Por Carlos Manuel Diloné
14 de septiembre 2025.
Ayer tuve el privilegio de asistir al Centro Cultural Perelló de Baní para acompañar a dos grandes poetas barahoneros: mi hermano Juan Matos, a quien considero el poeta más profundo y depurado de toda la geografía nacional, y mi amigo Jean Elías García Vólquez, un laborioso sembrador de versos que viene labrando con paciencia el terreno de la poesía dominicana.
Jean Elías presentó su poemario Entre la soledad y yo, obra en la que abre las compuertas de su intimidad para dejar correr emociones y sentimientos, tejidos con las experiencias de una sociedad que a veces excluye y otras tantas se muestra indiferente. Su poética, sin embargo, logra transformar esas tensiones en hilos comunicacionales capaces de acercarnos a los movimientos del alma. Jean Elías escribe desde lo cotidiano, desde las grietas de lo real, y nos conduce hacia un lugar donde la palabra se convierte en espejo y refugio.
Pero quiero hacer un alto para adentrarme en la poética de Juan Matos, cuya voz lírica se ha consolidado como una de las más sólidas, consistentes y necesarias de nuestro tiempo. Su poesía es un crisol donde se funden la experiencia vital y la conciencia crítica, la raíz popular y la altura estética. Juancito, como le llamamos con afecto, no escribe desde la comodidad de una torre de marfil, sino desde la fragua ardiente de la vida, donde se cuecen los dolores y las esperanzas de los pueblos.
Cada poema suyo es un gesto de desvelo por el otro, por los olvidados, por quienes han sido despojados de la tierra, del pan y de la voz. Él no se limita a registrar la injusticia: la confronta con palabras que iluminan, con imágenes que denuncian y redimen. Y como él mismo ha expresado en Labrador de palabras:
“Todos ellos, Fernando, llevaron en la piel a los otros fernandos que paralelamente somos y seguiremos siendo, atados al cordón umbilical de la epopeya bateyera.”
Ese verso, que habla desde la entraña del Batey Central, condensa el espíritu de su obra: una poesía que no se desentiende de la memoria, que acompaña a los suyos y que se planta como testimonio y conciencia colectiva.
Juan Matos posee además un don raro: el de la oralidad que vibra. Cuando lee sus versos, no solo recita; encarna la poesía con la voz y con el gesto, convirtiendo cada lectura en un acto de comunión. Su tono sobrio y a la vez encendido multiplica el alcance de sus poemas, que son a la vez cuchillo y bálsamo, herida y consuelo. Su escritura nos recuerda que la poesía no es ornamento, sino herramienta de conciencia, un modo de dar cuerpo al sufrimiento colectivo y de elevarlo al rango de belleza transformadora.
Esa es la poesía que conmueve y que permanece: la que nos sacude, la que nos invita a la reflexión profunda, la que abre horizontes de sentido y nos convoca a unir voluntades para un mundo distinto, menos indiferente, más humano.
Por eso, estar presente ayer en Baní fue más que asistir a un acto literario. Fue ser testigo de la vitalidad de la palabra barahonera, de la fuerza de una provincia que reclama día tras día su espacio en el espectro cultural de la nación. Ver a Juan Matos y a Jean Elías García representar a Barahona en un escenario nacional me llenó de orgullo y de la certeza de que nuestra tierra, tantas veces marginada, tiene en sus poetas la voz que la dignifica y la defiende.

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