Por Carlos Manuel Diloné
Hermana mía:
Al contemplar nuestra fotografía, sentí que todavía te abrazaba; que aquel instante no había terminado y que permanecíamos unidos en un lugar donde el tiempo no podía separarnos.
Tu recuerdo penetró en mí como un aerolito a gran velocidad y recorrió todo mi interior: mis penas, mis alegrías, mis tristezas y mi paz. Por un momento, volví a sentir la calidez de tu cuerpo, la ternura de tu mirada y la alegría de tu sonrisa.
Aunque ya no habitas esta dimensión humana, seguimos conversando. Lo hacemos de otra manera, mediante ese lenguaje secreto que solo conocen quienes se han amado profundamente. Yo te hablo en silencio y sé que me escuchas; te pregunto y siento que me aconsejas; cierro los ojos y, de alguna forma, vuelves a estar conmigo.
Por eso aguardo serenamente el día de tu abrazo, el día en que vuelva a contemplar tu sonrisa y ninguna distancia pueda separarnos.
Tu ausencia física no ha disminuido tu presencia: la ha elevado. Ahora vives en mis pensamientos, en mis recuerdos y en cada rincón de mi alma. No hay un solo día en que no piense en ti, en que no me dirija a ti o no encuentre alguna razón para recordarte.
Haber conocido en este mundo terrenal un amor tan puro, sincero y sagrado como el tuyo ha sido uno de los mayores regalos de mi vida. Y conservarlo dentro de mí es también una razón poderosa para seguir luchando.
Hasta que volvamos a abrazarnos, hermana mía.

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