¿POR QUÉ OSCILAN LOS PUEBLOS ENTRE LA DERECHA Y LA IZQUIERDA?

Reflexiones sobre América Latina, Adam Smith, John Maynard Keynes y Abraham Maslow

Por Ing. Carlos Manuel Diloné

Apreciado y dilecto amigo William Medina Garnes:

Acepto con gratitud tus generosas palabras. Más que emitir un juicio partidario, intentaré ofrecer una reflexión serena sobre dos corrientes que han marcado la historia política de América Latina y que continúan disputándose la preferencia de nuestros pueblos: la derecha y la izquierda.

La historia latinoamericana parece moverse como un péndulo. En determinados momentos los pueblos se inclinan hacia propuestas identificadas con la derecha; en otros, depositan sus esperanzas en movimientos de izquierda. Este fenómeno suele interpretarse como un cambio ideológico, pero en realidad responde con frecuencia a necesidades mucho más concretas y humanas.

Cuando la derecha gobierna y no logra reducir la pobreza, la desigualdad o la exclusión social, surgen movimientos que demandan una mayor intervención del Estado. Cuando la izquierda llega al poder y fracasa en materia de crecimiento económico, seguridad ciudadana, inversión o libertades públicas, los electores buscan alternativas asociadas al mercado, al orden y a la disciplina institucional.

Para comprender este comportamiento conviene detenernos brevemente en dos de los pensadores económicos más influyentes de la era moderna: Adam Smith y John Maynard Keynes.

Adam Smith (1723-1790), considerado el padre de la economía moderna, sostenía que la prosperidad surge principalmente de la libertad económica, la iniciativa privada, la competencia y el esfuerzo individual. En su visión, cuando las personas tienen libertad para producir, invertir, comerciar e innovar, la sociedad en su conjunto genera riqueza y progreso. Su pensamiento constituye uno de los principales fundamentos de las corrientes liberales y de buena parte de la derecha económica contemporánea.

John Maynard Keynes (1883-1946), por el contrario, observó que los mercados no siempre son capaces de resolver por sí solos las crisis económicas. Tras la Gran Depresión de 1929 defendió la necesidad de que el Estado intervenga activamente para estimular la economía, proteger el empleo, promover la inversión pública y evitar que las recesiones destruyan el bienestar de millones de personas. Sus planteamientos han influido profundamente en las corrientes socialdemócratas y progresistas que suelen asociarse con la izquierda moderna.

Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que ninguna nación exitosa funciona exclusivamente con las ideas de Smith ni exclusivamente con las de Keynes. Las sociedades más prósperas han sabido combinar la capacidad del mercado para generar riqueza con la capacidad del Estado para corregir desequilibrios, garantizar oportunidades e invertir en bienes públicos esenciales.

Aquí entra en escena un tercer pensador, el psicólogo Abraham Maslow, cuya teoría de las necesidades humanas ofrece una herramienta extraordinaria para comprender el comportamiento político de los pueblos.

Maslow planteó que los seres humanos satisfacen sus necesidades de forma escalonada. Primero buscan alimentación, empleo, ingresos y supervivencia. Luego procuran seguridad física y estabilidad. Más adelante aspiran a pertenencia social, reconocimiento, libertad, participación y finalmente realización personal.

Si observamos América Latina desde esta perspectiva, descubriremos que los ciudadanos rara vez votan movidos exclusivamente por doctrinas económicas o filosóficas. Votan según la necesidad que sienten más amenazada.

Cuando el desempleo aumenta, los salarios pierden valor, la pobreza se expande o los servicios públicos se deterioran, cobran fuerza las propuestas que prometen una mayor intervención estatal para proteger a los sectores vulnerables. En esas circunstancias suelen fortalecerse las corrientes de izquierda o centroizquierda inspiradas, en mayor o menor medida, por planteamientos keynesianos.

Por el contrario, cuando la inseguridad ciudadana se dispara, la inversión se retrae, la inflación destruye el poder adquisitivo o las instituciones pierden credibilidad, muchos ciudadanos se inclinan hacia propuestas que prometen orden, disciplina fiscal, seguridad jurídica y crecimiento económico, características habitualmente asociadas a la derecha.

