Tiempos que se van no vuelven

Memoria afectiva de una generación barahonera

Por el Dr. Luis Pichardo Matos
Médico barahonero · Testigo de una generación


Prólogo

Este texto nació donde hoy nacen muchas cosas importantes: en la conversación cotidiana, en el flujo espontáneo de un grupo de WhatsApp. No fue pensado como libro ni como artículo. Fue, primero, memoria que desbordaba.

Un médico barahonero —formado en la vida, en la universidad y en el trato directo con las personas— comenzó a nombrar. Y al nombrar, reconstruyó una época. Cada nombre convocó un rostro; cada rostro, una calle; cada calle, una historia. Así fue apareciendo, sin proponérselo, el retrato coral de una generación.

El valor de este testimonio no reside en la exactitud académica ni en la cronología perfecta, sino en algo más escaso: la verdad afectiva. Aquí no se recuerda para brillar ni para ajustar cuentas, sino para no dejar que el tiempo borre lo vivido.

Esta edición no pretende corregir la memoria, sino rescatarla del olvido digital, ordenarla y ofrecerla como lo que es: un documento humano, social e histórico. Un acto de gratitud.

Porque los tiempos se van.

Y si no se nombran, no vuelven.


Resumen

Tiempos que se van no vuelven es una crónica testimonial construida desde la memoria personal y colectiva de una generación barahonera. A partir de recuerdos sociales, culturales, médicos, educativos y políticos, el autor reconstruye la vida cotidiana de Barahona desde mediados del siglo XX, poniendo énfasis en los vínculos humanos, la vocación profesional, las pérdidas irreparables y el compromiso comunitario. El texto, surgido originalmente en el ámbito informal de la conversación digital, es rescatado aquí como documento de memoria histórica y afectiva, donde nombrar se convierte en un acto de justicia frente al olvido.


Palabras clave

Memoria colectiva · Barahona · Crónica testimonial · Historia social · Medicina · Identidad local


La memoria que despierta

Tiempos que se van no vuelven.

Esa es una gran verdad.

El pasado 31 de diciembre, mientras el año se despedía, regresaron a mi memoria escenas que parecían dormidas pero intactas: la fiesta de Fin de Año en el Hotel Guarocuya, los abrazos largos, la emoción contenida, el maestro de ceremonias subiendo a la tarima para anunciar el nuevo año, y ese instante exacto en que todos sentíamos que algo comenzaba otra vez.

Cuántos recuerdos caben en una noche.


I. El Guarocuya y la vida social de una época

El Hotel Guarocuya fue más que un lugar: fue un punto de encuentro, un ritual colectivo.

Allí sonó el Combo Show de Johnny Ventura; allí vimos a Luisito Martí desplegar su talento como actor; allí Anthony Ríos nos envolvió con su voz romántica y sus letras cargadas de sentimiento. Y cómo olvidar a Fausto Rey, con ese canto privilegiado que invitaba al romance sin pedir permiso.

Cuántos lindos recuerdos guarda el Guarocuya.

El Centro Sirio-Libanés también marcó época, con sus invitados favoritos para las fiestas: Félix del Rosario y sus Magos del Ritmo. Don Frank Cruz como cantante —Don Frank, siempre Don, por el respeto que se le debe— y aquel duelo amistoso entre Manzo y el propio Félix del Rosario, disputándose quién tocaba mejor el saxofón. Música, elegancia, alegría compartida.

Otra fiesta inolvidable fue cuando los Hermanos Rosario tocaron en el Country Club del Batey Central. Recuerdo al compadre Alcy, que hizo buena amistad con Francy, bailarina y figura al frente de la orquesta. Aquella madrugada Francy dijo tener hambre; la cocina del club había cerrado, pero no sé cómo —en esas noches siempre aparecía una solución— alguien consiguió fritura y el problema quedó resuelto.

Años después atendí a su madre en el Centro Médico Dominicano. Le hice la historia clínica y, al recordar aquella anécdota, se rió muchísimo. Para entonces ya era evangélica y se había alejado de la música. Así es la vida: giros que nadie anticipa.

Cuando digo Don Frank Cruz, lo hago con plena conciencia. Como artista y como paciente lo traté tras un accidente cerebrovascular en el Hospital Central. Estuvo muy mal en la UCI, pero Dios lo ayudó. Hoy sigue ahí, artista meritorio, cuidado con amor por su hija, la doctora Cecilia Cruz, oftalmóloga. Canta bien, aunque no le gusta hacerlo.


II. Respeto, juventud y formación

Otra historia que permanece viva en mi memoria es la visita de las estudiantes del Colegio Divina Concepción de La Vega a su homóloga del Colegio Divina Pastora de Barahona. Eran jóvenes adolescentes, no llegaban a los 19 años: bonitas, educadas, de familias de clase media y media alta, con apellidos conocidos del país.

