Por: Ing. Carlos Manuel Diloné
Mi último cuplé, la estrofa final, la creación que cierra el canto de mi vida, Juan Manuel Diloné Guzmán, culminó en Madrid un Máster en Project Management e Innovación en Inesdi Business Techschool. Fieles a la unidad familiar en la que han crecido nuestros hijos, viajamos a España para acompañar y brindar nuestro apoyo al benjamín de la estirpe. En aquel momento, todos sentimos que también nos graduábamos con él.
Como todo hijo menor, Juancito creció rodeado de cariño, mimos y otras ñoñerías prodigadas por sus hermanos, sus padres y demás familiares. Sin embargo, desde niño fue forjando una personalidad propia: el timbre agudo de su voz confería cierta solemnidad a sus palabras, mientras sus juicios revelaban una lógica poco común al reflexionar sobre la vida. Nunca ha sido amigo de relajos inoportunos: respeta a sus compañeros y, con igual firmeza, exige que también se le respete.
Juan se graduó de ingeniero industrial en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Trabajó en varias empresas y en todas obtuvo el reconocimiento de sus superiores y compañeros por la calidad de su desempeño. Responsable, trabajador e innovador, nunca toleró atropellos ni humillaciones, pero tampoco incurrió en ellos contra quienes laboraban bajo su dirección.
Siguiendo el camino de superación trazado por sus hermanos, Juan decidió marcharse a España para realizar su maestría. Me pidió apoyo y, como era natural, se lo ofrecí. Luego se reunió con sus jefes y colaboradores para presentar formalmente su renuncia.
Como padre, observaba que mi hijo lo dejaba todo: su trabajo, su novia, sus amigos, sus hermanos, una jipeta Volvo del año y unos ingresos muy buenos. Sin embargo, iba detrás de sus sueños, con sus pájaros en la cabeza. Yo, que conozco su talento y su capacidad de esfuerzo, sabía que lo menos que podía hacer era apoyarlo.
En España también debió enfrentarse a una vida distinta. Tuvo que aprender a valerse enteramente por sí mismo y realizar labores que hasta entonces nunca había necesitado hacer: cocinar, lavar, planchar, trapear y atender cada uno de los quehaceres cotidianos. Aquella experiencia no solo amplió su formación académica; también fortaleció su independencia y contribuyó a completar su madurez personal.
La madrina de la graduación fue Carlota Pi Amorós, ingeniera y empresaria española que ha desempeñado un papel innovador en el sector eléctrico de su país, impulsada por el propósito de conectar a las personas con una energía cien por ciento verde. Durante su intervención se refirió a los cinco elogios a la vida que siempre lleva anotados en una libreta.
El primero fue un elogio al esfuerzo. «El talento vale cero —afirmó—; lo único que cuenta es lo que somos capaces de hacer con ese talento: el esfuerzo». Recordó también que una persona que sabe leer, pero no lee, no posee ninguna ventaja sobre aquella que no sabe hacerlo. Era una invitación a exigirse a uno mismo con perseverancia y sin cuartel.
Su segundo elogio estuvo dedicado a la imaginación. Carlota recordó a la pintora aragonesa Clara Carnicer y mostró un cuadro que contenía esta frase: «Siempre voy con mis pájaros en la cabeza. Me ayudan a volar».
En aquel instante comprendí que sus palabras parecían haber sido pronunciadas para describir el camino recorrido por mi hijo. Juan había confiado en su talento, pero no descansó en él: lo convirtió en esfuerzo, preparación y perseverancia. También había partido hacia España con sus propios pájaros en la cabeza, impulsado por los sueños que le enseñaron a volar.
Cuando los sueños, el esfuerzo y la realidad coinciden en la cumbre del triunfo, comprendemos mejor la manera en que hemos recorrido la vida. Mi hijo camina sereno hacia el porvenir y nos devuelve, convertidos en satisfacciones, los frutos de su preparación, su optimismo y su constancia.
Juan, tu vida apenas comienza y ya eres todo un hombre. Sigue adelante. Siempre tendrás en tu familia una roca firme sobre la cual apoyarte.

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