su estilo disruptivo de solucionar conflictos, ha creado las condiciones para iniciar el proceso de desarticulación de la dictadura más feroz de América Latina.

Se estima que más de 8 millones de venezolanos tuvieron que emigrar a otros países porque no aguantaban los embates de la dictadura. La represión y apresamiento de los opositores al régimen, los escases de productos de primera necesidad, el fraude electoral perpetrado en las últimas elecciones, entre otros despropósitos del gobierno de Venezuela, justifican cualquier acción para el derrocamiento el régimen madurista.

Lo acontecido en Venezuela con la intervención de la fuerza militar de EE. UU. para apresar a Nicolás Maduro, al margen de la ONU, deja un sabor agridulce en la comunidad internacional. Si bien es cierto que la violación al concepto de soberanía consagrada en la carta de la organización de las naciones unidas es un hecho que ha consternado a la mayoría de los estados miembros de esa organización mundial, presagiando el surgimiento de una sociedad sin reglas, no es menos cierto que la situación que vivía el pueblo de Venezuela bajo la dictadura implantada por Nicolás maduro, la iniciativa de Trump resuelve un problema que nadie estaba en capacidad de solucionar en la patria de Bolivar. Solo un hombre con la personalidad de Donald Trump podía poner fin al desafiante gobierno del madurísmo.

Ante tal situación cabe preguntarse: ¿Que es más dañino para comunidad internacional ?, la violación a la soberanía de Venezuela por parte Trump o ponerle fin a la férrea dictadura impuesta por el madurísmo al pueblo indefenso de Venezuela. La respuesta a estas interrogantes, aunque parezca contradictorio, nos conduce a apelar a la frase acuñada por Nicolás Maquiavelo, autor de la obra El Príncipe, » EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS «.

Aunque ambas acciones riñen con las normas establecidas para facilitar la convivencia humana, ambos mandatarios incurrieron en violaciones flagrantes. Maduro, con una dictadura redujo al pueblo venezolano a menos que nada. Y Trump, que violó el concepto de soberanía y auto determinación de ese pueblo. Lo cierto es, que Venezuela se liberó del madurísmo, pero también, en un futuro no muy lejano, tendrá que lidiar con las consecuencia de dicha liberación. El imperio del norte le pasará factura, tal como ha sucedido con el pueblo ucraniano.

El costo de este acontecimiento será muy alto, no solo para Venezuela, sino para América Latina y el mundo. La auto determinación de los pueblos en estos momentos se encuentra en estado agónico y la carta de las naciones se ha convertido en un simple pedazo de papel. La soberanía de las demás naciones del planeta está amenazada. En lo adelante, la humanidad se encamina a una sociedad sin reglas, con un marco regulatorio del derecho internacional inexistente debido a la inacción de la ONU en momentos en que debía ejercer su autoridad como organismo regulador. En consecuencia, ningún pueblo estará seguro. En cualquier momento pudiera ser intervenido por el poderío militar del imperio, que no escatima esfuerzos para lograr los objetivos que se ha propuesto.

El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa. En pleno desarrollo de la sociedad del siglo XXI, en el horizonte de la geopolítica, se vislumbran cambios de paradigma, no solo en el orden ideológico y tecnológico, sino en una recomposición de las fuerzas imperiales, que, dicho sea de paso, amenazan de manera expresa las normativas que regulan la política exterior de los países del planeta. Es por esta, entre otras razones, que el caso de Venezuela ha generado una preocupación colectiva de los países latinoamericanos. No sabemos si con la irrupción de EE. UU. para apresar al dictador venezolano existen motivos para reír o para llorar. La patria de Bolivar se liberó de Maduro, pero estará a merced del Imperio del Norte.

Y como todo fuera poco, el conflicto ente Irán e Israel en contubernio con el Imperio del Norte, se ha intensificado. A tal punto, que, en el fin de semana recién pasado, fue asesinado el Ayatollah Alí Khamenei, líder iraní. Este hecho, unifica el sentimiento del pueblo musulmán, pudiendo desencadenar consecuencias inenarrables. La guerra entre estas dos naciones de Medio Oriente impulsada por EE. UU. se reduce a un tema de recomposición geopolítica de los poderes de las grandes potencias. Pudiendo convertirse en un conflicto a escala global, afectando el comercio mundial en todas las regiones del planeta. Y peor aún, con la política exterior implementada por las autoridades norteamericanas, estaríamos asistiendo a una sociedad sin reglas, donde brillan por su ausencia los límites de los poderosos con respecto a los más débiles.

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