Las monjas encargadas de la organización actuaban con un rigor que hoy parecería exagerado, pero que en ese tiempo era norma. Hacían una verdadera depuración de los jóvenes varones que acompañarían a las visitantes y a sus anfitrionas barahoneras. Los requisitos eran claros: buenos modales, seriedad absoluta, nada de “pegadera” en el baile. Cualquier queja implicaba separación inmediata del grupo.

Para esos tiempos, esos controles eran necesarios.

En Barahona se respiraba respeto. Y una prueba de ello son muchos de los miembros de esta generación, algunos ya fallecidos, otros aún con nosotros, todos partes de un mismo tiempo vivido.


III. Una generación y sus nombres

Los que fuimos, los que están, los que faltan

En Barahona, los nombres no son solo nombres: son historias, barrios, apodos, profesiones, gestos. Cuando uno comienza a recordarlos, la memoria se acelera y el cerebro se calienta; no es olvido, es exceso de vida acumulada.

Algunos ya partieron: Eliseo Castro, Bartolo Matos, Nayito Méndez, Hernán Disla González, Víctor Sapep, Macho Corlleto, Enriquillo del Monte, Felin Pérez Félix, Pedro Aguirre, Leonidas Dotel, Roldán Melo, Alcides Lagares, Enriquito, el chino —hijo de Felle, dueño de la bomba cercana al Arco—. Sus ausencias pesan, pero también ordenan el recuerdo.

Gracias a Dios, muchos siguen con nosotros: los Cury —Nadín, Camilo, William, Juan—; Alejandro Adam; Iván; Ramírez Torrens (Ito); Carlos Vargas y Piki Vargas; Abel y Máximo Aquino; Luis Matos; Lele; Enriquillo del Monte; Nilson Vásquez; Romeíto, del Batey Central; Frank Vásquez; Samuel Carbonell; Eddy Ducos; Papito Camejo; Lorenzo Veloz; Linardo Coradín; Cuqui (Peloro); Héctor Batista; Fili Montes de Oca; El Rubio, hermano de Héctor; los Guilliani.

También están Alirio y Ramón Álvarez; Saúl, artista y pianista; Kimo —con quien siempre termino porque ya el cerebro protesta— y muchos otros: Poncho, Vitico, Nelson, Ángel Núñez, Alcy, Fidelito, Tuty, Héctor y Rolando Quezada.

No puedo dejar fuera a los hijos de Pipito Lagares; a Nadincito Khoury; a Elvis y Valois Mancebo; a Toreh y Walid Elías —y a un hermano más que ya murió—; a Candito Tezanos; a Hugo y Efer Peláez; a los Toral; al hijo de Dora Biaggi; a Neco Padilla; a los hermanos Nin del Batey Central; a Vitico Pérez Félix (hermano de Felín, Norka y Felipito Pérez Félix); a Maxi Cuello; a los Galarza; a Vitico Legend; a Pedro Julio Sánchez; a Pucho, hijo de Luis Tres Vueltas; a Rhadames Trinidad y su hermano; a los hermanos de Sarah Pérez (Sarita), ya fallecida; a Jorgín Herrera; a los Brilla Brilla; a los hermanos Aguirre.

Pido excusas sinceras a quienes no he mencionado. No es olvido: es humanidad.

Barrios, calles, lugares y cercanías

La memoria también camina por calles. Cerca de la Gallera de la Jaime Mota crecieron mis primos Leonardo Mercedes Matos y Nechy; Miguelito Galarza; Radhames Cuello; Juan Aminta; Miguelito y David Suero, hijos de Gracioso.

Al final de la calle de Memero vivía don Luis Coss y su hijo Tomás, dueño de una fábrica de velas y velones. En Villa Estela, Sergio —ingeniero—; en Savica, Franjul (Polero); Roldán Melo; El Rubio Galarza y Gabriel; Toribio, hijo de María, cerca del Liceo; Beco y Tutuno, por el Arco.

En el barrio de la Policía, “El Burrito”, arquitecto, hijo del Burro Blanco. Aquella línea de carros “Estrella Blanca”, en la que viajábamos a la capital, era un verdadero zoológico: los choferes tenían apodos como Burro Blanco, Burro Prieto, Pato Lucas, el Chivo, Aguja. Eran viajes Barahona–Santo Domingo, generalmente en vacaciones, y nos hicimos amigos de ellos. ¿Dante, tú conociste al “Chivo”? Era mi chofer favorito porque vivía en el Batey Central. Cosas de la vida: era hipertenso y, en una subida de la presión arterial, tuvo una hemorragia cerebral. Estuvo en coma; fui su neurólogo tratante y Dios me complació al salvarle la vida. Años después volvió a manejar.

