¡NO HAY REVANCHA!

Por: Dr. Rafael Leónidas Pérez y Pérez

Adolescentes, Juan Mané y yo adquirimos conocimiento de pintura artística.

Juan por correspondencia en Articiencia de la capital, y yo a través de las clases que me impartiera el afroamericano Lorenzo Young en Duvergé (queriendo profundizarlo por correos, con la Continental School de Los Ángeles, California, EE.UU.).

Recuerdo cuando en cierta Semana Santa, Lorenzo Young, Eduardo Sarraff y quien esto escribe (Eduardo y yo éramos muchachos), nos dispusimos hacer un dibujo al carboncillo, de un bello paisaje conformado por un bosquecito de robles, en el o por el potrero de Quimito en la proximidad del río Las Damas.

Me llamó la atención que nos invitara el seglar Lorenzo Young a dibujar en Semana Santa, tiempo de reflexión, de recogimiento espiritual, y le pregunté contestándome que eso no era contravenir la conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, porque con dibujar, pintar en sana paz la belleza de la naturaleza hecha por Dios, no estábamos pecando.

Honda reflexión la de Lorenzo Young manifestada en su respuesta que me dejó satisfecho.

Lo que no me dejó satisfecho fue cuando tiempo después, de buena fe en el parque central de nuestro pueblo, le mostré a Juan Mané, mi amigo y compañero en el bachillerato; un dibujo al carboncillo de la joven que yo admiraba en esos momentos,  y me arrebató el dibujo y salió huyendo por detrás del Destacamento de la Policía Nacional, no pudiéndolo alcanzar.

Esa actitud de Juan Mané me causó rabia.

Fui a su hogar buscando el dibujo, le expliqué a su abnegada madre la profesora Lela lo que pasaba y me dijo que su hijo no estaba y que ella no sabía nada.

Después de mi insistencia y hasta enterados mis padres de la situación, días después Juan me devolvió el dibujo que hice llegar a mi admirada a través de una amiga común (esta obra artística llegó más tarde, a la capital al hogar de una tía paterna de la causante de mis embelesos, y por ahí se perdió…).

Juan nunca se excusó ni se ha excusado por lo que me hizo, ni aun con la devolución de la obra. Esta devolución no zanjó las diferencias entre ambos en ese entonces, que él causó.

Ya los amigos míos y de Juan, en la ciudad sabían de lo acontecido y que yo no estaba contento con él.

En cierta ocasión, en la cancha deportiva municipal, mojada ese día por la lluvia caída, Jorge Messin (travieso a la sazón como el que más) y otros, llevaban a cabo una «cartelera boxística».

Los adolescentes con enormes guantes de este deporte, que nunca he sabido de dónde salieron; se daban «fundados».

Por coincidencia Juan Mané y yo nos encontramos en el sitio y enseguida empezó «la juchadera».

_¡A que no se ponen los guantes!

_¡A que sí!

El ego de Juan y el mío nos llevó a quitarnos las camisas y ponernos esos enormes guantes de boxeo que tenían de fama que «ajumaban» cuando se le daba a alguien un golpe en la cara con ellos.

¡Dos púgiles peso «enclenque» , digo peso «mímere» (así llaman en Duvergé al Mime), digo quizás peso «mosca» (Juan me llevaba unas dos libras más o menos de peso y es algo más alto que yo), estaban cuadrados!

¡Y empezó la pelea!

Nos tiramos y nos rozamos con los pesados guantes y Juan resbaló con un charquito formado por la lluvia caída, perdiendo el equilibrio y la concentración en mí (siendo yo niño, a mi tío Luis Manín vi con suma atención, practicar varias veces sus lecciones de boxeo en el patio de la vivienda de su progenitora, mi abuelita materna, cerca de frondosos almácigos, con «contrincantes» escogidos), lo que aproveché para darle (no sé de dónde saqué tanta fuerza) un guantazo demoledor en la cara y ¡plum!, ¡cayó Juan de bruces!

Fui declarado vencedor.

Juan era un volcán en erupción por su tremendo «pique» producto de su vergonzante derrota.

Él quería revancha ahí mismo… y con un vozarrón le expresé: ¡No hay revancha!

Juan y yo en la época actual, somos buenos amigos. Tanto es así que al solicitarme ayuda en cierta ocasión para que su esposa pariera dentro del Plan de Acción Cívica de las FF.AA., en el Hospital Central de las FF.AA. y P.N. en ese tiempo, se la ofrecí enseguida en mi calidad de Sub-Director Técnico-Administrativo de dicho centro de salud castrense, y se convirtió en un feliz padre…

Y con mucho afecto, hablamos ocasionalmente aquí en la capital Juan Mané y yo, aunque todavía no me ha dicho por qué me arrebató aquella vez el referido dibujo al carboncillo de la joven señorita por mí admirada.

Esa actitud de Juan relacionada con el dibujo, yo hace mucho se la perdoné.

Con juicio externado aquí, queda todo tácito o sobrentendido…