CUATRO MARINES EN FUGA EN BARAHONA: UNA HENDIJA EN LA APARENTE UNIDAD DE LAS FUERZAS DE OCUPACIÓN

12 agosto 2026

Por Carlos Manuel Diloné

Durante la ocupación militar estadounidense de la República Dominicana, las autoridades proyectaron una imagen de disciplina, cohesión y dominio del territorio nacional. Sin embargo, un incidente ocurrido en Barahona en diciembre de 1921 permite observar que aquellas fuerzas no eran tan monolíticas como podía suponerse. La deserción de cuatro marines armados, su desplazamiento por varias comunidades de la región y la participación de una partida de dominicanos en su captura revelan una fisura poco conocida en el aparato militar de ocupación.

El acontecimiento adquiere una significación mayor cuando se examina dentro del ambiente de tensiones y abusos que, según el historiador barahonero José A. Robert, caracterizó la presencia de las tropas estadounidenses en la ciudad. La fuga de los cuatro marines no constituye, por tanto, un episodio aislado: permite aproximarnos tanto a las relaciones conflictivas entre los ocupantes y la población como a las fracturas existentes dentro de las propias fuerzas militares.

El incidente del 20 de diciembre de 1921

La primera noticia localizada sobre el suceso apareció en el periódico El Cable, año I, núm. 45, correspondiente al 24 de diciembre de 1921. Bajo el título «Suceso en Barahona», el periódico informó que, durante la noche del día 20, un grupo de personas se encontraba jugando «Blanco y Negro» en uno de los restaurantes de la ciudad. Entre los jugadores había dos marines estadounidenses, quienes perdieron diez dólares y, según la versión recogida por el periódico, pretendieron que se les devolviera el dinero.

La exigencia provocó un desorden en el cual, de acuerdo con la misma fuente, los militares «salieron mal librados». Posteriormente, llegaron otros marines, acompañados de sus oficiales, y apresaron a las 37 personas que se encontraban en el establecimiento, aunque fueron puestas en libertad al día siguiente.

El Cable identificó entre los detenidos a Leopoldo Fernández, Carlos Peláez y Lico Campo. La conservación de estos nombres resulta particularmente valiosa, pues constituye el único registro localizado hasta el momento de algunas de las personas afectadas directamente por aquella detención colectiva.

La información periodística agregaba un elemento extraordinario:

A consecuencia de este incidente desertaron 4 marinos con sus correspondientes escuadras tomando rumbo a Cabral, Peñón y Las Salinas, en cuyos lugares han hecho toda clase de excesos: robos de animales, atropellos, etc.

La Policía de Cabral intentó perseguirlos, pero, según El Cable, tuvo que desistir inicialmente debido a que los desertores se encontraban armados. El preboste militar salió entonces con una fuerza en su persecución.

Debe tenerse en cuenta que la noticia fue elaborada a partir de la información proporcionada por «una persona recién llegada de Barahona». Por consiguiente, los detalles sobre el juego, los diez dólares perdidos, los excesos atribuidos a los fugitivos y la relación inmediata entre el incidente y la deserción corresponden a la versión publicada por el periódico y no aparecen confirmados en el expediente militar consultado.

Tampoco resulta correcto afirmar categóricamente que los cuatro marines desertaron porque perdieron diez dólares jugando «Blanco y Negro». Solamente dos de ellos aparecen mencionados entre quienes participaban en el juego y, hasta el momento, desconocemos por qué otros dos se incorporaron a la fuga. Lo que sí puede sostenerse es que, según El Cable, la deserción de los cuatro se produjo como consecuencia del incidente ocurrido aquella noche.

El expediente del Gobierno Militar

La confirmación oficial del suceso aparece en un expediente del fondo Gobierno Militar de Santo Domingo, conservado en el Archivo General de la Nación. El documento principal, fechado el 12 de enero de 1922, fue remitido por el comandante del Distrito Sur al oficial encargado del Departamento de Interior y Policía, por conducto del comandante general.

