Por Carmen Elena Guzmán de Diloné
Escribir en este momento es escribir con el alma hecha pedazos. El corazón se me cubre de luto, los ojos se inundan de lágrimas, y las palabras apenas logran abrirse camino entre el dolor. Sin embargo, rendir tributo a nuestra madre amada es también una manera de transformar el sufrimiento en memoria agradecida. Hoy sabemos que su morada eterna es el cielo, y desde allí continuará amándonos con la ternura que siempre nos regaló.
Amar no es un instante: es una construcción diaria, un tejido que se fortalece con cada gesto y con cada palabra. Dayse Amalla Guzmán de Hernández, mi madre adorada, nos enseñó ese amor con la paciencia de los días y la constancia de los años. Con su voz dulce, con sus llamadas siempre oportunas, con la memoria atenta que jamás olvidaba un cumpleaños, nos hizo sentir la dicha de ser parte de su corazón. Y con una fe inquebrantable en Jesús, nos guio por los caminos del Evangelio, mostrándonos que la vida encuentra su sentido en Dios.
Hoy nos duele hasta lo más hondo reconocer que esa voz se ha apagado en esta tierra. Ha partido serena, dormida en la paz del Señor, entregando su alma a los brazos del Creador. Y aunque sabemos que el único puerto seguro de la vida es la muerte, nuestro amor querría detener el tiempo, alargar su presencia, abrazarla un día más. Por eso lloramos, porque no hay despedida que no sea amarga cuando se ama tanto.
El duelo que nos envuelve es un recordatorio de lo frágiles que somos. Apenas nacemos, y ya la vida comienza a prepararnos para este momento en que debemos entregar a quienes amamos. Sin embargo, la fe nos sostiene: creemos que nuestra madre camina ahora hacia la eternidad con su lámpara encendida, y que el Dios de misericordia la recibe sin demora en su reino de amor.
Sí, la tumba detiene los sueños, congela los deseos, apaga los anhelos. Pero no puede extinguir la esperanza. Porque la fe nos enseña que la muerte no es final, sino tránsito. La religión, manantial de consuelo, nos recuerda que al despedirnos de los que amamos, no pronunciamos un adiós definitivo, sino un hasta luego. Esa certeza alivia nuestra desesperación y nos permite mirar hacia lo eterno con los ojos humedecidos, pero firmes en la esperanza.
Madre querida, madre de mi alma: gracias por tanto amor, por tanta fe, por tanto ejemplo. Tu partida nos desgarra, pero tu recuerdo será fuerza y ternura en cada uno de nuestros días.
¡Te amo, mami! ¡Te extrañaré hasta el último instante de mi vida!
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