Por Welnel Darío Féliz
Hace algún tiempo fui testigo de la exaltación de una persona cuya base del homenaje fueron sus aportes como gestor cultural. Posteriormente leí varios escritos que hacían referencia a los mismos. Las voces de su familia y de algunos le proyectaron en las esferas de su colectivo. Reflexioné detenidamente sobre lo que acontecía, asumí posiciones neutrales y seguí los acontecimientos.
Sabía de primera mano el camino recorrido por la persona. Conocía muy bien las críticas sociales que en su momento surgieron a ciertas gestiones y a su posición en la comunidad; también, cómo reaccionó contra algunos que sí realizaban tales labores; cómo proyectó actuaciones para afectar, tanto personalmente como a la actividad. Sobre los mismos poseía documentos: fotos, publicaciones, cartas y uno u otro testimonio.
Lo último es el pasado. lo ocurrido, lo inmutable, lo documentado, que quedó plasmado en el tiempo y con resultados tangibles. Lo primero es la historia, esa interpretación que algunos dieron a actuaciones del personaje, incluyendo, naturalmente, su propia familia, quienes transmitieron todo tipo de benevolencias y características, aun sin tenerlas. El resultado de esa historia es el homenaje. Algunos o no sabían, olvidaron o quisieron olvidar lo vivido: entonces llegó la tergiversación.
La historia es la ciencia que estudia el pasado, estableciendo una relación causa y efecto de los acontecimientos, lo que permite conocer el presente. La fuente de la historia es el documento. Para poder lograr la transmisión de ese pasado es necesario el respeto por la fuente y aplicación de la crítica sobre los mismos. Es ciencia, y guste o no al investigador y al receptor, debe dar a conocer lo más fiel posible tales procesos, de lo contrario se estaría frente a una transmisión incorrecta y distorsionada del conocimiento, en una manipulación del escrito para que encaje en la ideología o el interés.
Control social a través el relato
El tratamiento de los procesos históricos va más allá de tales premisas. De hecho, no solo con la distorsión se persigue construir un pasado inexistente, pero que se apegue a la intención y los objetivos, sino convertirla en herramienta de control social, lo que deja atrás la objetividad y el aprendizaje. Asimismo, permite la construcción de enemigos y actuaciones imaginarias, sin importar las conexiones, las estructuras y el devenir social. No solo se fomenta la falsedad y la ficción, sino fenómenos sociales que rayan en el racismo y la exclusión.
El efecto a largo plazo es la confusión. No solo provoca la sensación de una identidad incompleta, sino que puede resultar en anomia social. Bajo tales situaciones, la historia como comprensión del presente surte un efecto a contrario, pues no se trata de una realidad resultante de la evolución social, sino de una construcción de esa realidad, alejada de su propia identidad. Se convierte en un espejo.
Ejemplos en la historiografía dominicana
1. El engavetamiento del Himno Nacional
La historiografía dominicana posee miles de ejemplos de esa manipulación. De hecho, muchos de los procesos históricos estudiados tienen más de discursos que de análisis documentados, más de manipulación de las fuentes que la transmisión científica de lo acontecido. Un ejemplo de esta la podemos encontrar en el trabajo Apuntes para la historia del himno nacional dominicano de Aristides Incháustegui. Este, en el análisis sobre la aprobación de la oficialización del himno nacional que se realizó en 1897 indica que, ante la propuesta formulada por el diputado Rafael García Martínez, la comisión presentó informe el 7 de mayo, y un mes después se discutió, el 7 de junio, aprobando el mismo por mayoría de votos. A seguidas, concluye: “Después de unas discusiones tan apasionadas e interesantes, lo normal hubiese sido que el Poder Ejecutivo (presidente de la República), promulgase lo acordado por sus diputados (el Senado había desaparecido con la Reforma Constitucional de 1879 y reapareció con la de 1908). Ulises Heureaux (Lilís), ni promulgó, ni vetó, simplemente… engavetó. ¡Tan bien lo hizo, que no fue sino hasta 37 años después que el Poder Ejecutivo (ya para entonces: Trujillo) declaró oficial el Himno de Reyes y Prud’homme!” (pág. 25). Inchaustegui fue capaz de especular las razones de la no oficialización: “a) el disgusto de Lilis con Prud’homme, quien había desarrollado una gran labor de concientización desde el magisterio en Azua, labor que no dejaba bien parado al dictador; y b) la publicación del Himno de Reyes con letra de Federico Henríquez y Carvajal en la revista Letras y Ciencias Núm. 116, del 27 de febrero de 1897, con el Escudo Nacional y visos de oficialidad”.
