El origen del azúcar en La Española: testimonio de Gonzalo Fernández de Oviedo.

Por Carlos Manuel Diloné

22 de septiembre 2025.

Resumen

Este artículo examina el surgimiento de la industria azucarera en la isla La Española a partir del testimonio de Gonzalo Fernández de Oviedo, quien en 1546 describió los primeros ingenios y trapiches establecidos en distintos puntos del territorio. El relato ofrece detalles sobre los pioneros de la producción, la inversión necesaria, la mano de obra esclava y los recursos que demandaban estas haciendas, así como el rápido crecimiento de la producción en menos de medio siglo. El texto de Oviedo constituye una fuente fundamental para comprender los inicios de la economía azucarera en el Caribe y su impacto en la colonia.

Palabras clave

Gonzalo Fernández de Oviedo; ingenios de azúcar; trapiches; La Española; siglo XVI; economía colonial; historia del Caribe.

Artículo

La producción de azúcar se convirtió muy pronto en una de las actividades más lucrativas y determinantes para la vida económica de la isla La Española. En apenas unas décadas, lo que comenzó como un experimento de unos pocos hombres se transformó en un sistema de haciendas que requería gran inversión de capital, abundante mano de obra esclava y vastos recursos naturales. El testimonio de Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista de Indias, ofrece una de las descripciones más tempranas y completas sobre cómo se echó a andar esta industria en el siglo XVI.

El azúcar era considerada una de las empresas más ricas que podía existir en cualquier provincia o reino, y en esta isla se producía tanta y de tan buena calidad, en tan poco tiempo, que merecía especial reconocimiento. Aunque la fertilidad de la tierra, la abundancia de aguas y la provisión de bosques para alimentar los fuegos favorecían esta industria, aún más debían valorarse los méritos de quien la introdujo y puso en práctica.

Hasta aquel momento todos permanecían ciegos, pero el bachiller Gonzalo de Velosa, a su propia costa, con grandes y excesivos gastos y mucho esfuerzo personal, trajo a esta isla a los maestros azucareros, construyó un trapiche movido por caballos y fue el primero en producir azúcar. A él solo se le debían las gracias como principal inventor de esta rica industria. No porque hubiese sido el primero en plantar cañas de azúcar en las Indias —pues ya antes otros las habían sembrado y obtenían mieles—, sino porque fue el primero en producir azúcar en esta isla. Por su ejemplo, otros lo imitaron después. Con la caña que poseía, levantó un trapiche en la ribera del río Nigua y trajo oficiales desde Canarias, con lo cual molió e hizo azúcar antes que nadie.

Sin embargo, investigando la verdad, hallé que algunos hombres de crédito y de edad avanzada, aún vivos en esta ciudad, aseguraban otra cosa: que el primero en plantar cañas había sido Pedro de Atienza, en Concepción de la Vega, y que el alcaide de esa ciudad, Miguel Ballester, natural de Cataluña, fue el primero en producir azúcar, más de dos años antes que el bachiller Velosa. Añadían, sin embargo, que lo que había hecho Ballester fue muy poco, y que todo se originó en las cañas de Atienza.

De modo que, fuese por uno o por otro, esto constituyó el principio del azúcar en esta isla de Indias; pues a partir de aquel inicio se multiplicó hasta llegar al estado en que entonces se encontraba, aumentando cada día, aunque en los últimos quince años algunos ingenios se habían arruinado, mientras que otros se habían perfeccionado.

Conforme esta actividad fue mejor entendida, Velosa se asoció con el veedor Cristóbal de Tapia y con su hermano, el alcaide de esta fortaleza, Francisco de Tapia. Los tres levantaron un ingenio en Yaguate, legua y media de la ribera del río Nizao. Tiempo después se desavinieron, y el bachiller vendió su parte a los Tapia. Más tarde, el veedor vendió la suya a Juan de Villoria, quien a su vez la traspasó a Francisco de Tapia. Así quedó en manos de este último aquel primer ingenio de la isla.

En aquellos inicios no se comprendía bien la magnitud de tierras, aguas, leña y demás recursos que requería un ingenio. Como en Yaguate no había lo suficiente, Francisco de Tapia desmontó aquel ingenio y trasladó las calderas, cobres y pertrechos a otro sitio mejor en la ribera del Nigua, a cinco leguas de esta ciudad, donde mantuvo un muy buen ingenio, poderoso entre los de la isla, hasta su muerte.

Para evitar repeticiones, advertí al lector que todo lo dicho para este ingenio se aplicaba a los demás: cada ingenio poderoso y bien provisto requería, además del costo de las edificaciones —casa del molino, casa de purga y depósitos—, una inversión que podía superar los diez o doce mil ducados de oro, y aun quince mil, hasta ponerlo en marcha.

Era necesario tener continuamente ochenta, cien o hasta ciento veinte esclavos negros, además de un buen hato con mil, dos mil o tres mil vacas, oficiales y maestros que elaboraban el azúcar, carretas para transportar caña y leña, y labradores para sembrar y regar las cañas. Todo ello implicaba gastos constantes. Pero, en verdad, quien era dueño de un ingenio libre y bien provisto estaba ricamente heredado, pues los beneficios eran grandísimos.

