Por Carlos Manuel Diloné
Hermanos, familiares y amigos:
María Altagracia Matos nació en 1935, en la comunidad rural de Canoa. Fue la tercera de cuatro hijos nacidos del matrimonio formado por Cirino Matos y Estebanía Dotel.
En aquella comunidad comenzó el camino de una mujer cuya vida estuvo marcada por la fe, la sencillez y la entrega a su familia. Por eso, al recordarla, no pienso únicamente en el lugar y la fecha de su nacimiento, sino también en las huellas que dejó, en los valores que nos transmitió y en el amor que sembró entre quienes tuvimos el privilegio de compartir su existencia.
Mi madre fue cristiana durante toda su vida. Abrazó el Evangelio y convirtió la fe en sustento frente a las adversidades. En Dios encontró la fortaleza necesaria para recorrer los caminos difíciles y la serenidad para aceptar aquello que no podía cambiar. Esa fe no habitaba solamente en sus palabras: se manifestaba en su manera de vivir, en su paciencia, en su sencillez y en el amor que prodigaba a familiares, vecinos, amigos y desconocidos.
Hablar de mi madre es hablar de una parte esencial de mi propia existencia.
De su mano fui creciendo y de su sapiencia me fui nutriendo. En mis años mozos cuidó mis pasos, forjó en mí el amor por el conocimiento y prácticamente estudió conmigo cada curso, desde la escuela primaria hasta mi ingreso a la universidad. Cada peldaño que logré ascender conserva la huella de sus sacrificios, de sus desvelos y de la confianza que siempre depositó en mí.
Mamá no se limitó a conducirme hasta la puerta de la escuela. Caminó conmigo. Aprendió conmigo. Celebró cada uno de mis avances y permaneció a mi lado cuando las dificultades amenazaron con apartarme del camino.
De mi madre conservo todos los recuerdos. Su esencia vive en mí y me acompañará en cada paso de mi vida, aunque haya partido hacia otra forma de existencia, hacia esa dimensión espiritual que nuestra fe nos permite llamar eternidad.
Mi madre me enseñó que la paciencia es una virtud que, cuando sabemos ejercerla, siempre termina obrando a nuestro favor. De ella heredé la sencillez y la capacidad de descubrir grandes cosas en los pequeños detalles. Me enseñó que no es necesario poseer riquezas para vivir con dignidad y que el verdadero valor de una persona se encuentra en el bien que hace, en el amor que ofrece y en la tranquilidad que deja en el corazón de los demás.
Ahora que mamá ha iniciado su viaje hacia el encuentro eterno con el Creador, le suplico a Dios que su lámpara permanezca encendida y que, desde el lugar donde se encuentre, continúe iluminando nuestros pasos y orientando a nuestra familia.
Confío en que mi padre y mi hermana están ahora junto a ella y que la han recibido con amor. Reunidos nuevamente en la eternidad, los tres nos darán las fuerzas necesarias para afrontar su ausencia y continuar nuestro camino.
Sabemos que nacer y morir forman parte de la ley de la vida. Sin embargo, nunca logramos aceptar plenamente la desaparición física de un ser amado, mucho menos cuando ese ser es quien nos dio la vida. Aun cuando comprendemos que el final se aproxima, siempre deseamos prolongar su existencia un día más, escuchar una vez más su voz y recibir una vez más su bendición.
La ausencia física de un ser amado nos deja un hueco en el alma, abre hendiduras en el corazón y hace que nuestros ojos se inunden de llanto. Pero, en medio de esta hora dolorosa, nos sostiene la fe.
¡Oh, divina religión, tú que has dado al ser humano las herramientas necesarias para soportar las heridas y los dolores más profundos! En ti encontramos el consuelo para entregar nuestro sufrimiento a Dios, sostenidos por la esperanza de que nuestra madre ha sido recibida en los brazos del Creador.
Mamá: asumo, como me lo pediste, la responsabilidad de orientar y mantener unida a nuestra familia. Haré cuanto esté a mi alcance para lograrlo, teniendo como norte el trabajo y el sacrificio como bases para salir adelante; pero, sobre todo, la sencillez, la armonía y el amor hacia los demás.
Procuraré que tus enseñanzas permanezcan vivas entre nosotros y sean transmitidas a nuestros hijos y nietos. Trabajaré para que tu familia permanezca unida, para que sepamos encontrarnos en el amor, sostenernos en las dificultades y compartir las bendiciones de la vida.
Gracias, mamá, por tus sabias enseñanzas.
Gracias por tu paciencia y por los innumerables sacrificios que realizaste para ayudarnos a avanzar.
Gracias, mamá, porque estudiaste conmigo, cuidaste mis pasos y nunca me abandonaste.
Gracias por tu infinito amor hacia tu familia, tus vecinos, tus amigos y hacia quienes, aun siendo desconocidos, encontraron en ti una mano generosa y un corazón dispuesto a servir.
Ve en paz, madre mía.
Ve en paz, madre de mi alma.
Sentiré el dolor de tu ausencia mientras viva, pero encontraré consuelo en tu ejemplo, en tu fe y en la serenidad con que supiste enfrentar la vida. Sé que, cuando me corresponda partir, volveremos a encontrarnos y nos abrazaremos en la eternidad.
Hasta entonces, tu lámpara permanecerá encendida en nuestros corazones.
Descansa en los brazos del Creador.
Bendición, mamá.
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