La crisis Dominico-Haitiana. Una bomba de tiempo a punto de estallar.

Por José A. Mateo Gil.

06 de noviembre 2021

La historia dominicana, no se puede escribir sin antes estudiar el fenómeno de la realidad haitiana, que a partir de 1844 tuvo que hacerse dueña de su propio destino. Como resultado de la independencia nacional, quedó conformada la República Dominicana en la parte oriental de la isla, y la República de Haití en la parte occidental. A partir de entonces, en ambos pueblos, se inicia un proceso de definición y fortalecimiento de sus instituciones, hábitos, costumbres, rasgos culturales, creencias religiosas, entre otras características propias de una nación en período de formación.

Es en este contexto, que 177 años después de nuestra separación de Haití, el pueblo dominicano, producto de su visión de nación libre y soberana, logra dar un salto gigantesco desde punto de vista del desarrollo y fortaleciendo de sus instituciones. Luego de restauración de la república, las actividades económicas se dinamizan. Es precisamente durante este período 1880 – 1890 que se dan las primeras relaciones de producción pre capitalistas. La rudimentaria industria azucarera se convierte en el pilar de la economía de la época. La producción de tabaco, cacao y café impulsaron también lo que hoy somos como nación. Una economía fuerte, con instituciones, que dentro de las limitaciones del subdesarrollo, funciona de manera satisfactoria.

En cambio, Haití, que en su momento fue considerada como la potencia económica del caribe, se quedó rezagado. Explotaron de manera inmisericorde la industria maderera, depredando la parte occidental de la isla. El liderazgo político no se preocupó por fortalecer sus instituciones, convirtiéndose así, en el pueblo que hoy conocemos. Un conglomerado humano, con una cultura de depredación y destrucción, que no produce nada y vive de las remesas de su diáspora, y de las ayudas que reciben de la comunidad internacional.

Esta situación, en la que los lideres haitianos han sometido a ese pueblo, los ha convertido en la nación más empobrecida del hemisferio. Con una población de alrededor de 11 millones de habitantes, en 27 mil Kilómetros cuadros. La deprimida economía haitiana no produce los recursos mínimos necesarios para solventar las múltiples necesidades de su gente. Razón por la cual, a lo largo de la historia, sus líderes motivan a los ciudadanos para que busquen mejor suerte en las naciones vecinas, muy especialmente, en la República Dominicana con quien comparte la isla. Siendo ésta, la causa principal de los problemas migratorios en nuestra frontera, y que ha causado tantos problemas a nuestro país.

La industria azucarera de la República Dominicana, desde principios del siglo pasado, utilizó la mano de obra haitiana para la explotación de las grandes plantaciones de caña de azúcar. Los ingenios azucareros dominicanos reclutaban la mano de obra haitiana . Sin embargo, esta importación de braceros del vecino país se hacía de manera organizada, mediante contratos que se cumplían al pie de letra. Desafortunadamente, de un tiempo a esta parte, luego de la decadencia de la industria de la caña, la migración haitiana se ha convertido en un desorden generalizado. Se han desplazado a otros sectores de nuestra economía, como lo es la agricultura y la construcción. La demanda de mano de obra en dichos sectores constituye un atractivo que acelera la migración del pueblo haitiano hacia nuestro país. Debido a la crisis económica que los sacude, ellos ven como única salida a su situación personal, cruzar la frontera para desde República Dominicana mantener a su familia.

Ante este panorama tan sombrío que se manifiesta a lo interno de la sociedad haitiana, en el orden económico, político y social, las autoridades de esa nación perdieron el control y el principio de autoridad para detener los actos vandálicos y el crimen organizado que se ha enquistado en la base social de esa comunidad. Los secuestros, los asesinatos, y el hambre se ha apoderado de ese pueblo, poniendo en riesgo la paz imperante en la región del caribe. La República Dominicana no es culpable de la desgracia de Haití. Nuestros orígenes definen el carácter de la personalidad de cada uno de los habitantes de ambos pueblos, que aunque comparten el mismo territorio tienen hábitos, costumbres, creencias religiosas, idiomas y culturas totalmente distintas. Esas diferencias ancestrales de un país, con instituciones fuertes, seguridad jurídica para la inversión extranjera, con una economía pujante con un presupuesto anual de más de mil millones de pesos al año, como lo es la República Dominicana, jamás se puede comparar con un pueblo gobernado por un estado fallido, carente de instituciones que funcionen, donde las pandillas organizadas se han apoderado del control de las calles, creando la industria del secuestro como actividad generadora de recursos. Hoy, aunque nos duela decirlo esa es la triste realidad Haití.

La República Dominicana, ha sido una nación extremadamente solidaria con los vecinos haitianos. Le hemos dado más de lo que estamos en capacidad de dar. No obstante, a ese espíritu humanitario del dominicano, el cuerpo diplomático de esa «nación» no reconoce nuestra iniciativa de desprendimiento y colaboración. En los foros internacionales nos acusan de racistas, de practicar la apátrida a sus conciudadanos, y lo peor de todo, nos están invadiendo de manera silenciosa y sutil. Amenazando por demás, con organizar multitudinarias caravanas para cruzar en masa la frontera, como último recurso de consumar sus sueños y aspiraciones.

La reciente reacción del Presidente Abinader, con la suspensión del viaje a Europa donde se reuniría con sus homólogos, con la participación del Presidente de los EEUU, no fue producto de la casualidad. El Presidente es el hombre mejor informado de la nación, por lo que saludamos su decisión de poner atención a lo que representa la crisis haitiana, y la posible consecuencia para la República Dominicana. Las valientes medidas tomadas por Abinader, hablan muy bien de su interés en preservar la paz en la región. Que nada haga dudar a nuestro mandatario para que defienda, con las medidas que sean necesarias la soberanía nacional. Conviértase usted señor Presidente en el centinela moderno de nuestra frontera. Sin perder de vista, que la crisis haitiana es un problema de todos, no es exclusivo de la República Dominicana, tal como usted lo ha manifestado en los foros internacionales en que ha participado.

En ocasiones anteriores hemos plantado que la República Dominicana y Haití son dos alas de mismo pájaro. Que no existe forma humana de cambiar esa realidad. Pero las diferencias culturas de estos dos pueblos que comparten el mismo territorio, tiene necesariamente, que ser reconocida por la comunidad internacional, para que los aprestos unificadores que mentes calenturientas promueven sean sepultadas de una vez y para siempre. Esas pretensiones, lejos de ser una vía de solución al problema de Haití, es un ente generador de conflictos.

La OEA, conjuntamente con EEUU, Canadá y Francia, deben de encabezar la búsqueda de una solución económica y diplomática que beneficie a ambos pueblos. El primer paso para la puesta en marcha de esta iniciativa, necesariamente tiene que ser mediante la realización de un censo que facilite, no solo dotar de un documento a sus ciudadanos, sino que arroje la información necesaria para organizar ese país. Para los dominicanos, Haití debe ser una oportunidad de negocios. Para los haitianos, la República Dominicana debe ser un aliado estratégico para impulsar su desarrollo.

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