Por Ing. Carlos Manuel Diloné
25 de octubre de 2026.
Hay noches en que el sueño, además de proporcionar descanso al cuerpo, abre caminos misteriosos por donde el alma transita y encuentra aquello que las palabras de la vigilia no siempre consiguen expresar. Noches en que el tiempo parece perder sus fronteras y los sentimientos adquieren una voz propia, capaz de atravesar el silencio y llegar hasta los rincones más profundos del corazón.
Anoche viví una de esas noches.
Conversé con mamá.
No sabría decir en qué momento comenzó nuestro diálogo ni cuántas horas permanecimos hablando. Solo recuerdo su voz, la serenidad de sus palabras y aquella sensación extraordinaria de compartir un espacio donde las preocupaciones perdían su peso y mi espíritu encontraba sosiego.
Le hablé de cuánto me inquieta este mundo. De una humanidad que, a pesar de sus extraordinarios adelantos, parece extraviar con frecuencia los caminos de la convivencia. De las guerras que desgarran pueblos, de las ambiciones que levantan fronteras entre los hombres y de ese extraño empeño de los poderosos por hacer del planeta una extensión de sus voluntades.
Le decía que los pueblos pequeños viven muchas veces a merced de decisiones tomadas lejos de sus territorios, como si su derecho a existir con dignidad dependiera de la conveniencia de quienes concentran el poder.
Hablamos de Haití, de sus profundas dificultades internas y de la manera en que los intereses extranjeros se entrecruzan con sus conflictos. Le expresé mi preocupación por nuestra República Dominicana, por la fragilidad que puede amenazar el aparato productivo de una nación cuando los acontecimientos internacionales desbordan sus posibilidades de respuesta.
Le hablé del débil frente al poderoso, de la incertidumbre que se cierne sobre los pueblos y de tantas familias que despiertan cada mañana sin saber qué nuevas dificultades les traerá el día.
Mamá escuchaba.
Y había en su silencio una serenidad que parecía venir de muy lejos, como si sus palabras no necesitaran apresurarse para llegar hasta mí.
Me habló de los tiempos bíblicos, de aquellos relatos en que los hombres también enfrentaron guerras, calamidades, persecuciones y grandes incertidumbres. Me decía que todo estaba profetizado, que la humanidad había atravesado otros períodos de adversidad y que los acontecimientos del presente no debían arrebatarnos la esperanza.
Yo continuaba exponiéndole mis inquietudes, tratando de encontrar respuestas para un mundo que tantas veces parece caminar entre sombras.
Entonces mamá, con esa tranquilidad que solamente una madre sabe transmitir, me dijo:
«Nunca es más oscura la noche que cuando va a amanecer».
Aquellas palabras quedaron suspendidas en mi pensamiento.
Comprendí, dentro de aquel diálogo, que no me estaba hablando solamente de la noche que precede al nacimiento del día. Me hablaba también de esas oscuridades que atraviesan los pueblos, de las incertidumbres que acompañan la existencia y de la esperanza que resiste aun cuando todo parece perdido.
Mientras conversábamos, algo hermoso ocurría en mí.
Mi cuerpo parecía desprenderse lentamente de sus tensiones. Los dolores habituales se iban disipando, como si aquella voz familiar los acariciara hasta volverlos pequeños. Sentía descansar mis músculos, serenarse mis pensamientos y apagarse, una tras otra, las inquietudes que tantas veces acompañan mis horas de vigilia.
Era una paz que no necesitaba explicaciones.
La conversación transcurría sin urgencias. No había relojes que nos reclamaran, distancias que interrumpieran nuestras palabras ni acontecimientos capaces de perturbar aquella intimidad.
En algún momento, mamá me recordó el nacimiento de su nieta.
La conversación tomó entonces ese rumbo familiar que tantas veces convierte los acontecimientos sencillos en los recuerdos más entrañables. Pensé en mi hija, en la alegría de su nacimiento, en los lazos invisibles que van uniendo las generaciones y en la manera en que el amor familiar se prolonga mucho más allá de cada uno de nosotros.
Le dije:
—Mamá, no llamo a mi hija porque es de madrugada.