Así, este fue el primer ingenio que hubo en la isla. Y es de notar que antes de producirse azúcar aquí, las naves regresaban vacías a España; pero después volvían cargadas de azúcar, con fletes mayores que los de venida y con mucha ganancia.

En la ribera del Nigua se encontraban los siguientes ingenios:

• El del tesorero Esteban de Pasamonte y sus herederos, a siete leguas de la ciudad, uno de los más poderosos por sus edificios, abundancia de aguas, montes y esclavos.

• Más abajo, a seis leguas, el ingenio de Francisco Tostado, que pasó a sus herederos, muy buena hacienda.

• A cuatro leguas y media de la ciudad, cerca de la desembocadura del Nigua, el ingenio de Diego Caballero de la Rosa, regidor y secretario, heredad poderosa por su asiento y calidad.

• A ocho leguas, en el río Yamasá, el ingenio de Juan de Ampíes, factor de Sus Majestades y regidor, ya difunto, que quedó a su viuda, doña Florencia de Ávila, y a sus herederos.

Otro de los mejores ingenios de la isla era el del duque almirante don Luis Colón. Y aunque no lo puse primero, como correspondía a su persona, fue edificado cuando ya había otros en la isla. Lo fundó el segundo almirante, don Diego Colón, a cuatro leguas de esta ciudad, en La Isabela Nueva. Más tarde, su esposa doña María de Toledo lo trasladó a un sitio más cercano y ventajoso, desde donde, en pocas horas, el azúcar se llevaba en barcas hasta las naves.

Hubo también un ingenio de los licenciados Antonio Serrano y Francisco de Prado, que después pasó al contador Diego Caballero. Pero como estaba mal asentado, el costo fue mayor que la ganancia y terminó deshecho.

Otros ingenios cercanos al Haina, como el de, Pero Vázquez de Mella y Esteban Justiniano, también se arruinaron por falta de agua suficiente.

En Itabo, a cuatro leguas de la ciudad, fundó Cristóbal de Tapia otro ingenio, que heredó su hijo Francisco, pero tampoco prosperó por ser más costoso que provechoso.

En la ribera del Nizao había otros poderosos: el de los herederos del tesorero Miguel de Pasamonte; el de Alonso de Ávila, que quedó en manos de su hijo Esteban Dávila; y el de Lope de Bardecia, todos ellos buenos heredamientos.

En la ribera del Ocoa, a dieciséis leguas de la ciudad, se encontraba el ingenio del licenciado Zuazo, oidor de la Real Audiencia. Era de los más valiosos, estimado en más de cincuenta mil ducados de oro, con rentas anuales de seis mil ducados.

Más lejos, en la villa de Azua, estaban los ingenios de Diego Caballero, en el río Cepicepi; de Jácome Castellón, en el río Bía; de Fernando Gorjón; y varios trapiches de caballos, como el del chantre Alonso de Peralta y el de Martín García.

En San Juan de la Maguana, a cuarenta leguas, había ingenios de los herederos de Juan de León y de los Vadillo, Ledesma y Moreno.

En el río Cazuy, a once leguas, se encontraba el ingenio de Juan de Villoria y Jerónimo de Agüero. El mismo Villoria fundó otro en Sanate, en Higüey.

En Puerto Plata, a cuarenta y cinco leguas al norte, hubo ingenios de Lucas Vázquez de Ayllón y Francisco de Ceballos, de Pedro de Barrionuevo y Diego de Morales, y varios trapiches de caballos de Francisco de Barrionuevo, Fernando de Illiescas, Sancho de Monesterio y Juan de Aguilar.

En Bonao, a diecinueve leguas, estaba el ingenio de los hijos de Miguel Jover, Sebastián de Fonte y los herederos de Hernando de Carrión.

El licenciado Cristóbal Lebrón, oidor de esta Audiencia, hizo otro en el “Árbol Gordo”, a diez leguas.

En Quiabón, a veinticuatro leguas, Hernando de Carvajal y Melchor de Castro empezaron uno que no prosperó.


En resumen, en la isla había veinte ingenios poderosos y en funcionamiento, y cuatro trapiches de caballos. Había disposición para muchos más, y no se conocía en isla ni reino, entre cristianos ni infieles, otra cosa semejante en esta industria.

Continuamente, las naves que llegaban de España regresaban cargadas de azúcares muy buenos. Y las espumas y mieles que aquí se desperdiciaban bastaban para enriquecer otra gran provincia. Lo más admirable era que, en menos de cuarenta años, se había pasado de no tener ningún ingenio a levantar estas ricas haciendas.

El precio en Santo Domingo era de un peso —y a veces un peso y medio— de oro por cada arroba de veinticinco libras, siendo la libra de dieciséis onzas. En otras partes de la isla valía menos, por los costos de acarreo. Y esto se escribía en el año de 1546.

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