23 de junio de 2026
Por José A. Mateo Gil
La política es una rama de las ciencias sociales que utiliza el método científico para analizar, de forma práctica y teórica, todo lo relacionado con la organización del Estado, el sistema de gobierno y las relaciones de poder con la sociedad. En ocasiones, el ejercicio de gobernar trae consigo distorsiones que cambian la idea original del mandatario de ejecutar políticas gubernamentales orientadas a mejorar el bien común. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esa iniciativa termina convirtiéndose en una frustración colectiva.
Es costumbre en los países tercermundistas que los mandatarios, al percatarse de los beneficios económicos que proporciona el poder, se inclinen a tomar medidas populistas e incrementen el gasto público mediante programas de asistencia social que, lejos de disminuir la pobreza, hunden aún más a los ciudadanos en su miseria. Los promotores de esas iniciativas utilizan el presupuesto nacional para comprar voluntades y desacreditar a los líderes opositores, con el único y firme propósito de continuar gobernando más allá del período para el cual fueron elegidos.
En sociedades como la nuestra, el Poder Ejecutivo no solo utiliza a discreción el presupuesto nacional para financiar candidaturas, sino que también lo emplea para descalificar al oponente mediante ataques personales a través de los medios de comunicación y las redes sociales. El debate de las ideas ha pasado a un segundo plano. Quien carece de argumentos para sustentar sus planteamientos recurre a intrigas, mentiras e invenciones para desacreditar a su contendor.
Esta estrategia del oficialismo, orientada a atacar de forma grosera a figuras políticas con posibilidades de conquistar el poder, constituye un acto que merece el repudio de la población en su conjunto. Algunos analistas políticos plantean que esta iniciativa proviene de instancias gubernamentales interesadas en reducir a su mínima expresión a los candidatos de la oposición. Esta acción, repudiable por demás, afecta directamente no solo a los líderes opositores, sino también a la confianza ciudadana, a las instituciones democráticas y al sistema de partidos.
Luego del ajusticiamiento de Trujillo en 1961 y de la consecuente apertura democrática, se celebraron las primeras elecciones libres, en las que compitieron el doctor Viriato Fiallo, por el Partido Quisqueyano Demócrata (PQD), y el profesor Juan Bosch, por el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), resultando Bosch ganador de aquella contienda electoral. Ese gobierno solo duró siete meses. A partir de entonces, el país entró en un período de turbulencia política. El golpe de Estado perpetrado contra el presidente Bosch por los sectores más conservadores de la sociedad de la época cambió el curso de la historia y la forma de hacer política en la República Dominicana.
Desde entonces, tres líderes protagonizaron el escenario político nacional: el doctor Joaquín Balaguer, el profesor Juan Bosch y el doctor José Francisco Peña Gómez. Estas tres figuras compitieron por conquistar el poder durante la segunda mitad del siglo XX y representaron formas distintas de ejercer la política. Es precisamente con la llegada del siglo XXI cuando emerge un nuevo liderazgo que, salvo raras excepciones, se abraza a estrategias mercadológicas poco éticas para descalificar al liderazgo opositor.
El autor de esta práctica tiene nombre y apellido. Peor aún, por más de tres décadas ha ocupado su despacho en el Palacio de Gobierno, asesorando a más de un presidente de la República. Con su accionar, esa figura foránea, constructora de inventivas para dañar reputaciones, ha contaminado los hábitos y costumbres del pueblo dominicano. No escatima esfuerzos para inventar cualquier barbaridad con el objetivo de neutralizar el avance de los partidos de oposición con posibilidades de ganar las elecciones de 2028.
Todo parece indicar que dicho personaje es un lector compulsivo de la obra El príncipe, de Nicolás Maquiavelo. El asesor palaciego ha hecho suya la frase atribuida a ese filósofo de origen italiano: “El fin justifica los medios”. Con la puesta en marcha de este despropósito, lejos de enriquecer el debate, lo que estamos presenciando es una degradación no solo de la actividad política, sino también del legado que estamos dejando a las futuras generaciones.
Las calumnias y el discurso ofensivo de esos estrategas políticos atentan contra las buenas costumbres y el respeto a la diversidad de las ideas. Con esa práctica se vulnera el derecho que tiene cada individuo a exponer sus creencias y puntos de vista. Estas descalificaciones, sustentadas en mentiras prefabricadas, dejan un sabor amargo y conducen a una sociedad menos inclusiva, marcada por el odio y el resentimiento.
La sociedad dominicana, que ha derramado tanta sangre para construir un sistema democrático y de derecho, no merece que la clase política contamine el debate de las ideas descalificando a sus oponentes con ataques feroces que, en la mayoría de los casos, no responden a la verdad. En los últimos años, cuando un candidato de oposición repunta en las encuestas, recibe una andanada de cuestionamientos carentes de fundamento, muchas veces amplificados por sectores de la prensa y por hacedores de opinión que manipulan al electorado con mentiras para disminuir la popularidad de su adversario.
El pueblo dominicano, lejos de aplaudir esa práctica vergonzosa que fomenta el odio y el resentimiento, debe condenar que asesores del Palacio, ajenos a nuestra nacionalidad, ejecuten estrategias mercadológicas inspiradas en la frase más conocida atribuida al autor de El príncipe: “El fin justifica los medios”. Esos postulados son inaceptables en la sociedad dominicana del siglo XXI.
En el caso que nos ocupa, el fin debe construirse a través de la combinación de variables que interactúen de manera lógica y ordenada, mediante la confrontación de las ideas y el respeto al derecho a disentir. Es así, solo así, como nuestra generación podría contribuir a dejar un legado en el que el debate de las ideas sea la materia prima para llegar a la verdad, tal como lo concibió Sócrates, padre de la filosofía y promotor de la mayéutica como ejercicio obligatorio para alcanzarla.