El análisis de Inchaustegui, que sigue a lo explicado por José de Jesús Ravelo en su Historia de los Himnos Dominicanos, obvia, por ejemplo, que la Constitución disponía que la aprobación de todo proyecto debía realizarse en tres sesiones, con un intervalo de un día por lo menos, y al ser recibido por el presidente de la República debía promulgarlo u observarlo. Asimismo, señaló que se engavetó en el palacio y dejó entrever a que fue Trujillo quien lo promulgó. Tan arraigado esta este criterio que los discursos actuales sobre el himno nacional relatan tales acontecimientos sin ambages: se posicionan en el pesimismo y en el sensacionalismo, los que tocan fibras sensibles entre los dominicanos, ante un símbolo patriótico de tal magnitud. Las preguntas sobre tal desidia apuntan al lamento y al mismo tiempo a la reivindicación y apego del canto patrio, en tanto experimentó los vaivenes de la política y el polvo de una gaveta durante 37 años. Las especulaciones de Inchaustegui se convirtieron en un documento.
Nada más falso y manipulado. Inchaustegui no explicó con certeza el destino final del Himno, su aprobación en las sesiones siguientes ni lo acontecido posteriormente en Palacio. Rafael Trujillo sometió la iniciativa al Congreso por la vía del Senado el 3 de mayo de 1934, cámara que la aprobó de urgencia el 22 del mismo mes y la remitió a la Cámara de Diputados el mismo día. Esta, con un procedimiento similar la aprobó el día 29 del mismo mes. Trujillo no la despolvó de una gaveta. El contenido de la ley de 1934 es totalmente diferente a la aprobada por el Congreso en 1897.
2. Invenciones sobre la dominación haitiana.
Otro ejemplo lo podemos encontrar en el libro Historia Social de la Dominación Haitiana (1822-1844) de Olivier Batista Lemaire. Este trabajo, tan elogiado por historiadores de reconocimiento público y un dilatado ejercicio científico, posee consideraciones dignas de observar. En su página 191 el autor trae la noticia sobre una conspiración atribuida a León Alcaide y Agustín Acosta. Su fuente es una sentencia dictada el 23 de octubre de 1823. Esta fue publicada por el Boletín del Archivo General de la Nación. Él llama a los condenados “soldados de base”. Concluye que, por su conspiración, Alcaide fue condenado a dos años de prisión y a 500 gourdes de multa y Acosta al destierro. A partir de esta narrativa y sin que la sentencia haga lo mencione, el autor especula que “Probablemente, esos dos soldados eran ex esclavos recién liberados y obligados a formar parte de una unidad a fin de cuentas represiva, cuyos mandatos de trabajos compulsivos los concernía”.
Previo a esta conclusión señaló, como conexión de la misma: “Como veremos luego, la gendarmería fungirá como una unidad policial para vigilar e instar a los trabajadores el campo a producir a partir de una disciplina vejatoria. Los rangos bajos eran a su vez movilizados como soldados cultivadores”. En un abrir y cerrar de ojos el autor concluyó que los dos condenados eran gendarmes, negros o mulatos, que estaban vejados por el sistema y que eso los motivó a la conspiración. En tal sentido, expresó: “La movilización por la fuerza de habitantes civiles y soldados había comenzado”.
La sentencia señala otras cuestiones. Esta no hace distinción de color o raza, no indica causas ni vejaciones ni tampoco se refiere a condiciones de la gendarmería. Lo peor es que de los dos señalados como militares solo uno lo era: León Alcaide, condenado no por conspirador, sino porque no denunció la noticia que recibió de que Acosta iniciaría una conspiración. Las pesquisas no llegaron más lejos de aprehensiones de una intención conspirativa, sin conexiones entre los condenados ni ninguna otra persona. Así, no existía, a partir de la sentencia, una organización articulada ni logística rebelde colectiva. El autor acude constantemente a estos acontecimientos para asociarlos a otras situaciones ocurridas en varios lugares. Realiza una conexión imaginaria y justificativa, una inferencia. Persigue crear la ilusión de un movimiento nacional organizado.
Este tipo de discurso es particularmente epidíctico, en tanto tiene como objeto proyectar la idea de que en el período se sucedieron acontecimientos opositores que denotaban la animadversión del pueblo contra los haitianos. Se trata, en sí mismo, de presentar cualquier incidente como un rechazo unánime de los dominicanos hacia los haitianos. Con tales consideraciones se termina por desfigurar los procesos para alimentar el mito fundacional y proyectar una resistencia constante durante de los 22 años de dominación haitiana.
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