Noches de Hastío en un Invierno Cálido

Por: Ing. Carlos Manuel Diloné

Penetró por los costados de la imaginación, empujando a su paso las penas, los recuerdos y todos los rastros y huellas de un pasado que no logra pasar. Una pupila se colgó de la risa y tu voz se sembró en mis venas; desde siempre, mi corazón impulsa por todo mi interior, como el viento las hojas secas del otoño, tu sublime presencia.

El frio desgarrador de este invierno, lo siento en mi soledad dormida; tu ausencia duele más que la muerte, tu ida marca el final de este viaje que juntos emprendimos por los tenebrosos y tristes senderos del diario vivir; no verte es como perder la vista, no escucharte es no tener audición, no sentirte es no haber nacido.

Llegaste empujando los sueños, arrastrando con tus pasos las olas de risas detenidas en cada ángulo de mí existir, tu aparición puebla mi vida. Mi pensamiento vuela buscando en el firmamento tu anatomía de realidad dormida, me acostumbré a la delicadeza de tus manos, a la finura de tu sonrisa, a la arquitectura de tu mirada, a la paz de tus sueños; en fin me acostumbré a ti.

Los cambios que se producen a lo externo del ser humano, sólo pueden percibirse en mí, cuando por el hueco de una hora y como entreabriendo un minuto de otro, puedo advertir el aroma de tus huellas retenidas, y dibujadas en todos mis secretos, como las arenas que muestran sobre su débil superficie la anatomía de un majestuoso océano.

Embebecido con tu recuerdo, la nostalgia parece invadir, la radiante noche de este invierno cálido; una estrella danza en la distancia, como tu pelo con la brisa fresca de una tarde boreal, mis ojos se entristecen cuando en el firmamento buscan la silueta de tu sonrisa y solo reciben el hastío de tu ausencia; ¡oh cielo! perpetua tu nombre, tu estancia y respirar en cada rincón de mi existencia.

P.D. Esta publicación se corresponde, con la columna, “Haina: Desde mi ventana”, que mantuve durante mis años mozos por espacio de 8 años, entre 1992 a 2000.