Por Virgilio Gautreaux P.
31 de agosto de 2026

Introducción
El terrible ciclón David asoló duramente la nación el 31 de agosto de 1979, especialmente las provincias del sur, llevando desolación y muerte a su paso. San Cristóbal y Baní aportaron la mayor cuota de muertos y desaparecidos. El huracán castigó también con fuerza la capital dominicana. Todo el país sufrió los devastadores efectos de este fenómeno atmosférico y su mortal trayectoria. La República estaba todavía padeciendo las secuelas del fenómeno cuando vino el 4 de septiembre la “tormenta Federico”, que encontró una nación inundada. Las lluvias de Federico provocaron en toda la geografía nacional grandes inundaciones y más muertes. Las torrenciales lluvias durante varios días de Federico se transformaron en una trampa mortal para miles de dominicanos que perdieron sus vidas. Otros quedaron arruinados al perder hogares, cosechas, reses y aves. Fueron ambos eventos una verdadera tragedia nacional.
En la foto de más abajo se observan los bancos del Malecón capitalino, barridos como si fueran de cartón. Yo vivía cerca de esta vía y la gente, al ver “lo fácil” que estos bancos se despegaron, pensaba que eran livianos e intentaba quitarlos para limpiar la avenida, pero grande fue la sorpresa al descubrir que los mismos eran muy pesados. Lo curioso es que mientras los bancos rodaron como si fueran de cartón, las palmeras que tenían décadas sembradas se mantuvieron firmes. Ni una sola fue derribada.