En otras palabras, los pueblos latinoamericanos no oscilan entre derecha e izquierda por capricho ideológico; oscilan entre Adam Smith y John Maynard Keynes según cuál escalón de la pirámide de Maslow sienten amenazados en cada momento de su historia.

La teoría resulta interesante, pero adquiere mayor valor cuando se observa en la realidad. La historia reciente de América Latina ofrece numerosos ejemplos de cómo las sociedades modifican sus preferencias políticas en función de las necesidades que consideran prioritarias en cada etapa de su desarrollo.

Chile fue durante décadas presentado como uno de los modelos económicos más exitosos de la región. La apertura económica, la estabilidad institucional y la inversión privada impulsaron un crecimiento sostenido y una notable reducción de la pobreza. Sin embargo, con el paso de los años surgieron demandas relacionadas con la desigualdad, el costo de la educación, las pensiones y el acceso a ciertos servicios básicos. La sociedad chilena comenzó entonces a exigir respuestas más cercanas a las propuestas socialdemócratas, demostrando que el crecimiento económico por sí solo no satisface todas las necesidades humanas.

Argentina representa quizás el caso más visible del péndulo latinoamericano. A lo largo de las últimas décadas ha transitado repetidamente entre modelos de fuerte intervención estatal y políticas más orientadas al mercado. Cada giro ha surgido como respuesta a las insuficiencias percibidas del modelo anterior. Cuando predominan la inflación, el déficit fiscal y la pérdida del poder adquisitivo, ganan terreno las propuestas de disciplina económica. Cuando aumentan las tensiones sociales o la pobreza, resurgen las demandas de una mayor protección estatal.

Brasil ha vivido experiencias similares. Los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva impulsaron amplios programas sociales que permitieron reducir significativamente la pobreza y ampliar el acceso al consumo de millones de brasileños. Posteriormente surgieron preocupaciones relacionadas con la corrupción, el gasto público y la seguridad, facilitando el ascenso de Jair Bolsonaro. El retorno de Lula demuestra nuevamente cómo las sociedades latinoamericanas suelen alternar entre distintas prioridades sin abandonar completamente ninguno de los dos enfoques.

Colombia experimentó un fenómeno semejante con la llegada de Gustavo Petro. Amplios sectores de la población reclamaban mayor inclusión social y reformas estructurales. Sin embargo, las dificultades económicas, los problemas de seguridad y las tensiones políticas han fortalecido nuevamente a sectores que promueven soluciones más próximas a la centroderecha.

Ecuador ofrece otro ejemplo ilustrativo. El crecimiento de la criminalidad y del narcotráfico llevó a una parte importante de la población a priorizar la seguridad por encima de otros debates ideológicos. El respaldo obtenido por Daniel Noboa refleja cómo, cuando una necesidad básica se siente amenazada, el electorado modifica rápidamente sus preferencias políticas.

El Salvador constituye un caso singular. Nayib Bukele ha construido su enorme popularidad sobre un aspecto esencial de la pirámide de Maslow: la seguridad. Millones de salvadoreños que durante décadas vivieron bajo la amenaza constante de las pandillas perciben que hoy pueden desplazarse con mayor tranquilidad. Esa percepción explica gran parte de su respaldo popular. No obstante, la experiencia también plantea un debate legítimo sobre los límites entre seguridad, libertades públicas y concentración de poder.

Perú demuestra que el crecimiento económico tampoco es suficiente cuando las instituciones carecen de estabilidad. A pesar de registrar períodos de expansión económica importantes, la sucesión de crisis políticas, escándalos de corrupción y conflictos entre poderes del Estado ha debilitado la confianza ciudadana y generado una sensación permanente de incertidumbre.

Los casos de Cuba y Venezuela merecen una consideración especial. Más allá de las simpatías o críticas que puedan suscitar, ambos muestran lo que ocurre cuando desaparece la alternancia política. La concentración prolongada del poder dificulta la corrección de errores, limita la capacidad de adaptación institucional y termina generando tensiones económicas y sociales de gran magnitud. La historia enseña que las sociedades suelen prosperar más cuando poseen mecanismos democráticos que permiten corregir rumbos sin necesidad de rupturas traumáticas.

Estos ejemplos demuestran que los pueblos rara vez permanecen indefinidamente en una misma posición ideológica. Más bien reaccionan ante los resultados concretos de las políticas públicas y ante las necesidades que perciben como más urgentes.