En Mejoramiento Social: Tony, Meme, Manolo Mena, Ruddy Well y su hermano Juancho (del voleibol). Atila y a su hijo Máximo Deño; a Fremio y Micho Volquez. En el Colegio Evangélico, el profesor Alejandro Melo. En el Liceo Federico Henríquez y Carvajal, Publio Peláez y Millín, quien abría las puertas del liceo.

Del Batey 5 llegaron Roger Acosta, atleta, junto a su padre Rufo Acosta; Salvador Tamburini y sus hijos se trasladaron luego al Batey Central. Allí estaban El Peje; mi hermano Eliseo Castro (fallecido); Molina; los hijos de Chichi Cuna; Julito Edward y sus hermanos.

El Flamingo Bar, en la calle Jaime Mota, era el lugar emblemático de la juventud, por su ubicación geográfica en el centro de la ciudad y porque allí tocaba la orquesta de más renombre en Barahona: la Orquesta Juvenil, de los hermanos Grautreaux (Ramón y Neyito), hijos del director de la Banda de Música de Barahona, la misma que tocaba en la glorieta del parque los fines de semana.

No puedo dejar de mencionar el restaurante El Jaime, de capital chino, un lugar exquisito para tomar bebidas de calidad y disfrutar de comidas variadas, frente al Parque Central. Era una escala obligada mientras esperábamos que el teatro Ercilia, de don Sócrates Lagares, abriera sus puertas y salones para la proyección de las mejores películas de la época.

En este teatro Ercilia se presentaron Las Mosquitas, un grupo de jóvenes artistas argentinas que cantaban música de la “nueva ola”. William Cury logró un beso en la mejilla de una de ellas y duró varios días sin lavarse la cara.

En el teatro Ercilia, mientras esperábamos el inicio de la película, ponían música romántica, agradable a los oídos y al corazón; el favorito era Roberto Yanes, cantante y pianista argentino.

Tiempos memorables.

Y así, calle por calle, barrio por barrio, la memoria sigue nombrando.


IV. El médico, la vocación y las pérdidas

La medicina fue siempre un cruce entre la amistad, el deber y el dolor humano.

Recuerdo cuando te vi por primera vez, Elena, en la Facultad de Medicina. Yo era estudiante de cuarto año y trabajaba llenando formularios de selección de materias y profesores. A los barahoneros siempre les decíamos cuáles eran los mejores profesores y de cuáles había que cuidarse.

Mi hermano William Cury decidió regresar a Barahona y no continuar en la medicina. Perdimos un talento. Como también perdimos a Ramón Acosta, Ramoncito, de la Jaime Mota casi esquina Duvergé. Murió de un tumor cerebral. Hoy sé que pudo haber sido un glioblastoma multiforme o un astrocitoma avanzado. Murió por enclavamiento cerebral.

Así se fue Ramoncito, guitarrista en los tiempos de la música yeye y go-go.

De la promoción médica 1969–1978 muchos siguieron caminos distintos. Algunos se destacaron; otros se retiraron; otros murieron. De los años ochenta fue tu promoción, Elena.

Recuerdo a Alba López Custodio; a Chavela Peña; a Andrés Cuevas Félix; a Rafael Matos Félix; a Melton Pineda; a Baba Luz. De tu promoción trato al doctor Rivera, cardiólogo.

También recuerdo tragedias familiares que no se superan: Nayito, Margarita, Lissette y Eric Méndez. Tres murieron en un accidente de tránsito. Esa fue la Navidad más triste de mi vida. Éramos vecinos.


V. Universidad, conciencia social y Barahona como proyecto

El Centro Universitario Regional del Sur no fue un regalo: fue una conquista.

Cuando se decidió construir un centro universitario en la región, inicialmente se pensó llevarlo a San Juan. Barahona reaccionó. Con la ayuda de líderes locales y estudiantiles se logró instalarlo en el Casino de Barahona.

Don Antonio Méndez puso su vehículo, la gasolina y un altoparlante. Yo fui su acompañante. Recorrimos barrios, municipios y campos explicando qué significaba tener universidad en Barahona.

El trabajo se hizo.

El centro nació.


VI. Política, país y desencanto

Vivimos los doce años de Balaguer: tiempos duros, de represión y miedo. Y aun así, la historia es compleja. Balaguer impulsó obras, facilitó la salida de los Trujillo y respetó la autonomía universitaria.

Bosch, Peña Gómez y Balaguer: todos dejaron huella. Pero algo se torció. El servicio público dejó de ser sacrificio y pasó a ser botín.

¿Qué nos pasó como país?


VII. Nombrar para no olvidar

Hoy no tenemos muchos de los que hicieron grande a Barahona.

Pero los tuvimos.

Con sus acciones, dentro de sus posibilidades, honraron a su provincia.

Roguemos por los vivos y recordemos a los que ya no están.

La provincia nos espera.

Otra vez, perdón a los que no pude recordar.

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