Daños humanos
Más de medio millón de viviendas fueron arrasadas por la combinación de ambos fenómenos y por doquier había centros de refugiados, principalmente en locales escolares. Las pérdidas materiales, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina CEPAL, organismo regional de las Naciones Unidas, se estimaron en unos US$2,200 millones y los muertos fueron aproximadamente unos 2,000, mientras muchos miles más resultaron heridos y contusos.
En los barrios de la capital miles de viviendas quedaron sin techo. Casi todo el sur del país quedó a oscuras. También miles y miles de viviendas precarias del área rural y de personas residentes en barriadas marginales urbanas, cerca de cañadas y cursos de agua, fueron arrasadas por los vientos y las inundaciones. Asimismo, frágiles hogares en las áreas montañosas sucumbieron bajo ríos de lodo y rocas de montañas deforestadas. Miles de predios quedaron sepultados por escombros originados en lomas desprotegidas de su capa vegetal (recordemos el caso de Jimaní en el 2004).
Daños en infraestructuras
El servicio de energía estuvo paralizado por un mes en muchas zonas de la nación. Las generadoras hidroeléctricas de las presas de Tavera, Valdesia, Las Damas y Jimenoa, experimentaron serios daños, quedando destrozada la de esta última. También quedaron castigadas en diferentes partes del país, infraestructuras y edificaciones de la Corporación Dominicana de Electricidad.
Resultaron afectados 270 kilómetros de líneas de alta tensión, el 65% en la Región Sur. De las redes de distribución fueron dañados unos 1,200 kilómetros (57% en la Región Sur). En numerosas partes del país, además de la caída de diferentes tipos de cableado, resultaron destruidos postes de alumbrado, transformadores, aisladores, contadores de industrias y comercios. Una estimación preliminar reveló que las pérdidas resultantes del sector eléctrico, alcanzaron US$ 34.5 millones.
El sistema de carreteras principales, vías secundarias y caminos vecinales experimentó grandes daños, que representaron un gran reto para las autoridades de Obras Públicas, que debieron sobre la marcha adoptar urgentes medidas de emergencia para que se reanudara el sistema de transporte, considerado vital para la reanudación de aquellas actividades estratégicas del país que contribuyeran al proceso de rehabilitación y reanudación de las actividades productivas y de servicios de la nación.
Las redes telefónicas resultaron afectadas por la caída de miles de postes, torres, roturas de cableado, repetidoras, así como las líneas de acceso a empresas, entidades públicas y hogares. La Compañía de Teléfonos-CODETEL trajo al país brigadas de técnicos del exterior, con experiencia en este tipo de calamidad, los cuales, junto al personal dominicano, en relativamente corto tiempo-dadas las circunstancias-rehabilitaron los principales sistemas de telecomunicación.
Los puertos de Santo Domingo y Haina resultaron seriamente afectados, entorpeciéndose la salida de productos de exportación y el ingreso de mercancías del exterior. Los grandes ríos del país, desbordados, arrasaron emblemáticos puentes, afectando sensiblemente la movilidad de personas, alimentos, materiales de construcción y combustibles.
Para agravar aún más el sombrío panorama, se produjo un relevante daño, cuando en el sistema de abastecimiento de combustible en la Refinería Dominicana de Petróleo, limitó seriamente el suministro de gasolina y Gas Licuado de Petróleo-GLP, los cuales debieron ser importados de urgencia, provocándose largas colas en las estaciones del país, además de las dificultades de distribución en lugares importantes de la nación, debido a la destrucción de puentes, carreteras, derrumbes y ríos desbordados. A su vez, este percance, junto a la falta de energía eléctrica, limitó la reanudación de relevantes actividades productivas, industriales, comerciales y agropecuarias.
Los sistemas de agua potable de la ciudad capital, Santiago, y de otras ciudades relevantes del país quedaron colapsados, llenos de escombros y tuberías rotas, además de la falta de energía de las redes eléctricas y de no disponer de combustible para sus plantas de emergencia.
Gran cantidad de alimentos que requerían refrigeración para conservarse se pudrieron en granjas, centros de abasto, supermercados y colmados en toda la geografía nacional. Las granjas de pollo corrieron igual suerte, ya que los procesos de estos establecimientos (incubación, iluminación constante y conservación de la carne) requieren energía permanente. Algo similar pasó en numerosas granjas porcinas.
Los daños ocasionados por estas turbulencias tuvieron fuerte repercusión a nivel internacional. Al mismo tiempo, el Gobierno de entonces, que mantenía relaciones estrechas con mandatarios de Latinoamérica y Europa, recibió grandes muestras de solidaridad por parte de numerosas naciones. A estas iniciativas se sumaron varias entidades competentes del sistema de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, así como la importante presencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Algunas agencias bilaterales de países amigos, también acudieron en nuestro apoyo.
Daños en la Agropecuaria
Es sabida la vulnerabilidad que tiene el sector agrícola y pecuario cuando se presentan temporales, por sus propias características a partir del tipo de cultivo de que se trate, ya sea de llanuras o de áreas montañosas. Similares riesgos corren el ganado, aves de granjas y de corral, así como colmenas y aves silvestres. En los cultivos de exportación (café, cacao, tabaco, etc.), así como en aquellos de la dieta alimentaria (plátanos, arroz, habichuelas, yuca, papa, maíz y tomate, entre otros), los productores experimentaron significativas pérdidas. A modo de ejemplo, puede citarse que el 70 % de la superficie sembrada de plátanos resultó afectada.
Evaluación global
Las expectativas de crecimiento económico del año 1979 se desplomaron y en su lugar se produjo una importante contracción del Producto Bruto Interno. Por su naturaleza, el nivel de destrucción abarcó los sectores más estratégicos en los que se basaban las expectativas del crecimiento esperado para ese año.
Asimismo, hay que tomar en consideración el lento y natural proceso de rehabilitación y puesta en marcha de los sectores industrial, agropecuario y de servicios, así como la reconstrucción de la infraestructura energética, los sistemas de riego, los acueductos, las carreteras, los puentes, los planteles escolares y los caminos vecinales, entre otras obras. Sin embargo, esta dinámica reconstructiva llevaba implícita, al mismo tiempo, una reactivación económica y una generación de empleos que contribuían a aliviar paulatinamente la situación dejada por el paso de los citados fenómenos.
Para agosto de 1979 yo trabajaba en el Fondo Especial para el Desarrollo Agropecuario-FEDA cuando llegaron DAVID Y FEDERICO y nos dieron esa gran pela. En esta oficina se hizo una campaña interna para conseguir alimentos, ropa, medicamentos, frazadas, etc. La institución facilitó el transporte y, cuando llegamos a San Cristóbal, fuimos a la Fortaleza para que nos auxiliaran para preservar el orden, pues íbamos a lugares donde había personas con días sin comer ni abrigo. El comandante nos dijo que le dejáramos todo y que ellos lo iban a repartir y así «evitarnos posibles riesgos». Por supuesto, no le hicimos caso y nos prestaron dos guardias.