El objeto del documento no era investigar las causas de la deserción ni informar sobre la suerte posterior de los fugitivos, sino recomendar un reconocimiento a los dominicanos que habían cooperado en la captura de «cuatro marines que desertaron de Barahona».

Esta breve expresión confirma dos aspectos fundamentales de la noticia publicada por El Cable: que fueron cuatro los desertores y que la fuga se produjo desde Barahona. El expediente también permite establecer que fueron finalmente capturados y entregados a las patrullas de marines que seguían su rastro.

Los dominicanos reconocidos por su intervención fueron:

  • Andrés D. Lambertus, comisario de Policía de Cabral y jefe de la partida.
  • Pedro Pérez, de Angostura.
  • José Remedios, de Las Salinas.
  • Duferio Terrero, de Las Salinas.
  • Bruno Cuevas, de Las Salinas.
  • Gregorio Nin, de Angostura.
  • Guillermo Nin, alcalde pedáneo de Angostura.

El comandante del Distrito Sur explicó la actuación de estos hombres en términos precisos: convocados por el comisario de Policía de Cabral, formaron una partida y no cesaron en sus esfuerzos hasta que los cuatro desertores fueron capturados y entregados a las patrullas de marines que los perseguían.

Esta información introduce una precisión importante. Aunque las patrullas militares seguían el rastro de los fugitivos, la documentación atribuye a Lambertus y a los dominicanos reunidos bajo su dirección una participación decisiva en su captura.

Su intervención demuestra, además, la importancia del conocimiento local del territorio. Los fugitivos se desplazaban por una zona que comprendía Cabral, Peñón, Angostura y Las Salinas, caracterizada entonces por caminos rurales, montes y comunidades dispersas. Aunque el expediente no describe las operaciones realizadas, resulta razonable considerar que el conocimiento de aquellos parajes contribuyó a localizar y apresar a los desertores.

El reconocimiento a los captores

La recomendación formulada por el comandante del Distrito Sur recorrió diferentes niveles de la administración militar. El 14 de enero de 1922, el comandante general Harry Lee remitió el documento al gobernador militar de Santo Domingo, manifestando su conformidad con la solicitud.

El 17 de enero, el gobernador militar interino aprobó la recomendación y la envió al Departamento de Interior y Policía. Posteriormente, este organismo devolvió el expediente indicando que se había cumplido lo solicitado. Finalmente, el 19 de enero, el gobernador militar interino remitió nuevamente la documentación al comandante general, llamando su atención sobre las actuaciones anteriores.

La recomendación fue, por consiguiente, aprobada y tramitada. Sin embargo, las hojas conservadas no contienen el texto del reconocimiento comunicado a Andrés D. Lambertus y sus acompañantes ni precisan la manera en que se les expresó el agradecimiento oficial.

Un episodio dentro de un clima de abusos

El incidente descrito por El Cable no debe examinarse de manera aislada. José A. Robert, al reconstruir décadas después la ocupación estadounidense en Barahona, describió un ambiente caracterizado por la arbitrariedad de las autoridades y los atropellos cometidos contra la población.

Según Robert, los primeros contingentes estadounidenses llegaron a Barahona a finales de 1917 y establecieron un provost marshal que imponía multas arbitrarias y otras sanciones contrarias al derecho. También atribuyó a las fuerzas ocupantes castigos físicos contra los presos, abusos contra familias y ciudadanos pacíficos y diferentes formas de intimidación que dificultaban la vida cotidiana de los habitantes.

El autor afirmó que algunos soldados, en ocasiones embriagados, ofrecían por las mercancías el precio que deseaban y llegaban a llevárselas sin pagarlas; perseguían a mujeres a quienes dirigían expresiones irrespetuosas y provocaban conflictos cuando no eran admitidos en determinadas celebraciones.

