Por Carlos Manuel Diloné
11 de agosto 2025.
Empotrado ante el gesto de mi sobrina con mamá, quedé atrapado en esa magia que no se repite dos veces. La nieta peinaba a la abuela con una ternura que parecía heredada, como si sus manos supieran, por instinto, lo que significa cuidar. El tiempo se volvió lento; los ruidos de la casa se apagaron, y sólo quedaba ese vaivén de brazos, esa caricia que, más que al cabello, alcanzaba a los pensamientos.

Shay movía las manos con una delicadeza aprendida en el silencio. Yo la miraba y, sin querer, veía en ella a su madre —mi hermana—, a quien hace dos años el destino me arrebató. Hay gestos que no mueren, que encuentran otro cuerpo para seguir viviendo, y en ese instante, al verla junto a mamá, supe que el amor puede reencarnarse en las personas que seguimos abrazando.

Sin que ellas lo notaran, tomé varias fotos y grabé un breve video. Lucas, la mascota juguetona del hogar, se dejó caer cerca de nosotros, tranquilo, como si también entendiera que aquello no era un momento cualquiera. El peso dulce del silencio se sentó a nuestro lado.

Así pasaron los minutos más agradables del día: la parsimonia de mi madre, la dulzura de mi sobrina y mi propia gratitud por tenerlas juntas. Guardé las imágenes, pero más aún, guardé la certeza de que el amor verdadero no se quiebra con la ausencia: simplemente cambia de forma y sigue peinando, suave y eterno, el corazón de quienes quedamos.
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