A pocos días de ambos fenómenos, me fui a trabajar a ONAPLAN, donde nos enviaron a las zonas sureñas devastadas a realizar un levantamiento de los daños (desde una perspectiva «económica» principalmente). El espectáculo era aterrador. Recuerdo que en Pizarrete todas las fincas quedaron seriamente afectadas, lo mismo en otros municipios y parajes de San Cristóbal, Ocoa, Baní, etc.
Años después, yo trabajaba en el Departamento de Deuda Externa del BANCO CENTRAL, dándole seguimiento a las operaciones del Banco Interamericano de Desarrollo, del Banco Mundial, del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), de la Agencia Internacional de Fomento (AIF) y de otros fondos de cooperación financiera internacional, donde me percaté de que luego de DAVID Y FEDERICO, nuestro país recibió gran cantidad de préstamos de esos organismos. Incluso la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) activó un mecanismo de cooperación financiera [en caso de emergencia ante catástrofes], mediante el cual los bancos centrales de Latinoamérica hicieron depósitos en dólares en el Banco Central dominicano, en apoyo a nuestra balanza de pagos. Creo que dichos valores no devengaban intereses o eran muy bajos. Cuando todo se normalizó, el país fue amortizando esa facilidad financiera.
También es bueno recordar que muchas naciones hermanas del continente fueron solidarias enviando alimentos, vestuario, medicinas y materiales para reparar viviendas.
Asimismo, algunos países desarrollados desplegaron programas de cooperación financiera y técnica mediante sus agencias bilaterales de desarrollo (USAID, JICA de Japón, etc.). De igual modo, se recibió asistencia de la Unión Europea y de entidades de la ONU. Alemania, Francia, Canadá, España y Taiwán, entre otros, suministraron valiosa ayuda humanitaria.
Al yo ver ese torrente de cooperación y ayuda financiera luego de ambas turbulencias, redacté unas notas (¡que el VIENTO SE LLEVÓ!), donde plasmaba la relevancia de «racionalizar» estos flujos, de manera que se accediera a aquellos fondos/ventanillas más concesionales (a partir de calendarios de pago, intereses, condicionalidades, etc.).

Sin embargo, la realidad ha sido que cuando nos azota un ciclón, enseguida nuestros gobiernos envían misiones al exterior con bandejas a pedir dinero a quien sea y sin ver las condicionalidades financieras (tasas de interés, plazos, etc.). En ese torbellino, también es frecuente que se recurra a «medidas de urgencia», que en la práctica significan mayores concesiones a los carteles eléctricos, de los combustibles, las comunicaciones, consorcios de construcción, banqueros, compañías aseguradoras, etc., todo esto amparado en las «condiciones de emergencia» donde se mandan al carajo procedimientos y controles que norman las compras y adquisiciones gubernamentales. Por cualquier cosita, los titulares de las entidades públicas recurren a sus famosos «procedimientos de urgencia», que los dominicanos conocemos como «grado a grado», donde se obvian protocolos previstos por varias leyes.
¡De las aguas revueltas por los ciclones, son muchos los «pescadores» que ganan!

Con más de cinco siglos aguantando ciclones, se supone que debimos aprender las lecciones que dejan su paso. Sin embargo, el hecho de que “el progreso” se concentra en la capital, Santiago, y unas pocas ciudades aumenta el flujo de personas que huyen del área rural buscando mejores condiciones de vida, atraídas por la concentración de inversiones públicas en los llamados “polos electorales”. El resultado ha sido un enorme crecimiento de los barrios-miseria que rodean dichos centros urbanos, áreas éstas muy sensibles a los fenómenos naturales ya que los migrantes se ubican en la orilla de cañadas, ríos, lugares empinados y áreas degradadas, donde no reciben servicios básicos. De estos lugares surge la mayor cantidad de refugiados.
Hoy David y Federico son un simple recuerdo. Sin embargo, a casi cinco décadas de su ocurrencia, podemos extraer ricas experiencias y observar que hemos logrado avances significativos para enfrentar dichos fenómenos, pero que se mantienen aún vigentes grandes retos y desafíos propios de una nación en vías de desarrollo, pero que todavía mantiene políticas de desarrollo regional desigual.
También te podría interesar
-
CUANDO LA TIERRA NO BASTABA: AGRICULTURA Y SUBSISTENCIA EN NEIBA EN 1919
-
CUATRO MARINES EN FUGA EN BARAHONA: UNA HENDIJA EN LA APARENTE UNIDAD DE LAS FUERZAS DE OCUPACIÓN
-
INGENIO BARAHONA, GANADOR DEL PREMIO ANUAL DE HISTORIA JOSÉ GABRIEL GARCÍA 2025
-
La muerte en Duvergé, República Dominicana, de María de los Santos Pérez Ramírez, madre del comandante Félix Ungría Moquete Pérez (Papaguía), entre otros vástagos
-
Dos hospitales y dos memorias políticas: Jaime Mota y Jaime Sánchez en la historia de Barahona