Robert narró particularmente un incidente ocurrido durante un baile en uno de los barrios de Barahona. Varios militares que no fueron recibidos con la complacencia que esperaban se enfrentaron con los participantes y, después de recibir golpes y pedradas, regresaron armados desde su campamento. Como la fiesta ya había concluido, realizaron disparos en distintas direcciones, a consecuencia de los cuales resultaron heridos Eligio Peláez y Félix Suero, quienes transitaban por las calles.

Según su relato, los militares irrumpieron posteriormente en las viviendas en busca de hombres con quienes enfrentarse, mientras algunas mujeres se vieron obligadas a abandonar sus casas parcialmente vestidas. Al día siguiente, varias familias tuvieron que comparecer ante el provost marshal para recibir castigos. Robert aseguró, además, que hechos semejantes ocurrían con frecuencia y que soldados estadounidenses incendiaban viviendas en las barriadas.

El autor también recordó la persecución de quienes participaron en un acto patriótico celebrado en el Teatro Unión. Entre los perseguidos mencionó a Doroteo A. Regalado, Eladio Ramírez S. y al propio José A. Robert. De acuerdo con su narración, Regalado fue encarcelado, maltratado, trasladado a Santo Domingo y condenado por una corte marcial.

La obra de Robert fue publicada en 1953, más de tres décadas después de los acontecimientos. Se trata, por consiguiente, de un testimonio retrospectivo escrito por un autor que vivió la ocupación y afirmó haber sido perseguido por su participación en actividades patrióticas. Sus aseveraciones deben ser contrastadas, cuando resulte posible, con documentos contemporáneos. Esa cautela metodológica no disminuye su valor: su narración conserva la memoria local de las relaciones entre la población barahonera y las fuerzas ocupantes.

No disponemos de elementos suficientes para identificar el episodio del baile narrado por Robert con el ocurrido en el restaurante el 20 de diciembre de 1921. Existen diferencias evidentes entre ambos relatos: Robert sitúa la confrontación en una fiesta, mientras El Cable la relaciona con un juego denominado «Blanco y Negro». Tampoco coinciden los nombres: Carlos Peláez figura entre los detenidos mencionados por el periódico, mientras Eligio Peláez aparece entre los heridos señalados por Robert. La coincidencia del apellido merece atención, pero no permite establecer que se trate de una misma persona ni de un mismo acontecimiento.

A pesar de esas diferencias, los dos relatos presentan una secuencia semejante: una confrontación inicial entre miembros de las fuerzas ocupantes y varios dominicanos, seguida por el regreso de los militares acompañados o provistos de armas y la aplicación posterior de represalias que alcanzaron a otras personas. Esta similitud sugiere que el incidente de diciembre de 1921 se produjo dentro de un ambiente más amplio de tensiones y abusos, y no como un hecho completamente excepcional.

La información ofrecida por Robert amplía, por tanto, el alcance del episodio documentado por El Cable y el expediente militar. La deserción no ocurrió simplemente dentro de unas tropas ordenadas cuya disciplina fue quebrantada ocasionalmente por cuatro individuos. Se produjo en el seno de unas fuerzas que ejercían un considerable poder coercitivo sobre la población y cuyos miembros, según los testimonios disponibles, protagonizaron diversos conflictos y atropellos en Barahona.

Los silencios del expediente

El expediente resulta significativo tanto por lo que dice como por aquello que no consigna. Ninguno de los documentos consultados menciona:

  • los nombres de los cuatro marines;
  • sus rangos;
  • la unidad militar a la cual pertenecían;
  • las causas formales de la deserción;
  • la fecha y el lugar exactos de las capturas;
  • los excesos atribuidos a los fugitivos;
  • el proceso militar seguido contra ellos;
  • las sanciones que pudieron haber recibido.

Tampoco se hace referencia al juego, al desorden ocurrido en el restaurante, a los diez dólares perdidos ni al arresto de 37 personas. La documentación militar circunscribe el episodio a la cooperación prestada por varios dominicanos en la captura de cuatro desertores.

