Historiador y ensayista. Especialista en historia dominicana.
En el Compendio de la historia de Santo Domingo para uso de las escuelas (1879), escrito en forma dialogada, José Gabriel García escribió que María Trinidad Sánchez fue fusilada «el 27 de febrero de 1845, primer aniversario de la Separación, sin respeto a la santidad del día, ni consideración a que entre los reos figuraba una tía y un hermano del héroe de la Puerta del Conde».
Postreramente, la generalidad de autores de libros de historia patria aceptó el 27 de febrero de 1845 como fecha del fusilamiento de María Trinidad, percepción esta que no tardó en arraigar en la memoria colectiva. Sin embargo, existe otra versión, defendida por el historiador Alfau Durán, según la cual la ejecución tuvo lugar el 28 de febrero. Así consta en uno de los libros de óbitos de la Catedral de Santo Domingo:
«En la ciudad de Santo Domingo el día 28 de Febrero del [corriente] año, yo el infrascrito Cura de sepultura conduciéndolos al patíbulo en [compañía] del Señor Vicario General y del Cura de San Carlos, a Nicolás de Barias, Ma. Trinidad Sánchez, a José del Carmen Figueroa y Andrés Sánchez. Recibieron los Santos Sacramentos».
Pero ¿quién era María Trinidad Sánchez? Nacida en la ciudad de Santo Domingo y bautizada en la catedral en 1794, desde muy joven mostró afición por la fe en Cristo y por el arte de coser. Nunca contrajo matrimonio; y tuvo dos hermanos, José y Narciso Sánchez, este último padre de Francisco del Rosario, el héroe del Conde.
Antes del 27 de febrero de 1844, el prestigio y valentía de María Trinidad eran ya proverbiales. En la rama femenina de La Trinitaria se le asignó la tarea de preparar cartuchos para la causa redentora. Ramón Lugo Lovatón destacó que estuvo rodeada de «una brillante aureola de leyenda»; y que fue María Trinidad la única mujer que estuvo en la puerta del Conde la noche del 27 de febrero. Fue, además, mujer de carácter enérgico, que gozaba de mucho respeto en la comunidad. Es fama que la noche antes del patíbulo recibió una extraña e inesperada visita en el calabozo que ocupaba en la vetusta fortaleza de Santo Domingo (que hoy llaman Ozama).
Se trató de nadie más y nadie menos que de Tomás Bobadilla, poderoso ministro de Justicia e Instrucción Pública del gobierno de Pedro Santana. ¿Qué buscaba? Se dice que pretendía obtener el nombre del autor intelectual del complot político-militar para, de esa manera, desenmascarar ante Santana a su archirrival Manuel Jiménes, ministro de guerra y marina.
También se ha sostenido que, en una suerte de quid pro quo, Bobadilla le ofreció a María Trinidad la libertad a cambio de lo que bien pudo haber sido la primera «delación premiada» del sistema judicial dominicano. Pero la insigne reclusa rechazó la oferta y le respondió a Bobadilla -o lo que es lo mismo al gobierno- lo siguiente: «Usted me ofrece la vida a cambio de que revele los nombres de los encabezados principales, para Usted matarlos entonces. Ellos son más útiles que yo a la causa de la República. Prefiero que los ignoren y se cumpla en mí la sentencia dada».
Esa demostración de fidelidad ante la palabra empeñada pone de manifiesto la reciedumbre ética de María Trinidad Sánchez, algunos de cuyos descendientes siempre tuvieron bien claro qué persona, desde las alturas palaciegas, manejó los hilos de la trama que la condujo al cadalso.
Nota: Tomado del Diario Libre del 28 de octubre de 2026.
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