La Barahona Sugar Company y las gestiones para establecer una oficina consular estadounidense en Barahona (1921)

Por Carlos Manuel Diloné

A comienzos de la década de 1920 el valle de Neiba se encontraba en pleno proceso de transformación económica como consecuencia del establecimiento de la Barahona Sugar Company, empresa vinculada al capital estadounidense que desarrollaba un amplio proyecto azucarero basado en la irrigación, la construcción de una factoría moderna y la organización de extensas plantaciones de caña.

El rápido crecimiento del proyecto, acompañado de la importación de maquinaria y materiales desde los Estados Unidos y de la futura exportación de grandes volúmenes de azúcar, llevó a la empresa a plantear ante el gobierno estadounidense la necesidad de establecer una representación consular en el puerto de Barahona. Tres documentos conservados en los archivos del Departamento de Estado permiten reconstruir estas gestiones realizadas en julio de 1921.

En una carta fechada el 6 de julio de 1921, enviada desde Nueva York por la West India Sugar Finance Corporation al Departamento de Estado, el tesorero de la Barahona Sugar Company, Howard J. Pullum, expuso la magnitud del proyecto que se desarrollaba en el valle de Neiba. Según señalaba, la empresa había invertido hasta ese momento aproximadamente 9 millones de dólares, cifra que podría alcanzar 15 millones de dólares una vez completado el desarrollo.

El documento también ofrecía una imagen clara del impacto económico y demográfico que el proyecto comenzaba a producir en la región. La empresa empleaba ya alrededor de cinco mil trabajadores, mientras que la población de Barahona, estimada entonces en unos mil quinientos habitantes[1], se esperaba que aumentara entre dos mil y tres mil personas como consecuencia directa de la actividad azucarera.

Pullum subrayaba además la importancia estratégica que adquiriría el puerto de Barahona para el comercio internacional. Una vez iniciadas las operaciones de la fábrica, la compañía preveía exportar hacia los Estados Unidos entre cuatrocientos mil y quinientos mil sacos de azúcar, lo que implicaría un intenso movimiento marítimo y comercial.

Sin embargo, el desarrollo de estas operaciones enfrentaba una dificultad significativa: la ausencia de un agente consular estadounidense en Barahona. La empresa señalaba que esta carencia complicaba el manejo de sus negocios, especialmente en lo relativo a las gestiones marítimas y comerciales vinculadas al tráfico de buques. Por tal motivo, solicitaba formalmente al Departamento de Estado el establecimiento de una agencia consular estadounidense en Barahona, proponiendo para ocupar el cargo al señor John J. Farrell, empleado de la propia compañía.

La respuesta del Departamento de Estado llegó pocos días después. En una comunicación fechada el 14 de julio de 1921, firmada por Wilbur J. Carr, director del Servicio Consular, se informó a la empresa que el gobierno estadounidense generalmente evitaba establecer agencias consulares dirigidas por funcionarios no profesionales, como habría sido el caso de Farrell. No obstante, el Departamento reconocía la importancia de los intereses estadounidenses involucrados en el desarrollo del valle de Neiba y comunicaba que había iniciado una investigación sobre el asunto, prometiendo informar posteriormente la decisión adoptada.

Ese mismo día, el Departamento de Estado envió una instrucción al vicecónsul estadounidense en Santo Domingo, en la que se le solicitaba investigar la situación en Barahona. En esta comunicación se explicaba que la Barahona Sugar Company estaba realizando un amplio proyecto de desarrollo en el valle de Neiba y que había manifestado su preocupación por la ausencia de representación consular estadounidense en el puerto.

El Departamento indicaba que, aunque normalmente se oponía al establecimiento de nuevas agencias consulares sin una necesidad claramente demostrada, estaba dispuesto a considerar la medida cuando la protección o el avance de los intereses estadounidenses lo hicieran indispensable. Por ello se instruía al funcionario consular a realizar una investigación y presentar un informe sobre tres aspectos fundamentales: la necesidad real de una oficina consular en Barahona, la conveniencia de asignar un funcionario consular profesional y la posible designación de John J. Farrell u otra persona para ocupar el cargo.

Estos documentos revelan que el establecimiento del ingenio Barahona no solo tuvo consecuencias económicas y sociales en el suroeste dominicano, sino que también generó gestiones diplomáticas directas entre la empresa y el gobierno de los Estados Unidos. La magnitud de la inversión, el volumen proyectado de exportaciones y la creciente presencia de capital estadounidense en la región llevaron a considerar la creación de una representación consular en Barahona, lo que ilustra el estrecho vínculo existente entre la expansión de la industria azucarera y la política consular estadounidense en el Caribe durante las primeras décadas del siglo XX.


[1] Al parecer Howard J. Pullum no disponía de los datos oficiales del Censo de 1920, que registró para la ciudad de Barahona una población de 3,826 habitantes, cifra significativamente superior a la estimación presentada en su comunicación al Departamento de Estado.

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