No se ha localizado una orden o comunicación que demuestre que las autoridades militares decidieron ocultar deliberadamente el caso. Por ello, no sería prudente hablar de un encubrimiento como hecho comprobado. No obstante, resulta evidente que el expediente administrativo no fue concebido para explicar la deserción, sino para tramitar un reconocimiento a quienes participaron en la captura.

En consecuencia, el centro del relato oficial quedó desplazado. La deserción aparece únicamente como antecedente de una recomendación administrativa, mientras que los fugitivos, las causas de su conducta y las consecuencias disciplinarias del hecho permanecen fuera de la documentación conocida.

La prensa y el expediente ofrecen, por tanto, relatos distintos y complementarios. El Cable conservó los aspectos más conflictivos del acontecimiento: el juego, la pérdida del dinero, la conducta insolente atribuida a los marines, el desorden, los arrestos, la fuga armada y los atropellos denunciados durante el recorrido. El expediente militar, por su parte, confirmó la deserción, estableció el número de fugitivos, documentó su captura e identificó a los dominicanos que participaron en ella.

El testimonio posterior de Robert incorpora una tercera perspectiva. Al describir los atropellos que, según su memoria, se cometieron durante la ocupación, permite situar el incidente dentro de una experiencia local más extensa de arbitrariedad, violencia y resistencia. Las tres fuentes son de naturaleza diferente y no deben confundirse: el periódico transmite una información contemporánea de segunda mano; el expediente contiene la versión administrativa oficial; y Robert ofrece una reconstrucción retrospectiva basada en sus recuerdos y en la memoria histórica de Barahona.

Los nombres conservados y los nombres ausentes

Resulta significativo que las fuentes permitan conocer los nombres de Leopoldo Fernández, Carlos Peláez y Lico Campo, mencionados por El Cable entre las 37 personas apresadas, así como los de Andrés D. Lambertus, Pedro Pérez, José Remedios, Duferio Terrero, Bruno Cuevas, Gregorio Nin y Guillermo Nin, reconocidos oficialmente por su participación en la captura.

Robert conserva, además, los nombres de Eligio Peláez y Félix Suero, heridos durante el tiroteo que atribuyó a soldados estadounidenses después de una confrontación ocurrida en una fiesta. También identificó a Doroteo A. Regalado, Eladio Ramírez S. y José A. Robert entre las personas perseguidas por su participación en un acto patriótico celebrado en el teatro Unión.

En cambio, el expediente consultado no identifica a los cuatro marines desertores. Esta desigualdad en el registro documental limita la reconstrucción del episodio y obliga a mantener abierta la búsqueda en los archivos militares estadounidenses. No debe afirmarse que sus nombres fueron deliberadamente protegidos, pues carecemos de la documentación necesaria para demostrarlo; solamente podemos establecer que no aparecen en el expediente conservado en el Archivo General de la Nación.

Los nombres de los dominicanos permiten devolver una dimensión humana a los acontecimientos. Leopoldo Fernández, Carlos Peláez y Lico Campo representan a las personas sometidas a una detención colectiva como consecuencia del desorden. Lambertus y sus seis acompañantes representan a las comunidades que participaron en la persecución y captura de cuatro militares armados que recorrían la región. Los demás nombres conservados por Robert remiten a quienes resultaron heridos o fueron perseguidos en otros episodios relacionados con la ocupación.

Una fuerza menos monolítica de lo que parecía

Más allá de su carácter anecdótico, la fuga de los cuatro marines permite observar dos dimensiones distintas de las fuerzas de ocupación en Barahona. Por un lado, los testimonios disponibles describen un aparato militar capaz de ejercer colectivamente la coerción y aplicar represalias contra la población. Por otro, la deserción demuestra que aquel cuerpo tampoco era internamente uniforme ni poseía la cohesión absoluta que proyectaba.