Precisamente por ello resulta pertinente examinar las fortalezas y debilidades de las dos grandes corrientes que continúan disputándose la conducción política de la región.

La derecha suele enaltecer a los pueblos cuando fomenta la inversión, la creación de riqueza, la estabilidad monetaria, la seguridad jurídica y el respeto a la iniciativa individual. Gracias a estos elementos numerosas sociedades han logrado incrementar su productividad, atraer capitales y generar oportunidades de empleo.

Sin embargo, la derecha puede perjudicar a los pueblos cuando olvida que el crecimiento económico no siempre se distribuye de manera equitativa. Cuando las políticas públicas favorecen excesivamente la concentración de riqueza o reducen la capacidad de ascenso social de los sectores más vulnerables, surgen tensiones que terminan debilitando la cohesión nacional.

La izquierda, por su parte, suele enaltecer a los pueblos cuando promueve la inclusión social, amplía oportunidades educativas, fortalece los sistemas de salud, protege a los trabajadores y procura reducir desigualdades históricas.

No obstante, también puede perjudicarlos cuando debilita los incentivos para la producción, genera una dependencia excesiva del Estado, incrementa de manera desproporcionada el gasto público o limita libertades fundamentales en nombre de objetivos políticos superiores. La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de estos riesgos.

Ambas corrientes poseen virtudes y defectos. Ambas han producido éxitos y fracasos. Ambas han contribuido al desarrollo de las naciones y han protagonizado episodios lamentables.

Quizás el verdadero desafío de América Latina no sea escoger entre derecha e izquierda, sino construir instituciones capaces de aprovechar las fortalezas de ambas tradiciones y limitar sus excesos.

La experiencia histórica latinoamericana permite observar otro fenómeno: nuestros fracasos rara vez pueden atribuirse exclusivamente a una doctrina económica. A lo largo de dos siglos hemos conocido gobiernos conservadores, liberales, reformistas, populistas, socialistas, nacionalistas y tecnocráticos. Sin embargo, problemas como la corrupción, el clientelismo, el personalismo político, el caudillismo y la debilidad institucional han sobrevivido a todos ellos.

Desde los tiempos de la Independencia, América Latina ha oscilado entre diversos proyectos políticos, muchas veces inspirados en nobles ideales y otras en legítimas aspiraciones de progreso. No obstante, las dificultades para construir instituciones sólidas, independientes y duraderas han limitado con frecuencia los resultados esperados. Los gobiernos cambian, las ideologías se alternan y los líderes se suceden, pero las deficiencias institucionales suelen permanecer.

Tal vez la principal lección de nuestra historia sea que las ideas importan, pero las instituciones importan aún más. Ningún modelo económico puede alcanzar plenamente sus objetivos cuando la justicia es débil, la administración pública carece de eficiencia, la corrupción erosiona la confianza ciudadana o las reglas del juego cambian constantemente.

Por ello, el verdadero desafío latinoamericano no consiste únicamente en decidir cuánto mercado o cuánto Estado necesita una nación. Consiste, sobre todo, en construir instituciones capaces de garantizar estabilidad, transparencia, seguridad jurídica y oportunidades para todos los ciudadanos, independientemente del partido o de la ideología que ocupe temporalmente el poder.

Los pueblos necesitan mercados dinámicos que generen riqueza, pero también Estados eficientes que garanticen oportunidades. Necesitan libertad económica, pero también justicia social. Necesitan inversión privada, pero también educación pública de calidad. Necesitan seguridad, pero también libertades ciudadanas. Necesitan crecimiento, pero también inclusión.

La experiencia histórica parece demostrar que ninguna ideología posee el monopolio de la verdad.

Las naciones progresan cuando logran armonizar libertad y responsabilidad, mercado y solidaridad, crecimiento económico y dignidad humana.

Por eso, más que preguntarnos si América Latina gira hoy hacia la derecha o hacia la izquierda, quizás debamos preguntarnos si algún día conseguirá avanzar hacia algo más importante: la sensatez política, la fortaleza institucional y el bienestar de sus ciudadanos.

Los pueblos cambian de gobiernos esperando encontrar soluciones; las naciones progresan cuando logran construir instituciones capaces de sobrevivir a los gobiernos.

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