Y ella, con una naturalidad que todavía resuena dentro de mí, respondió:
«Hay formas en que los corazones y las almas se comunican que no son convencionales».
No necesité preguntarle nada más.
Pensé en esos afectos que no requieren palabras pronunciadas, en las madres que parecen adivinar la tristeza de sus hijos antes de escucharla, en los recuerdos que nos visitan inesperadamente y en las voces que permanecen dentro de nosotros aun cuando todo alrededor guarda silencio.
Quizás el corazón posea su propio lenguaje, una manera de entenderse con aquello que ama sin depender de las distancias, de los relojes ni de las palabras.
Continuamos hablando.
Las horas pasaban y yo permanecía entregado a aquella conversación que parecía alimentar mi espíritu. Mamá hablaba con serenidad; yo le confiaba mis preocupaciones. Ella evocaba las enseñanzas bíblicas y yo volvía a los acontecimientos que mantienen inquieta a la humanidad.
Afuera, el mundo seguía siendo el mismo, con sus conflictos, sus injusticias, sus amenazas y sus incertidumbres. Pero dentro de aquel encuentro existía una paz que ninguna de esas preocupaciones conseguía perturbar.
No sé cuántas veces sonreí mientras dormía. Lo que sí recuerdo es haber sentido una felicidad inmensa, de esas que no nacen de poseer algo, sino de experimentar la plenitud de un sentimiento.
Y llegó la mañana.
Abrí los ojos y descubrí que estaba sonriendo. Mi cuerpo había descansado profundamente y conservaba aquella serenidad que me acompañó durante la noche. Sentía que una parte de mis preocupaciones había quedado atrás, como las sombras que retroceden lentamente cuando los primeros rayos del sol anuncian un nuevo día.
Me levanté y corrí a escribir.
Tenía la necesidad de rescatar cada palabra, cada recuerdo, cada instante de aquella conversación. Temía que los movimientos de la mañana fueran borrando los detalles de una experiencia que deseaba conservar intacta.
Mientras escribía, volvía a escuchar la voz de mamá en mi pensamiento.
«Nunca es más oscura la noche que cuando va a amanecer».
Y comprendí cuánto significado podían encerrar unas palabras tan sencillas.
Pensé en nuestra humanidad, en los pueblos que sufren, en las madres que esperan a sus hijos, en los hijos que buscan consuelo y en los millones de seres humanos que, aun rodeados de incertidumbre, encuentran razones para seguir creyendo en el mañana.
También pensé en esa forma particular que tiene el amor de permanecer dentro de nosotros, de acompañarnos silenciosamente y de acudir a nuestro encuentro cuando más necesitamos serenidad.
No sé explicar por qué algunas experiencias del sueño dejan una huella más profunda que tantos acontecimientos de la vigilia. Tampoco siento necesidad de hacerlo. Hay emociones cuya grandeza no depende de encontrarles una explicación, sino de reconocer lo que han significado para nuestra existencia.
Anoche conversé con mamá. Le hablé de un mundo lleno de temores y ella me respondió con la serenidad de quien contempla el amanecer detrás de las montañas.
Le hablé de los poderosos y de los débiles, de las guerras y de las amenazas que ensombrecen el porvenir. Ella me habló de los tiempos bíblicos, de las profecías y de la esperanza.
Yo llevaba mis inquietudes; mamá tenía palabras para sosegarla.
Y mientras el mundo seguía girando entre sus contradicciones, yo descansaba en la inmensidad de aquel amor que ha sabido acompañarme desde el primer instante de mi existencia.
Hoy he querido compartir esa felicidad, porque algunas alegrías parecen crecer cuando se entregan a los demás.
No sé cuándo volveré a conversar con mamá de esa manera. Los sueños tienen sus propios caminos y no obedecen a nuestros deseos, como tampoco los sentimientos conocen horarios ni fronteras para manifestarse.
Pero me queda la paz de aquella conversación, la dulzura de sus palabras y una certeza íntima: hay voces que el corazón aprende a guardar de una manera que el tiempo no logra borrar.
Anoche, mientras el mundo me hablaba de sus oscuridades, mamá me recordó que, aun en medio de las tinieblas, siempre llega el amanecer.
Y desperté sonriendo.
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