La fuga simultánea de cuatro marines armados no fue un hecho menor. Los desertores abandonaron Barahona, se desplazaron por varias comunidades y obligaron a las autoridades a organizar su persecución. La Policía de Cabral, de acuerdo con la información publicada por El Cable, tuvo que desistir inicialmente de perseguirlos porque se encontraban armados.

El acontecimiento introduce una fisura en la imagen de una fuerza completamente cohesionada y segura de sí misma. La capacidad institucional de los ocupantes para imponer su autoridad coexistía con actos de indisciplina, conflictos y fracturas dentro de sus propias filas. Cuatro de sus integrantes quebrantaron la disciplina, abandonaron armados su puesto y se convirtieron en perseguidos por sus compañeros.

También resulta paradójico que varios dominicanos que vivían bajo un gobierno militar extranjero terminaran colaborando con las fuerzas ocupantes en la captura de sus desertores. Esa actuación, sin embargo, no debe interpretarse automáticamente como una manifestación de adhesión política a la ocupación. De ser cierta la información publicada por El Cable acerca de los robos de animales y otros atropellos cometidos por los fugitivos, su persecución pudo responder también a la necesidad inmediata de proteger a las comunidades afectadas y restablecer la seguridad local.

De este modo, los dominicanos que integraron la partida se encontraban ante una situación concreta: no actuaban necesariamente en defensa del régimen de ocupación, sino frente a cuatro hombres armados que, según la prensa, amenazaban los bienes y la tranquilidad de las poblaciones por donde transitaban. La cooperación circunstancial con las patrullas militares no permite deducir por sí sola la posición política de Lambertus y sus acompañantes.

La hendija que dejó abierta el expediente

Aunque limitado a tramitar un reconocimiento, el expediente dejó abierta una hendija por donde observar las contradicciones de las fuerzas de ocupación. La documentación no identifica a los desertores ni explica las causas de su huida, pero confirma el hecho fundamental: cuatro marines abandonaron sus filas en Barahona y fueron perseguidos por el territorio de Cabral, Angostura y Las Salinas hasta ser capturados con la intervención de una partida de dominicanos.

El caso demuestra la importancia de confrontar fuentes de distinta procedencia. Si solamente dispusiéramos del expediente militar, conoceríamos la captura, pero ignoraríamos el incidente que, según la prensa, antecedió a la fuga. Si únicamente contáramos con la noticia de El Cable, conoceríamos el escándalo, pero no sabríamos quiénes capturaron a los desertores ni tendríamos la confirmación oficial de su número y procedencia. Sin el testimonio de Robert, además, resultaría más difícil apreciar el ambiente de tensiones y abusos dentro del cual ocurrió el acontecimiento.

La unión de estas fuentes permite reconstruir un episodio que ninguna explica por completo. Por esa pequeña hendija documental podemos contemplar una realidad más compleja: las fuerzas de ocupación no constituían un cuerpo absolutamente monolítico. Bajo la superficie de disciplina y poder coexistían la coerción ejercida contra la población, los conflictos entre militares y civiles, los actos de indisciplina y las fracturas internas.

Todavía desconocemos los nombres y el destino de los cuatro fugitivos. Esa ausencia impide considerar cerrada la investigación. Sin embargo, los documentos disponibles permiten rescatar del olvido tanto a los dominicanos apresados durante el incidente como a quienes participaron en la captura, y demostrar que, durante la ocupación estadounidense, cuatro marines armados desertaron de Barahona y dejaron al descubierto una de las fisuras internas de las fuerzas que ocupaban el país.

Fuentes

Archivo General de la Nación, fondo Gobierno Militar de Santo Domingo, código de referencia DO Archivo General de la Nación/Gobierno Militar de Santo Domingo/02//22-12, «Captura de marines desertores», 12-19 de enero de 1922, signatura topográfica legajo 1700227.

José A. Robert, La evolución histórica de Barahona (Ciudad Trujillo: Editora del Caribe, 1953), 170, 173-175.

Edgar Valenzuela, compilador, Tesoros ocultos del periódico El Cable, vol. 159 (Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2012), 126.

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